Por Luis Alejo “Toto” Balestri. –
La deuda externa es deuda eterna. Desde la infancia de nuestro Patria (que no fue tierna sino acunada en una guerra civil) nos agobia y nos condiciona en nuestra soberanía. Se trata de una enorme herramienta política para subyugar al Pueblo cuando por las armas o por los votos no habían podido.
La deuda eterna tiene constantes: se pide para nada y se “afana” gran parte de la misma a través de una serie de mecanismos donde se suele perder el rastro de las “coimisiones”, decía el inolvidable cantautor Jorge Marziali.
Veamos.
La deuda está a punto de cumplir su bicentenario. Investigadores históricos indican que nació el 19 de agosto de 1822 cuando la Junta de Representantes de Buenos Aires sancionó una ley que autorizó al gobierno a contratar un empréstito para un montón de cuestiones valederas (construir el puerto, fundar pueblos en la costa, agua corriente para Buenos Aires y otras cosas más).
Seguro que algunos votaron sin saber y quizás otros habrán recibido su comisión, la legislatura aprobó la colocación de los bonos al 70%. Según la explicación, es para asegurarse el éxito de la operación, pero el diario del lunes dice lo contrario. Significa que por cada $ 100 que nos comprometíamos a devolver, pedimos que nos den $ 70, intereses aparte.
Cuando veía esta cuestión me trajo a la memoria una similitud con las privatizaciones de los 90. Por cada empresa pública que rematamos se pedía importes que no cubrían ni el 50% de los activos contenidos. La razón era garantizar la venta y la justificación el descuento de un flujo de fondos, una estimación de ingresos futuros para la concesionaria que les garantice una tasa de rentabilidad según el dogma de la teoría de las privatizaciones que tiempo antes había inaugurado Inglaterra.
Pero la cosa no terminó allí. También les permitimos a los oferentes captar ahorro nacional (tomar deuda de aquí) para hacer el aporte que contemplaba pagos en el tiempo. Algunas de ellos lo hicieron cuando ya estaban recuperando las inversiones. ¡Claro, si se regala habrá compradores! ¿Denuncias? Nada. Operaciones normales para muchos políticos, medios y justicia.
Volvemos al nacimiento de la deuda, a principios de la década de 1820, entre anarquía y constituciones liberales rechazadas. La comisión: La Junta de Representantes autorizó a Rivadavia a constituir un “consorcio de notables” para que en nombre del gobierno de Buenos Aires negocie la colocación del empréstito. Anoten, porque muchos apellidos se repiten en la historia: Braulio Costa, Félix Castro, Miguel Riglos, Juan Pablo Sáenz Valiente y dos ingleses que se encargaban de comprar argentinos en estas tierras, los hermanos Parish Robertson que realizaban negocios en Buenos Aires.
Ya en Londres no hicieron ninguna compulsa. Los ingleses los llevaron directamente al banco Baring Brothers quienes le informaron que no era necesario ofrecer la colocación al 70% porque al 85% era suficiente. ¿Habrán conseguido 150000 libras esterlinas para el Pueblo de Buenos Aires? ¡Equivocado! 120 fueron para el consorcio y 30 se los quedó el banco. Fue el inicio de la deuda.
Sé que para muchos es conocido porque hubo muchas investigaciones sobre el caso pero vale la pena recordar como cerró. Del primer millón de libras colocados sólo llegaron 570000 a Buenos Aires, y por recomendación del consorcio, ni siquiera en oro, sino en letras de cambio emitidas contra algunas casas que operaban en el comercio con los británicos, lo que significó nuevos pagos de las famosas coimisiones. Hay algunos documentos desclasificados por los ingleses que indican que el pago en letras fue también una sugerencia del consorcio de notables corruptos. ¡Pero ojo! Corrupción legal, pues estaban autorizados.
Registren: negociadores coimisioneros, normas que los cubren, un buen negocio para los prestamistas, endeudamiento que no te deja gobernar y ajuste penoso para nuestro pueblo. Será una constante.
Nada de lo prometido se hizo. Entre el déficit fiscal y la corrupción se esfumaron las letras. Cuando comenzó la guerra con el Brasil, volvimos a pedir y el procedimiento fue similar, aunque ahora, producto de las circunstancias, algún cañón o algún fusil llegó.
La cesación de pagos: ocurrió a poco tiempo. El gasto de la guerra y la balanza de pagos negativa (las niñas y niños porteños consumían productos ingleses y nosotros no podíamos exportar por el conflicto) no pudimos pagar los intereses, ni hablemos de amortizar deuda. Los anglos remataron dos fragatas de guerra que construíamos en astilleros ingleses y de ahí en más entramos en mora. No ejecutaron la garantía (tierras bonaerenses porque no les interesaba tanto cobrar sino el condicionamiento político).
Al fin de la guerra la deuda era de 9 millones de libras esterlinas, imposibles de pagar. Insisto en el déficit de la balanza de pagos porque es el único lugar de donde puede salir algún billete extranjero para cumplir con el compromiso. Recuerdo que importábamos boludeces para las niñas y niños de los mercaderes porteños que consumían como si estuvieran en Europa y superaban con creces a nuestras exportaciones que por entonces eran cueros vacunos y algo de tasajo.
Los pagadores: El que arregló fue Rosas quien a fines de 1835 sancionó una ley de aduanas que estableció aranceles a las mercaderías inglesas (con gran enojo de las niñas y niños que usan productos ingleses, aunque creo que por ese entonces, la mayoría lo comprábamos a Francia que fue la potencia que inició cada bloqueo. Esta vez tuvieron que conformarse con los que producía la famosa jabonería de Vieytes.
Como siempre produce enojos y no sé si es muy conocido, recordemos que esa norma preveía retenciones sobre los cueros si eran exportados en buques ingleses. Pues bien, la caída de las importaciones por los aranceles y el aumento de las exportaciones el saldo del movimiento de capitales empezó a ser positiva y Rosas comenzó a negociar la deuda. Le fue bien, acordó una importante mora y una quita del 80% de los intereses que empezó a pagar a mediados de la década de 1840.
Es otra constante de nuestra deuda: cada tanto viene alguno que genera saldos favorables y paga, porque desendeudarse es soberanía. Y paga cambiando nuestra política externa, generando saldo favorables.
La deuda quedó dormida hasta 1862. Con Mitre Presidente. Primero decidió nacionalizar la deuda de la Provincia de Buenos Aires (y se creyeron que Cavallo había sido el primero) y después volvió a pedir prestado. Hubo negociador: fue Norberto de la Riestra y consiguió un empréstito de 2,5 millones de libras de los que llegaron 1,73 millones. Los procedimientos fueron similares y al final del mandato mitrista la deuda había llegado a 5 millones de libras.
Sarmiento también tomó deuda. Causa: terminar la guerra de la maldita alianza y conformar el ejército nacional que debía realizar el primer genocidio de nuestra tierra: el de los gauchos provincianos tanto del litoral (López Jordán en Entre Ríos) como en la región andina (Peñaloza y Varela eran los jefes). Con el dinero británico hubo muchas cabezas cortadas y expuestas en las plazas pueblerinas para escarnio del pueblo. Es misterioso es silencio sobre los hechos del naciente ejército nacional en esas provincias que fue más allá de alguna guerra, se trataba de desmovilizar por el terror la posibilidad de sublevación sobre el proyecto que comenzaba y que después se dio en llamar del 80.
En los primeros pagos de esa deuda nos les fue mal a aquellos gobernantes pues era un tiempo de inversiones y no importa el saldo comercial. Ingresaban capitales para construir algún ferrocarril o comprar tierras y abrir puertos. Esa importante masa de divisas que se colocaba permitía atender la deuda. Sarmiento terminó con una deuda de 14,5 millones de libras.
Pero aquí aparece otra constante: por algún mecanismo (inversiones extranjeras y capitales especulativas) ingresan moneda extranjera a nuestro país y con esas reservas podemos atender el endeudamiento y como en el momento se piensa que ese ingreso será permanente, las ansias de alguna coimisión, lleva a tomar nueva deuda.
Pero siempre, en algún momento, esa fluidez de capitales se corta y ¡ñacate! A llorar que no podemos pagar. Eso ocurrió en 1873. Crisis en Europa, aumento de las tasas y los capitales se piantan. Consecuencia: otra vez cesación de pagos. Fue la herencia de Sarmiento a Avellaneda, quien no tuvo la actitud de negociar desde una posición soberana. Su resolución fue aplicar políticas de ajuste, decretó la inconvertibilidad del peso, redujo el personal del Estado y bajó sus sueldos ¿les suena parecido? Creo incluso que fue el primero que utilizó esa frase que motivó la reflexión de mi amigo Dorrego: “vamos a honrar la deuda”.
Llama la atención porque sin un gobierno popular y nacional, las circunstancias obligaron a tomar medidas que generen saldos favorables en la balanza comercial y se sancionó una nueva ley de aduanas por lo que, por algún tiempo, las niñas y los niños bien, tanto de Buenos Aires y como de la Pampa Húmeda, tuvieron que volver a usar jabón argentino. El debate que se dio en el parlamento en ese momento es interesante y suelo utilizarlo para ilustrar las diferencias de política externa con mis estudiantes de la UNAJ.
En tiempos de Roca volvió la fiebre de los ferrocarriles inducido por un regalo de concesiones que garantizaban un retorno. Con esto volvió el juego especulativo sobre el valor de las tierras, al mismo tiempo que se había terminado el último reparto de las hectáreas que habían sido quitados a los indios y consolidaba la oligarquía terrateniente. Empieza el auge del llamado “modelo agroexportador” pues se consolida nuestra integración a la división mundial del trabajo cumpliendo con el cometido de la teoría de las ventajas comparativas de los ingleses.
Las niñas y los niños bien ya no solo se bañaran con jabones y perfumes parisinos, sino que invaden la llamada ciudad luz en actitudes que todavía son recordadas por los franceses y hoy repetidas por los hijos de los jeques árabes del golfo Pérsico. En fin ¡tiraban manteca al techo!
Pero a todo verano le llega su otoño. Para 1989, ya gobernando Juárez Celman hay señales de insolvencia pública (no me acuerdo pero he leído que los pagos de la deuda insumían el 66% de los recursos del Estado). En 1890, como se esperaba, llegó la crisis. El presidente intentó el ajuste pero el naciente radicalismo no lo toleró. La Revolución del Parque se lo llevó puesto.
Pellegrini repitió la famosa frase: vamos a “honrar la deuda”; hizo el consabido ajuste y negoció la cesación de pagos. Victorino de la Plaza fue el negociador argentino ante una comisión de banqueros europeos encabezados por Lord Rothschild (les suena el apellido). ¿Cómo salimos? Como siempre: despidos de empleados del correo y del Estado, baja de salarios y, hecho interesante, el establecimiento de retenciones a las exportaciones. Cuando las papas queman hasta la oligarquía nativa se acuerda de esta herramienta tributaria a partir de la extraordinaria y diferencial renta de nuestras tierras de la Pampa Húmeda.
Las negociaciones terminaron en tiempos de Luis Sáenz Peña, quien mediante la emisión de unos bonos pudo canjear los que estaban en cesación. Se creyeron que los planes canjes de deuda fueron un invento de Cavallo y el innombrable. Bueno, quizás ahora había que decir que se reperfiló la deuda.
Desde 1904 a 1928 continuó el endeudamiento que en la mayoría de los casos era a través de la banca británica, aunque ya era tiempo en que los yonis habían empezado a meter la cuchara en nuestra política. Como venimos viendo fue una secuencia de endeudamiento, crisis, ajuste y reperfilamiento, pero que cada debiendo más.
El pico de esa deuda aconteció en la década infame, pues en el marco del pacto Roca Ruciman había un capítulo donde a cambios de carnes y administración de nuestros transportes nos permitieron un nuevo canje de deuda, claro que reconociendo mayores capitales. Quizás sea por eso que en el nacimiento de nuestro Banco Central le hayamos dado la mayoría en su capital a los descendientes de la rubia Albión. Y llegamos a 1943. El tiempo de pagar.
La guerra mundial nos había dejado algunos saldos favorables en libras esterlinas que se habían transformado en papeles de poco valor, pues los ingleses habían declarado la inconvertibilidad. Nuestra necesidad de recursos para direccionar el proceso de industrialización sustitutiva de importaciones requería de esos recursos y hubo que negociar. Pero no fue para tomar deuda, sino para ver cómo nos la sacábamos de encima.
Para demostrar hacia donde iba la negociación, el 9 de julio de 1947 se declara la Independencia Económica y, en 1952, al pagar las últimas dos cuotas del préstamos otorgado en la marco del pacto Roca-Ruciman, Argentina por primera vez ¡dejo de ser deudor! Habíamos recuperado la soberanía plena.
Cuando llegó el golpe gorila, paradoja de la historia, estábamos en el mundo de los acreedores, pues financiábamos nuestras exportaciones. Lo que sigue es historia reciente. Con Aramburu volvió la deuda. Primero negoció con un grupo de bancos europeos un préstamo de 700 millones de dólares a un año y no pudimos pagar. Esos bancos europeos, ante nuestro incumplimiento decidieron unificar la negociación y surgió el Club de Paris. Todavía anda dando vueltas esa deuda.
Después nos adhirió FMI. No vamos a abundar en las atrocidades y en el consabido ajuste que realizan cada vez que el antiperonismo toma el poder. Desde el tema que nos ocupa digamos que se desnacionalizaron los depósitos, con lo que se perdió la posibilidad de orientar políticas crediticias. Aramburu abrió el camino y Frondizi lo transitó. Le pidió prestado al famoso FMI. El negociador se llamó Donato del Carril y a cambio de los dólares, se comprometió a una ajuste estructural que significó la reducción del 15% de empleos públicos, la paralización de obras públicas, la privatización de empresas de las que sólo concretó la entrega de los frigoríficos estatales, el aumento de tarifas y la aplicación de un plan de destrucción de los ferrocarriles organizado por un general norteamericano de apellido Larkin.
Como de costumbre, tomo un poquito de tangente y me voy, pero enseguida vuelvo. Repasar estos hecho del gobierno frondi frigerista me trajo el recuerdo de algunas discusiones que tuve con algún funcionario del gobierno de Cristina (algunos años más jóvenes que yo) para quienes el gobierno desarrollista había sido progresista. ¡Fue nefasto! Volvió a traer el endeudamiento, cortó el plan de obras que implicaba la continuidad del modelo y consolidó la dependencia.
Los ajustes pactados tuvieron los resultados de siempre. Para poder pagar había que achicar los gastos, pero bajar gastos es recesivo y en consecuencia, cae la recaudación y se vuelve a incurrir en déficit que implica un nuevo ajuste. Y entramos en una sucesión donde ajustamos el ajuste anterior que cada vez más empobrece al pueblo y permite la riqueza de muy pocos.
Cuando lo depusieron a Frondizi debíamos U$S 1800 millones y al terminar Guido 2100. La dictadura de Lanusse cerró en 5000 millones de dólares. El poco tiempo que volvimos a tener a Perón no se tocó el tema, pero después de su fallecimiento, ajuste de Rodrigo y otros ministros de por medio al tiempo del golpe que derrocó a Isabel debíamos U$S 7800.
La nueva dictadura trajo a las constantes que veníamos viendo algunas novedades. Para volver a tener la afluencia de dólares que traigan la ilusión de que tenemos para pagar y podemos tomar deuda, inventaron la “bicicleta financiera”: aumentar las tasas de interés internas por encima de la tasa internacional más nuestra inflación y un seguro de cambio. De ese modo vienen capitales, se transforman a pesos y generan dólares que permite tenerlo dominado, y una vez que hicieron el negocio en pesos se vuelven a transformar en dólares y se van. Cada vez ingresan más por lo que no hay problemas con quienes se quieren ir. Claro, hasta que esta burbuja se pincha y estalla y entonces llega la crisis.
Pero además empezó otro fenómeno: nuestros estratos pudientes empezaron a desconfiar de nuestros gobiernos de ellos y en el marco de la naciente globalización financiera comenzaron a sacar sus ahorros. Son los dos grandes inventos de la genocida dictadura: la bicicleta y la fuga de capitales.
La crisis tardó un poco pero llegó en 1981. Dado que en el marco del dólar barato, tasas de interés internacionales bajas por la abundancia de petrodólares y la política liberal aplicada, algunas empresas se endeudaron en el extranjero. La crisis siempre trajo devaluación y cuando esto ocurre, esas empresas tendrían un perjuicio. Pero llegó el salvador: desde el Banco Central primero Cavallo y después Gonzales del Solar decidieron socializar (porque la vamos a pagar entre todos) las deudas de esas empresas. Nombres: Acindar, Alpargatas, Pérez Companc, Grupo Macri, Banco Francés, Banco de Galicia, Bunge y Born, Molinos, Loma Negra, Ledesma y corto porque se me agota el escrito. Algunas todavía con los dueños de aquel entonces, pero otros cambiaron sus capitalistas.
Alfonsín con sus idas y vueltas, con su discurso progresista y sus pocos hechos, nos dejó U$S 58000 millones de dólares y una crisis espantosa, que en la debilidad estructural del Estado recibido fue impulsado por el “mercado” (bah, capitalistas importantes mezclados con capitales transnacionales que a través de alguna variable macroeconómica juegan a la política. Quizás, es algo que merece más estudio, pero creo que es la primera incursión del naciente Grupo Clarín). Se fue con cesación de pagos e hiperinflación. Menem, para sostener una incomprensible convertibilidad, llevó la deuda a U$S 146000 millones, algo impagable que estalló en manos de De la Rua.
Kircher pudo refinanciar esa deuda y volvió a pagar. Redujo su monto a casi la mitad de los que recibió. No pudo cerrar del todo, porque al estar en cesación de pagos, algunos de los bonos habían caído tan abajo que fue tomado por los fondos buitres, otros hijos de la globalización financiera. Macri y sus negociadores, al mejor estilo de las primeras negociaciones, les pago todo lo reclamada y más también.
Macri volvió a endeudar fuera de lo razonable y en muy poco tiempo. Como de costumbre, repitieron la receta del endeudamiento para la dependencia. Y volvieron al juego de siempre. Creo que la habían dicho “el Messi de las finanzas”, volvió a negociar y a tomar deuda. No tengo las pruebas pero seguro que con abundantes “coimisiones”. Y con las recetas consabidas: ajuste y empobrecimiento, recesión económica y falta de trabajo, perdida salarias y condicionamiento de nuestra soberanía política. Y sepamos que condiciona toda independencia económica y hace utópicas la justicia social.
En este intento fallido de una corta historia de la deuda (siempre me sale largo) quiero dejar en claro que deuda es dependencia y condicionante de la soberanía. Con ella es imposible la Justicia Social.
Pero como enseña la historia, la deuda implica negociaciones y coimisiones que lastiman. Espero que se concrete la investigación de la contratada por Macri y sus secuaces y se pueda sancionar a sus responsables que seguro hicieron pingüe negocios. Una vez más, es posible que el marco legal que generan les cubre esas maniobras éticamente reprochables. Constituye un desafío encontrar la forma de legislar tratando de anticiparnos a futuros marcos que legitimen deudas y sancionen estos comportamientos corruptos, aunque tengan una ley que los cubra.
Es el gran desafío. Hemos cantado unos cuantos ¡Nunca Más! Que haya también un ¡nunca más a la deuda! ¡Y que alguna vez deje de ser eterna!

