París, febrero de 1834
Mi querido amigo:
Creyéndole ya en el Brasil, escribí a V. a este punto en fines de octubre pasado por conducto de mi recomendable amigo don Benjamín Mary, encargado de negocios de la Bélgica, cerca de aquel gobierno, cuando me encuentro con la suya de 20 de octubre datada en Buenos Aires, en la que me da extensos detalles de las ocurrencias acaecidas en nuestra desgraciada patria. V. me hará la justicia de creerme si le aseguro que lejos de sorprenderme a su recibo, las esperaba como cosa inevitable.
¡Libertad! Désela V. a un niño de dos años para que se entretenga por vía de diversión con un estuche de navajas de afeitar y V. me contará los resultados. ¡Libertad! para que un hombre de honor sea atacado por una prensa licenciosa, sin que haya leyes que lo protejan y si existen se hagan ilusorias. ¡Libertad! para que si me dedico a cualquier género de industria, venga una revolución que me destruya el trabajo de muchos años y la esperanza de dejar un bocado de pan a mis hijos. ¡Libertad! para que se me cargue de contribuciones a fin de pagar los inmensos gastos originados porque a cuatro ambiciosos se les antoja por vía de especulación hacer una revolución y quedar impunes. ¡Libertad! para que sacrifique a mis hijos en disensiones y guerras civiles. ¡Libertad! para verme expatriado sin forma de juicio y tal vez por una mera divergencia de opinión. ¡Libertad! para que el dolo y la mala fe encuentren una completa impunidad.
Maldita sea la tal libertad, no será el hijo de mi madre el que vaya a gozar de los beneficios que ella proporciona. Hasta que no vea establecido un gobierno que los demagogos llamen tirano y que me proteja contra los bienes que me brinda la actual libertad.
Tal vez dirá V. que esta carta está escrita de un humor bien soldadesco. V. tendrá razón, pero convenga V. que a 53 años no puede uno admitir de buena fe que se le quiera dar gato por liebre.
No hay una sola vez que escriba sobre nuestro país que no sufra una irritación. Dejemos este asunto y concluyo diciendo que el hombre que establezca el orden en nuestra patria, sean cuales sean los medios que para ello emplee, es el solo que merecerá el noble título de su libertador.
Como siempre su invariable amigo,
José de San Martín
Colaboracion de Marianela Marclay