Don Arriondo
Hombrecito ladino don Arriondo, de mirada oscura y pícara, sacador de árboles y otras yerbas. Su cuerpo flaco y menudo, vivía en concubinato con la de turno, a quien siempre mantenía, porque sus predilectas eran las jóvenes madres abandonadas y desposeídas. Él se hacía cargo, les daba techo y comida, a cambio de tener una figura de mujer en la casita del barrio Los inundados. Lo increíble eran su fuerza y su habilidad para sacar eucaliptos de raíz, esos enormes árboles que extienden sus raíces hacia todos lados. El eucalipto no es un árbol para adornar jardines. En el verano, a sus hojas se les da por cambiar de rama, y caen y caen silenciosas pero sin desfallecer, dejando manchas en el suelo que sólo se van si alguien las barre. Cuando el constructor analizó el lugar para levantar la casa, dijo que había que sacar por lo menos cinco de los gigantes, y ahí apareció Don Arriondo con su bien ganada fama, hacha en mano, bombachas, alpargatas y una faja negra en la cintura. Y así fue, pudo más que los árboles. Para él todo era posible y pimporoso.