por Susy Quinteros –
A las 12, 15 el remis me pasa a buscar. Antes de subir noto que el auto es un depósito de tierra, pero ya está detenido frente a mi casa. Subo. En el primer intento la puerta no cierra. ¡golpeala nomás, fuerte¡ dice el barbado y desalineado conductor. Me acomodo sobre el asiento que tiene varias roturas y observo al vehículo que me llevará a la terminal. Avanza por la calle que a esa hora del mediodía está llena de gente. A los tumbos el auto dobla en la primera esquina y pasa zigzagueando entre un carrito con bolsas de plástico y una moto. – Mire que yo no tengo apuro– le digo, voy con tiempo suficiente. – ¿Voy muy rápido?- contesta con una pregunta y me mira por el espejo retrovisor. Su rostro aceitunado se encuadra en el espacio alargado y noto que tiene un apósito sobre el ojo izquierdo. Vuelvo a su pregunta. –Le digo que voy con tiempo suficiente, repito–
Por fin el destartalado remis me deja en la vereda de la terminal. Imagino que no pasaría el menos exigente de los controles, pero el hombre ya tiene su dinero y se aleja con su bochinche a latas sueltas, con el polvo y el asiento roto que seguirá ofreciendo. -¿todo bien doña ?