Por Juan Martín Garay. –
En Concepción del Uruguay el combustible volvió a aumentar. Otra vez. Hoy. Como ayer. Como viene pasando hace días. Ya no es una excepción: es una rutina.
En las estaciones, los precios se mueven casi a diario. La nafta súper ronda los $2051, la Infinia supera los $2190 y el diésel ya se ubica por encima de los $2200. Pero más que los números, lo que preocupa es la lógica: aumentos constantes, sin pausa y sin previsibilidad.
El aumento nuestro de cada día. Porque cada remarcación no se queda en el surtidor. Se traslada a todo: transporte, alimentos, servicios. Todo sube. Menos el ingreso.
Y así, lo que debería ser una herramienta básica para trabajar y moverse, se convierte en una carga cada vez más difícil de sostener.
Se repiten explicaciones técnicas, se habla de costos y de mercado. Pero en la práctica, el resultado es siempre el mismo: el ajuste cae sobre la gente.
Lo más grave no es solo el aumento. Es que se volvió costumbre. Y cuando el aumento se naturaliza, el problema se profundiza.
La pregunta ya no es cuánto va a subir. La pregunta es: ¿hasta cuándo?