EL ARTE DE ESCRIBIR POCO
Siempre fui severo conmigo mismo. He tratado de evitar eso que podríamos llamar, en sentido un poco irónico, la literatura por la literatura, los juegos de palabras. De cualquier manera, hace tiempo que dejé de escribir. Fue en 1979, cuando quedé mal de la vista. Para entonces ya había publicado tres novelas, otras quedaron nonatas o fueron quemadas; desde chico fui medio incendiario, pirómano, me producía cierta satisfacción quemar todo. Cuando llegaron los problemas con la vista, como todas las cosas malas traen siempre su lado bueno, decidí que me iba a dedicar a la pintura, que fue siempre mi otra gran pasión.
Alfonsín es una gran persona, un hombre excelente que vive tan pobre y tan honestamente como cuando subió a la presidencia, y eso ya es mucho decir. Tuve varias
conversaciones privadas con él, cuando fui presidente de la comisión CONADEP, y le pedí que no aflojara. Pero había muchas fuerzas que deseaban poner fin a todo aquello, sobre todo los que eran culpables, y Alfonsín, tal vez por su bondad, cedió. Puedo decir que no lo hizo por cobardía, porque no es cobarde, sino porque de verdad piensa que era preciso cubrir de olvido lo que pasó, aunque desde luego yo no estoy de acuerdo. Creo que el castigo forma parte de la justicia; no creo -supongo que porque no soy demasiado bueno- que se deba dejar en libertad a gente que ha torturado.