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El Heroico General Francisco Ramírez fue asesinado por negarse a traicionar

Por Prof. Raúl Tournoud  –    

El heroico General entrerriano Francisco Ramírez falleció el 10 de julio de 1821. Ramírez fue asesinado porque no quiso matar al líder federal oriental José Gervasio Artigas, como le exigían los enemigos del derrotado Artigas. La documentación que prueba el pedido de Fructuoso Rivera al General Francisco Ramírez para que asesine al general José Artigas surge de los archivos del Museo Histórico de la ciudad de Corrientes y se conoce desde hace años. La autenticidad de esta documentación es reconocida por prácticamente la totalidad del mundo científico historiográfico. Muy escasos autores, empecinados caríbalmente en condenar la figura histórica del General Francisco Ramírez, omiten hacer referencia a esta documentación, porque claramente anula todas las acusaciones de traición con las que tales autores insisten absurdamente, oponiendo oídos sordos a los gritos de estas contundentes pruebas. Quienes prefieren oír estas pruebas, pueden obtenerlas en internet, en el siguiente enlace https://youtu.be/a5weKe-RBIU y quienes quieran verlas pueden hacerlo googleando frases como “la derrota de artigas, la traición de Rivera y su leyenda negra” o “la traición a Artigas” o similares.

Al heroico General entrerriano Francisco Ramírez lo mataron el 10 de julio de 1821 porque intentó evitar que el líder federal oriental José Gervasio Artigas perdiera su territorio, acosado por los portugueses-brasileños que asolaban la frontera norte de la actual República Oriental del Uruguay. Al General entrerriano Francisco Ramírez lo mataron el 10 de julio de 1821 porque siguió intentando recuperar el territorio de la Banda Oriental que le fuera quitado, en 1820, al líder federal oriental José Gervasio Artigas, derrotado por quienes sabotearon por años su Proyecto Federal y permitieron su destrucción a los invasores portugueses-brasileños que lo acecharon largamente. Al General entrerriano Francisco Ramírez lo mataron el 10 de julio de 1821 porque su prestigio fue siempre en aumento y mantuvo su ideal federal hasta ese instante definitivo en que fue truncada su tan joven como apasionante vida, plena de heroísmo, amor y altivez.

A fines de 1820, el General Francisco Ramírez continuaba intentando recuperar el territorio de la Banda Oriental, ya en poder de los portugueses-brasileños y bajo gobierno de Fructuoso Rivera, quien había pertenecido a las filas artiguistas pero se había pasado al bando portugués-brasileño luego de la aplastante derrota final del Artiguismo, ocurrida en Tacuarembó, el 22 de enero de 1820. Rivera venía saboteando el Proyecto Artiguista desde que permitió la pérdida de la Fortaleza de Santa Teresa, en julio de 1816, lugar estratégico para la defensa fronteriza de la Banda Oriental. Así como el 19 de noviembre de 1816, cuando causó la inexplicable derrota en la batalla de India muerta. Es el mismo Rivera que en cartas del 5 y del 13 de junio de 1820 ordena a Ramírez matar a José Artigas y exterminar todo rastro de su ideario, caracterizado por un fuerte componente de base social y respeto en la diversidad, lo cual había granjeado amplísimo apoyo popular al proyecto de los Pueblos Libres, encabezado por el Protector.

Habiéndose ya pasado al bando brasileño-portugués, Fructuoso Rivera expresa enfática y desembozadamente en sus cartas a Ramírez, arengando contra Artigas, el anterior Jefe de ambos, cuyo proyecto Rivera había saboteado por años: “Todos los hombres, todos los Patriotas, deben sacrificarse hasta lograr destruir enteramente a Don José Artigas; los males que ha causado al sistema de Libertad e independencia, son demasiado conocidos para nuestra desgracia. No tiene otro sistema Artigas, que el de desorden, fiereza y Despotismo”. Incluso, Rivera lamenta e indica que “todos han sentido generalmente” algún pequeño triunfo que Artigas todavía obtiene en su retirada, como el de Correa. Y respecto de la posición portuguesa que ahora él representa, Rivera expresa a Ramírez que “los deseos de Su Excelencia (el Señor Barón de la Laguna, Jefe de la invasión portuguesa) son que usted (Ramírez) acabe con Artigas y para esto contribuirá con cuantos auxilios están en su Poder”. Finalmente, Rivera destaca que tanto él como el Barón de la Laguna reconocen a Ramírez “como autoridad legítima de la provincia de Entre Ríos”. Pero sobre Ramírez nunca deja de pender la espada de Damocles, porque Ramírez sabe que su desobediencia a la orden de asesinar a Artigas jamás le será perdonada por los Centralistas.

El heroico General Francisco Ramírez no cede al pedido de Fructuoso Rivera, que demanda el asesinato de Artigas. Esta negativa de Ramírez de matar a Artigas causa que Buenos Aires se niegue a cumplir el flamante Tratado del Pilar y junto al santafesino Estanislao López proceda a enfrentarse con Ramírez, repitiendo el mecanismo de sabotaje ya empleado contra Artigas y que en este caso sí acabaría con el asesinato del nuevo boicoteado.

A comienzos de 1820, las fuerzas federales comandadas por José Artigas se hallaban encerradas y jaqueadas tanto por el norte, mediante el ataque portugués-brasileño, como por el sur, mediante el avance del Ejército Centralista de Buenos Aires. El General Francisco Ramírez logró enfrentar y derrotar al Ejército Centralista de Buenos Aires (Batalla de Cepeda, 01 de febrero de 1820) y obligó a los Centralistas a firmar el Tratado del Pilar (23 de febrero de 1820), mediante el cual consiguió el reconocimiento de la autoridad del General José Gervasio Artigas en la Banda Oriental.

El General Francisco Ramírez conocía con claridad la situación desesperante a que había sido llevaba la Banda Oriental por la permanente amenaza brasileño-portuguesa. Comprendía que la situación de Artigas aparecía como insalvable, dado que además estaba extensamente minada desde dentro mismo de sus propios cuadros, porque el entorno del Protector veía cada vez más distante el éxito de su proyecto, que se iba agotando en la lucha de resistencia y se iba quedando sin recursos. Era del conocimiento de todos que tanto sus enemigos como algunos de sus supuestos partidarios querían a Artigas muerto y a su agonizante proyecto destruido. Todos sabían que en ese estado de debilidad, Artigas no estaba en posición de exigir condiciones a sus variados adversarios. Pero hasta en esa situación, el heroico Ramírez mantuvo su subordinación a Artigas e hizo valer su reputación y su condición de triunfador en Cepeda para establecer beneficios que permitieran a Artigas salvar su situación. Así lo documentan los artículos 3° y 10° del Tratado del Pilar, a pesar de que los Centralistas no buscaban otra cosa que la destrucción total de Artigas y su proyecto, al que ya habían demostrado despreciar desde el repudio hecho a los delegados orientales enviados para participar de la Asamblea de 1813. Pero Ramírez logra que Artigas sea considerado Capitán General de la Banda Oriental, a pesar de la delicada situación en que se halla, aunque este logro es inútil en la práctica dado que la invasión portuguesa ocurre en ese momento de ausencia de Ramírez y Artigas pierde definitivamente en los hechos la posesión que Ramírez había logrado garantizar formalmente en la documentación firmada en el Tratado del Pilar. Artigas nunca ratificó el Tratado del Pilar, en principio por no estar los términos a la altura de sus exigencias y, en definitiva, por no hallarse luego el propio Artigas en posición de refrendar documentación alguna. Los historiadores propensos a condenar la actuación de Ramirez conceden sin mayor análisis que este aparente desaire era inadmisible para el “Padre de los orientales” y por lo tanto solo podía esperarse su rechazo. Los historiadores de actuación más responsable y prudente, contextualizando el conjunto de los hechos, indican que con las condiciones logradas en el Tratado, Ramírez le hizo precio al Protector, aun al costo futuro de su propia vida. Pero, en una clara reacción de soberbia desproporcionada al momento, Artigas no supo valorar adecuadamente este gesto, precipitando con su rechazo el triste final ya en ciernes. Igualmente, han quedado para testimonio histórico los artículos 3° y 10° del Tratado del Pilar, para satisfacer las exigencias de documentación que en todo momento debe observar cualquier abordaje responsable.

“Artículo 3°: Los gobiernos de Santa Fe y Entre Ríos, por si y a nombre de sus Provincias, recuerdan a la heroica Provincia de Buenos Aires, cuna de la libertad de la Nación, el estado difícil y peligroso a que se ven reducidos aquellos pueblos hermanos por la invasión con que los amenaza una potencia extranjera, que con respetables fuerzas oprime la provincia aliada de la Banda Oriental. Dejan a la reflexión de unos ciudadanos tan interesados en la independencia y felicidad nacional, el calcular los sacrificios que costará a los de aquellas Provincias atacadas el resistir un ejército imponente, careciendo de recursos, y aguardan de su generosidad y patriotismo, auxilios proporcionados a lo arduo de la empresa, ciertos de alcanzar cuanto quepa en la esfera de lo posible.

Artículo 10°: Aunque todas las partes contratantes están convencidas que todos los artículos arriba expresados son conformes con los sentimientos y deseos del Exmo. Señor Capitán General de la Banda Oriental Don José Artigas; según lo ha expuesto el señor Gobernador de Entre Ríos que dice hallarse con instrucciones privadas de dicho señor Exmo. para este caso, no teniendo suficientes poderes en forma, se ha acordado remitirle copia de esta acta, para que siendo de su agrado entable desde luego las relaciones que puedan convenir a los intereses de la Provincia de su mando, cuya incorporación a las demás federadas se miraría como un dichoso acontecimiento”.

Su conducta firme aun ante las circunstancias cambiantes (desgraciadamente, para peor) era convalidada por el propio Artigas como el sostenimiento de “una invariable línea de conducta política”, tal como también consigna –entre otros materiales- el Tomo 19 del Archivo Artigas. En consecuencia, juzgaba inaceptable la conducta mutante de sus contemporáneos. A la inversa, los integrantes de su entorno e incluso sus adversarios directos iban mudando sus posiciones de acuerdo al rumbo de los hechos y migraban según las perspectivas consideradas menos peligrosas, rechazando la “actitud invariable” de Artigas, por ver en ella la prueba de una personalidad soberbia, intratable e intransigente, de la que era esperable su fracaso.

Considerado objetivamente, el logro del reconocimiento de Artigas como Capitán General de la Banda Oriental puede apreciarse como un punto de equilibrio equidistante entre el extremo de ser reconocido Protector de los Pueblos Libres por Buenos Aires, a lo que aspiraba Artigas, y el extremo de asesinar a Artigas y exterminar lo más rápidamente posible todo rastro de su legado, lo cual pretendían sus enemigos, Buenos Aires en este caso. Al ubicar su ficha en este punto intermedio, el heroico General Ramírez buscaba ganar tiempo que contribuyera a salvar la vida de Gervasio Artigas.

El General Francisco Ramírez pagó con su propia vida las vidas que salvó

Los historiadores e historiadoras que analizan estos hechos sin fanatismo reconocen que, lamentablemente, en 1820 el Proyecto Artiguista se hallaba herido de gravedad hacia su interior por el doble juego sospechado o evidente de diversas figuras de su cúpula, la mayoría de las cuales callaban sus discrepancias ante Artigas, por conocer su postura intransigente. Sus colaboradores observaban debilitarse el proyecto de la Liga Federal y paulatinamente fueron mutando su adhesión, de manera que les permitiera no inmolarse con su Jefe al momento de su caída, que se presentía inminente si éste no mudaba su actitud. Se trataba y se trata de lo que habitualmente se conoce como “secretos a voces”. El General Francisco Ramírez, su principal lugarteniente, fue de los pocos o quizás el único que expresó su desacuerdo ante tal intransigencia o firmeza de Artigas y mediante diversas cartas le hizo saber sus discrepancias, cada vez con mayor claridad, pero sin dejar de obedecer sus órdenes ni –aun a su pesar- cuestionar su liderazgo. Tal es así que, luego de su triunfo en la batalla de Cepeda, Ramírez le dedica a Artigas su victoria y la considera victoria del Protector, como se lo expresa en la carta que Ramírez le envía el 27 de febrero de 1820, en la cual le indica que “la alegría de este pueblo y su reconocimiento hacia el autor de tantos bienes (Artigas) es inexplicable”. Pero como Ramírez conocía perfectamente el terreno sensible en el que se estaban desarrollando los hechos en general, dado que en la misma carta daba cuentas a Artigas del Tratado del Pilar, escribió otra carta a su medio hermano Ricardo López Jordán (padre), aquel que luego buscaría sostener -leal pero fallidamente- la República de Entre Ríos tras el asesinato de Ramírez. En ese marco de extrema presión, el propio General Artigas era la “variable cuántica” de la ecuación. La tozudez de Artigas era el mayor obstáculo para el éxito del intento de Ramírez por salvar su proyecto y conservar su estatus de Capitán General de la Banda Oriental, a lo cual accedía en el Tratado del Pilar la igualmente tozuda Buenos Aires, reacia siempre a ceder posiciones y, en caso de hacerlo, tentada a no cumplir con lo cedido. Por eso, Ramírez tomó precauciones ante la posible reacción de rechazo al Tratado por parte de su hasta entonces superior, escribiendo a Ricardo López Jordán (padre) en los siguientes términos: “Usted conoce las aspiraciones del general Artigas y el partido que tiene en nuestra provincia. Su presencia, aún después de los continuos desgraciados sucesos de la Banda Oriental podrían influir contra la tranquilidad. Procure usted por cuantos medios aconseje la prudencia conservar en el ejército los auxiliares de Corrientes, atrayéndolos, pagándoles y haciéndoseles ver que se les lleva al sacrificio por una guerra civil cuando, quedando en nuestras banderas, todo será paz y trabajar por la verdadera causa”. De esta manera, Ramírez estaba intentando prever lo que efectivamente luego ocurriría, porque exactamente ese fue el derrotero de Artigas como reacción inmediata a su rechazo al Tratado del Pilar. Resulta profética cada expresión de Ramírez en este mensaje a López Jordán (padre). “Las aspiraciones del general Artigas” eran mantener su condición de Protector de los Pueblos Libres (lo cual excedía a la jerarquía de Capitán General de la Banda Oriental), “aun después de los continuos desgraciados sucesos de la Banda Oriental”, es decir, a pesar de las continuas derrotas, del sabotaje en desarrollo en territorio oriental y del debilitamiento integral de la causa artiguista entre sus supuestos partidarios y colaboradores. La referencia al “partido que tiene en nuestra provincia” también es muy certera, porque innegablemente Artigas contaba con adhesión popular en Entre Ríos, la misma adhesión con que años después contó Ricardo López Jordán (hijo), pieza fundamental del proyecto del General Urquiza. A Ricardo López Jordán (hijo) también le tocó, décadas más tarde, llamar la atención de Urquiza respecto del paulatino debilitamiento de su ascendencia sobre los cuadros de sus tropas, pero en el caso de Ricardo López Jordán (hijo) se consumó el asesinato de su Jefe, sin hacer diferencia el hecho de que este magnicidio haya sido intencional o accidental, como a veces se debate. También López Jordán (hijo) capitalizó en su momento similar “partido”, es decir similar “adhesión popular” en “nuestra provincia” (Entre Ríos), participando junto a Urquiza en sus campañas victoriosas. En la misma situación se encontraban, en 1820, Ramírez y Artigas, pero Ramírez no fue el verdugo de su Jefe. Sea esto mencionado sin que signifique un juicio de valor hacia la figura de López Jordán (hijo), a quien se reconoce altamente. Por el contrario, fue Ramírez quien garantizó y preservó la vida de Artigas. También, a diferencia de Ricardo López Jordán (hijo), Ramírez intentó preservar la vida de los entrerrianos, lo cual no logró López Jordán (hijo). Porque Ricardo López Jordán (hijo) con “el partido que tenía en Entre Ríos” en varias revueltas “influyó contra la tranquilidad” del Gobierno Nacional, luego del asesinato de su Jefe, el General Urquiza. Fue entonces que el Gobierno Nacional no tuvo contemplaciones para imponer la “tranquilidad” a fuerza de ametralladoras Gatling, fusiles Remington, revólveres Colt y cañones Krupp, que destrozaron miles de cuerpos entrerrianos y derramaron ríos de sangre entrerriana, hasta el exterminio, en un claro, inútil e innegable genocidio, cuyas consecuencias perduran hasta ahora. Esto ocurrió medio siglo después, en la catastrófica década de 1870 que cerró el histórico “Ciclo Federal”, con el fracaso de las llamadas “revueltas o revoluciones jordanistas”, según el ojo del cronista. Es casi inevitable que nos asalte una sensación de “déjà vu”, de tratarse de “hechos ya vividos”, al relacionar las dos situaciones. Entonces resultan también evidentemente proféticas las palabras de Ramírez pidiendo que se les haga ver a las fuerzas correntinas que eventualmente quisieran seguir combatiendo junto a Artigas “que se les lleva al sacrificio por una guerra civil”. Y concluye Ramírez que “quedando en nuestras banderas, todo será paz y trabajar por la verdadera causa”. Pero sus enemigos le harían pagar con su vida su negativa a matar a Artigas.

El difícil equilibrio entre la tinta y la sangre

El Centralismo siempre ha firmado con tinta. El Federalismo ha firmado con sangre. La tinta se ha podido borrar. La sangre ha quedado y flamea en diagonal en la bandera de la “verdadera causa”. Analizando la coyuntura integral de extrema presión en medio de la cual Ramírez está tomando sus decisiones y esperando las reacciones correspondientes, esa “verdadera causa” sería preservar el territorio de la Banda Oriental bajo el poder del debilitado Artigas, conservar la vida del propio Artigas, así como proteger la mayor cantidad de vidas que se perderían en la continuidad de la guerra e intentar rescatar lo máximo posible del Proyecto Federal que en 1820 amenazaba colapsar, ante la implacable actitud Centralista de voracidad de dominio y poder, y ante la actitud intransigente del Protector de los Pueblos Libres, cuyo infortunio finalmente se concretó.  Ramírez sabía que todas las vidas que intentara salvar, en realidad las estaba cambiando por su propia vida, y el momento de pagarla llegaría un año y medio después, en el atardecer de aquel 10 de julio de 1821. Rivera llamaría “monstruo” a Artigas para justificar su reclamado exterminio, aunque el verdadero monstruo respiraba buenos aires y se atribuía –irónicamente- ser “cuna de la libertad de la nación”. Con frecuencia, puede existir gran distancia entre los hechos y las palabras elegidas para evocarlos, reduciendo el relato a un mero despliegue de sofismas, cuando no de falacias, lo cual no se pretende que ocurra en el caso del presente relato de aquellos controvertidos hechos.

Es necesario evaluar todas las piezas del juego

No puede dejar de señalarse como poderosamente curioso que ninguna historiadora, ningún investigador o nadie que se refiera a Ramírez cuestionando su accionar contemple entre sus argumentos la dañina y decisiva participación de Fructuoso Rivera en el ocaso artiguista. Quitando a Rivera del relato se priva a la historia de la pieza que explica y fundamenta mucho del accionar de Ramírez. Al quitar de sus relatos a Rivera y a otros saboteadores internos del Artiguismo, los investigadores e historiadores/as eligen el atajo ya consagrado por el Centralismo y tienen así el camino libre para “resolver” sus argumentos atribuyendo la conducta de Ramírez a “sus claras ambiciones desmedidas” y condenarlo como único responsable del ocaso de Artigas, ubicándolo en las antípodas de su verdadero rol en este juego. Es poderosamente curioso que en el tablero maniqueo de quienes cuestionan a Ramírez falte sistemáticamente la pieza clave de Rivera. Si alguien que esté leyendo estas líneas conoce la obra de algún autor que cuestione el accionar de Ramírez e involucre simultáneamente a Fructuoso Rivera en sus análisis por favor háganoslo saber. Nos interesa desarrollar un listado con los nombres de quienes proponen jugar el juego con todas las piezas, sin amañarlo en contra de Ramírez, al callar desde el comienzo la perversa intervención de Rivera. Y queda librado a la honestidad de cada analista incorporar o no -de aquí en más- la pieza de Rivera en futuros abordajes serios acerca del accionar puntual de Ramírez o en cualquier pintura panorámica del momento. Porque ya es tiempo de dar paso al paño completo del análisis. Es tiempo de superar el razonamiento canónico de que “apenas han transcurrido 200 años” como para que puedan ser oficializados ciertos enfoques, y asumir la convicción de que “ya han transcurrido 200 años” y corresponde saldar maduramente y con claridad la deuda de justicia que hasta ahora algunas crónicas mantienen hacia el desempeño heroico del General Francisco Ramírez. Aquí debemos autoexigir ecuanimidad a nuestra propia elaboración y consignar que cabría pensar un hipotético presente muy diferente como provincia e incluso como Nación/región si el Proyecto/los proyectos de Artigas, Ramírez, Urquiza y López Jordán hubiera/n podido concretarse. Porque no se trata de eliminar a algunos de ellos para consagrar a otros sino de comprender a todos como etapas en el devenir de la lucha por plasmar el mismo ideal en un “modelo político federal” concreto y reconocer los aportes particulares de cada uno al rico proceso federalista que, 200 años después, sigue tensando el juego en el tablero político del siglo 21. El presente y el futuro de las “ideas entrerrianas” serían muy ventajosos si los/las analistas atrapados/as en la “lógica caníbal” cejaran en sus repetidos intentos de devorar fanáticamente a las figuras provinciales, repitiendo el patrón Centralista que pregonan rechazar.

La consagración del héroe

Pero al momento de su triunfo en la batalla de Cepeda, Francisco Ramírez todavía ignoraba que el Jefe de los Orientales, el Jefe a quien seguía conservando obediencia, el General Artigas, ya había sido derrotado definitivamente por los portugueses-brasileños en Tacuarembó (22 de enero de 1820) y ya había sido despojado de su territorio. Artigas se salva huyendo con escasas fuerzas hacia Entre Ríos, provincia de la cual Ramírez era Jefe y como Jefe local se hallaba en el apogeo de su poder. Tal como previera Ramírez, desde Corrientes Artigas le reclama por no haber evitado la pérdida de la Banda Oriental y -el 8 de mayo de 1820- es Artigas quien le declara la guerra fratricida que Ramírez había querido evitar. Esta declaración de guerra por parte de Artigas es una actitud a la cual se le atribuye más sentido simbólico que real objetivo de franca lucha en procura de victoria, ya que sus verdaderos adversarios internos y externos -a esa altura de los acontecimientos- ya habían causado estragos en la eclipsada Liga Federal. Esto explica, en parte, que habiendo transcurrido apenas pocos meses entre la derrota de Artigas y el asesinato de Ramírez -su aparente verdugo- el “Proyecto Artiguista Duro” no pudiera ser recuperado, revitalizado y continuado. Es que en la práctica, ya a comienzos de 1820, el Proyecto Artiguista consistía en un revestimiento formal apenas sostenido principalmente por el empecinamiento discursivo del propio Artigas, pero que ante su exilio fue velozmente vaciado y desmantelado por Rivera, entre otros.

Artigas, en el declive de su poder real, es derrotado en diversas y sucesivas batallas hasta que finalmente se refugia en Paraguay, a donde llega el 05 de septiembre de 1820, para ya nunca abandonar ese país en el resto de su extensa vida. “Ya no tengo patria”, dirá Artigas ante los sucesos posteriores que acontecieron en la Banda Oriental tras su alejamiento. Por su parte, el heroico Ramírez había logrado el objetivo de salvarle la vida.

Estando ya perdida la Banda Oriental y exiliado Artigas, el heroico General Francisco Ramírez continúa con el ideario federal y crea la República de Entre Ríos, el 29 de septiembre de 1820. Pero los enemigos Centralistas que le ha creado su negativa a matar a Artigas y a exterminar su ideario (como le solicitara Rivera), junto a envidias y suspicacias que despierta su prestigio en auge, toman revancha ignorando e incumpliendo el Tratado del Pilar y cierran el cerco ahora sobre el mismo Supremo Entrerriano, en condiciones cada vez más desventajosas y dejando al descubierto el renovado doble entramado de la nueva red de sabotaje, ahora en su contra. La atávica maquinaria Centralista no demora en revelar ser el continuo monstruo solapado y rebelar contra Ramírez su comprobado proceder recurrente, como antes lo había hecho boicoteando al ya derrotado artiguismo.

Está documentado que el ejército del General Ramírez aventajaba a sus adversarios en disciplina y valentía, al igual que su Jefe Supremo, el General Francisco Ramírez, se destacaba por su temeridad y su prestigio. Pero el desprecio del Tratado del Pilar y el sabotaje de Buenos Aires a los proyectos federales de Ramírez, a través del doble juego de Lucio Mansilla, llevaron a Ramírez a la paulatina pérdida de batallas, de soldados y de poder. La abierta persecución de su anterior aliado, Estanislao López, decidido a evitar la supervivencia del Proyecto Artiguista (o Federal, si se prefiere) por el que Ramírez continuaba luchando, lo acorralaron en el trajinado atardecer cordobés de aquel 10 de julio de 1821.

El General entrerriano Francisco Ramírez fue asesinado el 10 de julio de 1821 porque no quiso matar al líder federal oriental José Artigas, como le exigían los enemigos del derrotado “Padre del Federalismo”, General José Gervasio Artigas. Al General entrerriano Francisco Ramírez lo mataron el 10 de julio de 1821 porque intentó evitar que el líder federal oriental José Gervasio Artigas perdiera su territorio, acosado desde fuera por los portugueses-brasileños en la frontera norte de la actual República Oriental del Uruguay, y minado desde dentro por algunos subalternos en el corazón mismo de la cúpula federal oriental. Al General entrerriano Francisco Ramírez lo mataron el 10 de julio de 1821 porque siguió intentando recuperar el territorio de la Banda Oriental que le fuera quitado, en 1820, al líder federal oriental José Gervasio Artigas, derrotado por quienes sabotearon por años su proyecto federal y permitieron su destrucción a los invasores portugueses-brasileños que lo acecharon largamente. Así lo demuestra el inmediato paso al bando portugués de algunas figuras antes claves en el entorno artiguista. Ante la misma contingencia de haber caído la Banda Oriental, numerosas figuras artiguistas y muy alto porcentaje de personas del Pueblo optaron por continuar la lucha federal junto a la máxima figura que en ese momento encarnaba los ideales del sobreviviente Federalismo: esa figura es la del General Francisco Ramírez, elegido gobernador de Corrientes, en septiembre de 1820, y elegido Jefe Supremo de la República de Entre Ríos, el 24 de noviembre de 1820, en Gualeguay. Ramírez también contó con la mayoritaria adhesión popular para constituir y organizar la República de Entre Ríos. Al General entrerriano Francisco Ramírez lo mataron el 10 de julio de 1821 porque mantuvo su ideal federalista hasta ese instante consagratorio de su tan joven como apasionante vida plena de amor y altivez.

Y además -pero esto es solo un toque anecdótico- el General federal entrerriano Francisco Ramírez -uno de los mayores lideres federales de la historia sudamericana, nacido en “la Histórica” Concepción del Uruguay- antes de entregar su propia vida en pago por todas las que había salvado, logró salvar una vida más: la de su compañera La Delfina, la legendaria mujer que fue su efectivo complemento para la pasión y el heroísmo que derrochó en todas sus batallas. Esta pasión y este heroísmo son sus innegables distintivos y legados que, 200 años después de aquella epopeya fundacional de la identidad federal entrerriana, oriental y argentina, no admiten dudas para quienes aceptan reconocer la gesta del General Francisco Ramírez en sus reales dimensiones, valorando con equidad la documentación existente y logrando despojarse de cualquier apasionado fanatismo, de tergiversaciones obsesivas y/o de llana hipocresía.

Quizás tampoco sea lógico agredir nuestra identidad solo en busca de diversión, aduciendo ser parte de los extraños efectos psicológicos generados por la pandemia. Si esto ocurriera, ojalá tales efectos sean muy transitorios.

 

 

 

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