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Hiperconectados pero solos: cuando estar comunicados no significa estar acompañados

Las redes sociales prometieron acercar a las personas, pero la vida cotidiana muestra una paradoja cada vez más visible: se puede conversar durante todo el día y, sin embargo, sentir que falta alguien con quien hablar de verdad. La soledad dejó de ser solamente la ausencia de compañía y comenzó a aparecer también dentro de una sociedad permanentemente conectada.

El teléfono acompaña casi todos los momentos. Está durante el desayuno, en el viaje al trabajo, en una espera, en una comida y antes de dormir. Permite saber qué hacen los demás, enviar un mensaje inmediatamente o participar de una conversación sin importar la distancia.

Pero estar disponible no necesariamente significa estar acompañado
Una persona puede tener una agenda llena de contactos y pasar una jornada entera sin mantener una conversación profunda. Puede recibir respuestas, reacciones y mensajes y, al mismo tiempo, sentir que nadie está realmente cerca cuando necesita contar algo importante.

Ahí aparece una de las contradicciones de la época: la tecnología redujo las distancias, pero no consiguió resolver la necesidad humana de pertenecer.

La soledad que no se ve
La soledad tampoco siempre tiene la apariencia que imaginamos.
No necesariamente es alguien sentado solo en una habitación. Puede ser una persona que vive con su familia, comparte una oficina, estudia con compañeros o tiene una pareja y, aun así, siente que no tiene un espacio donde ser escuchada.

También puede aparecer en medio de una multitud
La diferencia está entre estar solo y sentirse solo. La primera puede ser una elección, incluso una necesidad saludable. La segunda aparece cuando existe un deseo de establecer vínculos que no logra concretarse o cuando las relaciones existentes no alcanzan para generar una sensación de pertenencia.

La Organización Mundial de la Salud incorporó la soledad y el aislamiento social como una preocupación global y puso el foco en la importancia de los vínculos para el bienestar. No se trata solamente de una cuestión individual: también intervienen las condiciones sociales que determinan cuánto tiempo tenemos para encontrarnos con otros y qué espacios existen para hacerlo.

Cuando desaparecen los lugares para encontrarse
Durante mucho tiempo, buena parte de las relaciones se construyó en lugares que no tenían como objetivo principal relacionarse.

El club, la plaza, el barrio, la escuela, la universidad, el trabajo, el almacén o el bar eran espacios donde los encuentros podían producirse casi sin planificación. La vida comunitaria ofrecía oportunidades para conocer personas y mantener vínculos incluso cuando no existía una intención concreta de hacerlo.

Esos espacios no desaparecieron, pero en muchos casos perdieron parte de su importancia.
Las jornadas laborales más extensas, los viajes, el aislamiento dentro de las grandes ciudades y la transformación de las actividades cotidianas redujeron algunos de esos momentos compartidos. Al mismo tiempo, las pantallas ofrecieron una solución inmediata: si no podemos encontrarnos, podemos conectarnos.

El problema es que una conexión no siempre construye comunidad
Las redes pueden sostener amistades, permitir que una persona encuentre a otras con intereses similares y ayudar a mantener relaciones a distancia. Pero también pueden convertir la interacción social en una sucesión interminable de pequeñas apariciones: alguien publica, otro responde, alguien mira, otro reacciona.
Todo sucede, pero muchas veces nada permanece.

La intimidad en tiempos de exposición permanente
También cambió la manera en que mostramos nuestra vida.

Las redes construyeron una especie de escenario permanente en el que cada persona decide qué parte de sí misma mostrar. Las vacaciones, los encuentros, los logros, las relaciones y hasta los momentos difíciles pueden transformarse en contenido.
Eso introduce una comparación constante.

Mientras una persona atraviesa sus problemas cotidianos, observa en la pantalla una sucesión de vidas aparentemente completas: amigos que se encuentran, parejas que viajan, personas que progresan, celebraciones, cuerpos, casas y proyectos.

La comparación no siempre es consciente. Pero puede generar la sensación de que todos los demás están viviendo una vida más plena.
Y ahí aparece otra paradoja: las redes permiten mostrar mucho de nosotros mismos, pero no necesariamente permiten ser conocidos.
Mostrar una vida no es lo mismo que compartirla.

Recuperar el encuentro
El problema, entonces, no consiste simplemente en abandonar las redes sociales. Sería una respuesta demasiado sencilla para una transformación mucho más profunda.

Las plataformas digitales forman parte de la sociedad y también pueden generar vínculos valiosos. El desafío es evitar que se conviertan en el único lugar donde esos vínculos existen.

La respuesta puede estar en algo mucho más antiguo: recuperar espacios de encuentro.
Conversar sin mirar una pantalla. Volver a compartir una mesa. Participar de un club, una organización, una actividad cultural o deportiva. Tener lugares donde las personas puedan encontrarse sin que exista una obligación de producir, comprar o mostrar algo.

Porque una sociedad no se construye solamente a partir de individuos conectados entre sí. Necesita también comunidades.
Quizás el gran problema de la época no sea que las personas estén demasiado conectadas, sino que cada vez resulta más difícil encontrar espacios donde esa conexión pueda transformarse en compañía, confianza y pertenencia.

Las redes pueden avisarnos que alguien está ahí. Pero todavía necesitamos algo que ninguna pantalla consiguió reemplazar: sentir que, cuando cerramos el teléfono, hay alguien al otro lado.

(fuente: https://www.aimdigital.com.ar/)

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