El grooming, la sextorsión, el ciberacoso y la exposición a contenidos perjudiciales son algunas de las problemáticas que atraviesan las infancias y adolescencias en el entorno digital. Sin embargo, desde una perspectiva psicológica, la prevención no puede reducirse al control de dispositivos o a la restricción de aplicaciones. La construcción de vínculos seguros, la educación emocional y el desarrollo progresivo de la autonomía constituyen aspectos fundamentales para que niños y adolescentes puedan reconocer situaciones de riesgo y solicitar ayuda. Por la Lic. Melody Varisco para AIM.
En su publicación “Manual para familias. Guía práctica para comprender, prevenir y acompañar a niños y adolescentes en un mundo hiperconectado”, Rodrigo Álvarez, tecnólogo, analista criminal y especialista en investigación de cibercrimen, ofrece un recorrido por los principales riesgos digitales y propone herramientas para acompañar a las familias.
El documento constituye un punto de partida valioso para reflexionar sobre una problemática que requiere no solamente conocimientos tecnológicos, sino también una comprensión de los procesos psicológicos involucrados en el desarrollo infantil y adolescente.
Desde esta perspectiva, resulta necesario preguntarse qué necesidades emocionales encuentran respuesta en los entornos virtuales, qué condiciones pueden incrementar la vulnerabilidad frente a determinadas interacciones y, fundamentalmente, qué papel desempeñan los adultos en la construcción de herramientas de protección.
Internet también es un espacio de desarrollo psicológico
Durante la infancia y la adolescencia se construyen progresivamente habilidades fundamentales para la vida: la regulación emocional, la autoestima, la capacidad de establecer límites, el pensamiento crítico y la diferenciación entre vínculos seguros y relaciones potencialmente perjudiciales.
Estos procesos no ocurren de manera aislada del contexto social. Actualmente, una parte significativa de las experiencias de pertenencia, reconocimiento y aceptación se desarrolla también mediante redes sociales, videojuegos y aplicaciones de mensajería.
Para un adolescente, ser excluido de un grupo de WhatsApp, recibir comentarios humillantes sobre su apariencia o experimentar el rechazo de sus pares en una plataforma digital puede generar un sufrimiento emocional comparable al que producen situaciones similares en los espacios presenciales.
Esto se debe a que las necesidades psicológicas comprometidas son las mismas: pertenecer, ser reconocido, sentirse valorado y construir una identidad dentro de un grupo.
Por ese motivo, minimizar los conflictos digitales bajo la idea de que ocurren solamente detrás de una pantalla puede dificultar la comprensión del malestar que experimentan niños y adolescentes.
Las experiencias virtuales tienen consecuencias emocionales reales.
Grooming y manipulación emocional: cuando la necesidad de afecto se convierte en una vulnerabilidad
Uno de los fenómenos que aborda Álvarez es el grooming, una modalidad de violencia sexual ejercida por personas adultas mediante tecnologías digitales contra niños y adolescentes.
Desde la psicología, resulta particularmente importante comprender los mecanismos de manipulación emocional que pueden intervenir en estas situaciones.
El agresor no necesariamente comienza con amenazas o solicitudes sexuales explícitas. En ocasiones, establece una relación aparentemente afectuosa, ofrece escucha, demuestra interés y proporciona reconocimiento emocional.
Puede presentarse como alguien que comprende al niño o adolescente mejor que las personas de su entorno, promoviendo progresivamente el secreto, el aislamiento y la dependencia.
Estas estrategias pueden resultar especialmente eficaces cuando encuentran necesidades afectivas insatisfechas, sentimientos de soledad, inseguridad o dificultades para establecer límites.
Sin embargo, es fundamental aclarar que cualquier niño o adolescente puede ser víctima de grooming, independientemente de la calidad de sus vínculos familiares. La responsabilidad corresponde siempre a la persona adulta que ejerce la manipulación y el abuso.
Desde una perspectiva preventiva, trabajar sobre el reconocimiento de las propias emociones, el derecho a establecer límites y la capacidad de identificar relaciones que generan incomodidad constituye una herramienta complementaria a las medidas de seguridad tecnológica.
Un niño que puede reconocer que una interacción le provoca temor, confusión o presión emocional, y que cuenta con adultos disponibles para escucharlo, dispone de mayores posibilidades de comunicar lo sucedido.
La vergüenza y el miedo al castigo pueden profundizar el silencio
El manual también aborda la sextorsión, el ciberacoso y la difusión no consentida de imágenes íntimas. En estas situaciones, el daño psicológico puede extenderse mucho más allá del episodio inicial.
La exposición pública, las amenazas, el sentimiento de pérdida de control sobre la propia intimidad y el temor al rechazo pueden desencadenar angustia intensa, aislamiento, culpa, alteraciones del sueño y dificultades en las relaciones interpersonales.
Un aspecto especialmente relevante es la vergüenza. Cuando un adolescente teme ser culpabilizado por haber enviado una fotografía, haber confiado en una persona desconocida o haber participado en determinada conversación, puede evitar solicitar ayuda incluso cuando está siendo amenazado.
Por eso, la respuesta inicial de los adultos tiene una importancia decisiva. Reaccionar mediante gritos, humillaciones o castigos automáticos puede incrementar el temor y dificultar que la víctima relate completamente lo sucedido.
En cambio, una actitud de escucha, contención y protección facilita la búsqueda de soluciones y la intervención de los organismos correspondientes.
Esto no significa renunciar a los límites ni a la responsabilidad educativa. Significa diferenciar las conductas que requieren orientación de las situaciones en las que un niño o adolescente está siendo víctima de violencia.
Ningún error de juicio, conducta imprudente o intercambio previo de imágenes justifica una situación de abuso, amenaza o extorsión.
La autoestima y la necesidad de pertenencia en las redes sociales
Otro aspecto relevante del documento es la exposición a contenidos relacionados con la imagen corporal, los ideales de belleza, la popularidad y el reconocimiento social.
Durante la adolescencia, la construcción de la identidad y la valoración personal se encuentran especialmente vinculadas con la mirada de los otros.
Las redes sociales pueden intensificar esta dinámica mediante mecanismos de comparación permanente, exposición a imágenes editadas y valoración cuantificable a través de seguidores, comentarios y reacciones.
Cuando la autoestima depende excesivamente de la aprobación externa, las experiencias de rechazo o comparación pueden adquirir una importancia desproporcionada.
Asimismo, Álvarez advierte sobre comunidades digitales que promueven trastornos de la conducta alimentaria, autolesiones y discursos de odio.
Entre ellas menciona espacios vinculados con la llamada manosfera, donde determinados contenidos presentan visiones rígidas de la masculinidad, jerarquías entre varones y discursos de desprecio hacia las mujeres.
Desde la psicología, resulta importante comprender que estos espacios también pueden ofrecer pertenencia, explicaciones simplificadas del malestar personal y modelos de identidad a adolescentes que buscan reconocimiento.
La prevención requiere algo más que prohibir determinados contenidos: implica promover el pensamiento crítico, la diversidad de modelos identificatorios, la educación emocional y la capacidad de cuestionar mensajes que naturalizan la violencia o la discriminación.
Inteligencia artificial y vínculos emocionales: un nuevo desafío
El manual incorpora una problemática cada vez más relevante: la utilización de aplicaciones de inteligencia artificial conversacional como espacios de compañía y apoyo emocional.
Estas herramientas pueden ofrecer respuestas inmediatas, disponibilidad permanente e interacciones adaptadas a las preferencias del usuario.
Desde una mirada psicológica, es necesario distinguir entre el uso de estas tecnologías como recursos de entretenimiento, creatividad o aprendizaje y aquellas situaciones en las que comienzan a sustituir vínculos humanos significativos.
Durante el desarrollo, las relaciones interpersonales permiten aprender a tolerar diferencias, negociar desacuerdos, reconocer límites, experimentar frustraciones y construir reciprocidad afectiva.
Un sistema conversacional que responde permanentemente de manera complaciente no necesariamente ofrece las mismas oportunidades de aprendizaje relacional.
Esto no implica considerar perjudicial cualquier interacción con inteligencia artificial, sino prestar atención a la función que cumple en la vida emocional del niño o adolescente.
Si una herramienta se convierte en su principal fuente de contención, desplaza progresivamente las relaciones presenciales o adquiere un lugar de dependencia emocional, resulta pertinente explorar qué necesidades están siendo satisfechas a través de ese vínculo y cuáles permanecen desatendidas en otros espacios.
Control parental y autonomía: encontrar un equilibrio
Álvarez desarrolla diferentes herramientas de supervisión tecnológica, como controles de privacidad, restricciones de aplicaciones, límites horarios y sistemas de protección frente al contacto con desconocidos.
Estas medidas pueden resultar útiles, especialmente durante la infancia y las primeras etapas de acceso autónomo a internet. Sin embargo, desde la psicología del desarrollo, la protección debe articularse con la construcción progresiva de autonomía.
El objetivo de la crianza no consiste en mantener una vigilancia permanente, sino en favorecer que niños y adolescentes desarrollen recursos propios para identificar riesgos, tomar decisiones y pedir ayuda.
Una supervisión excesivamente invasiva puede deteriorar la confianza, mientras que una ausencia completa de acompañamiento puede dejarlos expuestos a situaciones para las cuales todavía no cuentan con suficientes herramientas emocionales o cognitivas.
Por eso, la intervención adulta debería considerar la edad, el nivel de desarrollo, las características individuales y los riesgos concretos de cada situación.
En términos educativos, no se trata de elegir entre controlar o permitir, sino de acompañar con límites claros, explicaciones comprensibles y espacios de participación.
Los acuerdos digitales familiares, propuestos en el manual, representan una alternativa para establecer responsabilidades compartidas y revisar gradualmente las condiciones de uso de la tecnología.
El vínculo familiar como factor de protección
Uno de los aportes más importantes del trabajo de Álvarez es su insistencia en que ninguna herramienta tecnológica puede reemplazar la disponibilidad de un adulto de confianza.
Desde una perspectiva psicológica, esta afirmación permite recuperar la importancia de los vínculos de apego y de los procesos de regulación emocional compartida.
Durante la infancia, los adultos cumplen una función fundamental en el reconocimiento, la comprensión y la regulación de las emociones. A través de interacciones reiteradas, los niños aprenden progresivamente a identificar lo que sienten, expresar sus necesidades y desarrollar estrategias de afrontamiento.
Este proceso continúa durante la adolescencia, aunque se transforma a medida que aumenta la autonomía. La posibilidad de acudir a un adulto frente a una situación de temor, vergüenza o incertidumbre no surge espontáneamente en el momento de una crisis. Se construye previamente mediante experiencias cotidianas de escucha, respeto y acompañamiento.
Cuando un niño relata una situación que le resultó incómoda y encuentra una respuesta comprensiva, aprende que puede buscar ayuda.
Cuando recibe burlas, descalificaciones o reacciones desproporcionadas, puede aprender a ocultar experiencias similares. Por eso, una de las intervenciones preventivas más significativas consiste en construir un entorno donde sea posible hablar de lo que ocurre en internet sin temor a perder inmediatamente la confianza de los adultos.
Señales de alerta: observar sin patologizar
El manual presenta diferentes indicadores que podrían acompañar situaciones de riesgo digital, como cambios bruscos de humor, aislamiento, alteraciones del sueño, descenso del rendimiento escolar o reacciones intensas frente a determinados mensajes.
Desde la práctica psicológica, es importante evitar interpretaciones automáticas. Ninguna de estas manifestaciones, considerada aisladamente, permite establecer la existencia de grooming, ciberacoso u otra forma de violencia.
Los cambios de comportamiento pueden estar vinculados con múltiples circunstancias del desarrollo, experiencias familiares, conflictos escolares o situaciones emocionales.
Lo relevante es observar modificaciones persistentes respecto del funcionamiento habitual, considerar su intensidad y explorar el contexto en el que aparecen.
También corresponde evitar que el conocimiento de determinados códigos digitales, emojis o expresiones utilizadas por adolescentes se convierta en una herramienta de sospecha permanente.
Conocer estos lenguajes puede facilitar la comunicación intergeneracional, pero no reemplaza la escucha ni constituye, por sí mismo, un método de detección de situaciones de abuso.
La prevención psicológica no se basa en interpretar cada conducta como un síntoma, sino en comprender a la persona dentro de su contexto.
Qué hacer cuando un niño o adolescente atraviesa una situación de violencia digital
Cuando se detecta una situación de grooming, sextorsión, ciberacoso o difusión no consentida de imágenes íntimas, la prioridad debe ser garantizar la protección y evitar nuevas situaciones de victimización.
Desde el acompañamiento psicológico, resulta fundamental escuchar sin culpabilizar, reconocer el sufrimiento emocional y transmitir seguridad.
También es importante evitar interrogatorios reiterados o solicitar detalles innecesarios que puedan incrementar la angustia. El relato debe ser tomado con seriedad, procurando que las intervenciones posteriores se realicen mediante los canales adecuados y con profesionales capacitados cuando la situación lo requiera.
En paralelo, deben preservarse los elementos de prueba de manera segura, sin descargar, reproducir ni compartir material de abuso sexual infantil, y realizar las denuncias ante las autoridades competentes.
En Argentina, las familias pueden solicitar orientación a través de la Línea 102, de protección de derechos de niños, niñas y adolescentes, y la Línea 137, de atención a víctimas de violencia familiar y sexual, además de acudir a las fiscalías correspondientes.
El acompañamiento psicológico puede resultar necesario cuando aparecen manifestaciones de angustia, miedo persistente, alteraciones del sueño, aislamiento o dificultades para retomar las actividades habituales. En situaciones de autolesión o riesgo suicida, la evaluación profesional debe ser urgente.
Educar para la vida digital también es educar emocionalmente
La educación digital no debería limitarse a enseñar qué aplicaciones utilizar, cuánto tiempo permanecer frente a una pantalla o qué información evitar compartir.
También implica desarrollar habilidades para reconocer emociones, establecer límites, identificar manipulaciones, tolerar frustraciones, resolver conflictos y construir relaciones respetuosas.
Estas competencias no se adquieren únicamente mediante advertencias sobre los peligros de internet. Se construyen en la experiencia cotidiana, en la relación con los adultos y en los distintos espacios de socialización.
La propuesta de Rodrigo Álvarez aporta un conjunto de herramientas concretas para comprender los riesgos tecnológicos y promover medidas preventivas.
Desde la psicología, ese enfoque puede complementarse incorporando una mirada centrada en las necesidades afectivas, los procesos madurativos y las condiciones vinculares que favorecen la protección.
La disponibilidad emocional de los adultos no elimina todos los riesgos, pero constituye un recurso esencial para reconocerlos, afrontarlos y reducir sus consecuencias.
El desafío contemporáneo no es criar niños y adolescentes completamente alejados de la tecnología, sino acompañarlos para que puedan habitar los entornos digitales de manera progresivamente autónoma, crítica y segura.
Porque proteger la infancia en internet no consiste solamente en saber qué sucede detrás de una pantalla, sino en construir relaciones donde niños y adolescentes sepan que, cuando algo los asusta, los confunde o les provoca sufrimiento, existe un adulto dispuesto a escuchar, comprender y ayudar.
Material de referencia: “Manual para familias. Guía práctica para comprender, prevenir y acompañar a niños y adolescentes en un mundo hiperconectado”, de Rodrigo Álvarez. Análisis y perspectiva psicológica: Lic. Melody Varisco | MP 2698.
(fuente: https://www.aimdigital.com.ar/)