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ALQUIMISTAS 222 – Ficciones y arte en días de pandemia 2: Guadaña y la verde gramilla

En el imaginario popular la muerte se presenta como una mujer flaca, huesuda, vestida con ropa negra holgada y con una guadaña apoyada sobre un hombro. Pero en el fútbol, generalmente adquiere la forma de alguien que protege el área, de la mitad de la cancha para abajo, con el  siempre respetado número 2. En el potrero, este puesto era el lugar donde jugaba el que sobraba, el menos dotado futbolísticamente hablando, aunque debía contar con ciertas características: ser más robusto que un delantero, gozar de  una marcada tendencia a infringir dolor en el rival (o sea, ostentar algunos problemitas lindantes con lo patológico), desconocer las reglas de fair play, tener piernas robustas, codos gráciles y calzar no menos de 43.  Piernas robustas para trabar al oponente y hacerle sentir que se encontró con un palenque. Codos gráciles para elevarlos a la altura de la cara del oponente y de un golpe certero en la nariz, anular al jugador exquisito de los contrarios o -en su versión más edulcorada- clavarle el codazo en las costillas flotantes. Este último recurso debía aplicarse con la precisión de un neurocirujano, cosa de provocar un dolor interno con apenas un enrojecimiento local, sin llegar al extremo de la falla multiorgánica. Era muy común que un 2 le apretara los testículos  y le tocara el culo al rival -esto aún hoy se puede apreciar cuando se tira un córner o un tiro libre y el 2 debe marcar a los rivales habilidosos-. Algunos llegaban al extremo de llevar elementos punzantes como agujas escondidas, aunque  eso sí, las utilizaban únicamente en casos extremos.

Todo lo anterior se conjugaba en un 2 de Concepción del Uruguay, el Guadaña Vito, astro de las cantinas de Banco Pelay, el balneario que en la década del ochenta se presentaba esplendoroso en los veranos entrerrianos con mucha afluencia de turistas porteños.

El Guadaña junto a un grupo de amigos y amigas acampaba en la entonces inhóspita playa de Paso Vera, sobreviviendo por varios meses desde diciembre hasta principios de marzo a base de guiso comunitario, bebidas espirituosas y fermentados indescriptibles. Además de la sobrevida, realizaban actividades culturales, lecturas colectivas, ensayos musicales al aire libre, debates políticos acerca de la reciente democracia recuperada luego de la dictadura cívico militar y, por supuesto, infaltables picados de fútbol. Cada picado arrancaba después de la siesta y terminaba cuando el sol no permitía ver más el balón.

El día al que me voy a referir se presentaba soleado y no pasaba nada fuera de lo común. Se escuchaba por la radio la voz del pequeño en LT11, que pedía a los  vecinos que contaban con habitaciones disponibles para alquilar,  se acercaran a la radio o a la Dirección de Turismo para satisfacer la demanda de los turistas. Los viajeros llegaban en manada a la ciudad y durante el día hacían estallar Banco Pelay.

La fracción masculina del grupo de acampantes cimarrones de Paso Vera, tomó el balón y se dirigió  hacia el Sector 1 cerca de la entrada al Balneario. Iban erguidos, colorados por el sol, azules y eufóricos por la ingesta de Marcela. De cerca los seguía la fracción femenina que los acompañaban en todo, particularmente en la ingesta de la infusión alcohólica.

El grupo del picado era cerrado y generalmente el juego era endogámico: se permitía  excepcionalmente el ingreso de algunos amigos locales,  que si bien no integraban el campamento, pasaban todo el día y parte de la noche con el grupo.

Los habitantes de la ciudad los conocían y los observaban desde lejos.

Algunos iban descalzos, en ojotas o con zapatillas y otros llevaban sus Fulvence. El Guadaña, además de la peligrosidad de un 2 hecho y derecho, tenía en su poder un par de Fulvence con tapones de aluminio, que para una comparación aproximada, sería algo similar a que el líder supremo Kim Jong-un tenga cerca de su mano el botón rojo.

Todo se estaba desarrollando de manera habitual. Pero Pelay era una caja de sorpresas y sobre todo en aquella época brillante. Desde la zona de mesas cercana al Sector 1, se acercó  un hombre de estatura mediana, con pantalones de fútbol y, bajo el brazo, un par de botines Adidas, lo máximo para esa época. Frente prominente y entradas muy visibles enmarcaban un rostro común, que los espectadores que observaban a la distancia no lograron distinguir. Se dirigió al grupo con el clásico ¿puedo jugar?. Al darse vuelta, advirtieron  quién era el osado: era el Bocha, de vacaciones en Pelay. Por supuesto, dijeron los Marcelinos, apodo que no requiere explicación para un habitante de la ciudad. No le pidieron autógrafos, no lo alabaron, solamente se dividió el grupo en dos partes de 7 jugadores y un arquero por cada equipo. Demás está decir, la cancha no era reglamentaria y no había lugar para 22.

Al Bocha le tocó en suerte jugar en el equipo contrario al Guadaña. Bah, si se puede decir suerte. Muchos se habían acercado al Guadaña, diciéndole loco,  al Bocha NO, cuídalo es un ídolo. Los escuchaba inmutable. Estaba construyendo enemigos en su cerebro, para él no había amigos, es más,  aplicaba la máxima del general, a los amigos todo, a los enemigos ni justicia, pero en clave potrero.

Los Marcelinos no se habían ganado su nombre así nomás, durante el partido circulaban jarras con Marcela, soda y unas rodajas de limón, que se acopiaban cerca del arco a defender.

Cuando se detenía el partido por alguna infracción o la pelota se perdía por un puntín en el monte, ese momento de descanso era aprovechado para  la ingesta de tan noble bebida local.

El Bocha estaba jugando, sin humillar, repartiendo el juego, no haciendo goles, se divertía y todos estaban contentos. Bueno, no todos. El Guadaña quería hacerle una marca a sus botines, cual pistolero del lejano oeste a las cachas de su arma al abatir a un enemigo.

El partido se estaba extinguiendo y la Marcela también. El equipo del Bocha ganaba por 6 goles contra 1. El Bocha arrancó desde su área con la pelota, corrió con gracia, pasó la media cancha, la platea femenina estaba en llamas, se dirigía hacia el área donde el Guadaña resguardaba no sólo la valla sino también su honor. No lo esperó, salió como endemoniado al encuentro del Bocha, se tiró al suelo con los dos botines perpendiculares al piso y se deslizó hacia la tibia y el tobillo del Bocha; éste lo vio venir, pegó un salto, unos milisegundos antes había levantado la pelota y la impulsó por arriba del cuerpo del Guadaña, el Bocha siguió e hizo el gol. La verde gramilla quedó herida con 2 surcos.

Todos festejaron,  hasta los rivales. El Guadaña aguardaba.

Quedaban minutos, todos esperaban otra intervención del Bocha para guardar en su mente la historia y poder contársela a otras generaciones.

Se reanudó lo que quedaba del partido desde media cancha, el Bocha recibió la pelota, el Guadaña había cambiado de posición,  se había trasladado a la media cancha, todos pensaron se va para arriba para intentar recibir el pelotazo y hacer un gol, pero no, la estrategia era otra.

Cuando el Bocha arrancó en la media cancha, el Guadaña estaba a 2 metros y se apuró. Pocos se dieron cuenta y  no habría pasado nada si no fuese porque  el Bocha se retrasó pasando algunos rivales y deleitando a propios y extraños. Cuando aceleró en busca de la red contraria, el Guadaña lo alcanzó. Se tiró en el suelo describiendo con la pierna derecha una trayectoria circular, peinando la gramilla como si fuera la herramienta misma que le valió su apodo, impactó con el empeine apenas por encima del tobillo del Bocha, que sin  entender nada, se despegó del suelo, ganó altura y cayó sin gracia sobre el pasto en el minuto que terminaba el partido.

Todos acudieron a auxiliar al Bocha, mientras el Guadaña se levantaba. Algunos lo escucharon murmurar le gané al Bocha, soy una estrella de la verde gramilla.

Hugo Rubén Pérez  – 

 

HUGO RUBÉN PÉREZ, lector ecléctico y aficionado a la escritura. Su formación está orientada a las ciencias del ambiente y actualmente a las ciencias jurídicas. Trabajador de la educación, se desempeña en la educación superior de grado y posgrado. Su interés por la escritura es nuevo, participa de los talleres de su amiga Marga Presas, una gran motivadora.

Le gusta la narrativa y su escritura se configura de pequeños fragmentos de la realidad, que modifica, dice,  de manera irrespetuosa suponiendo posibles finales.

Imagen: PEZ CÓSMICO II -Arcilla blanca, òxidos, esmaltes y vidrio (obra de 80 cm) – obra de Hugo Rubén Pérez

(Guadaña y la verde gramilla, autor Hugo Rubén Pérez – ALQUIMISTAS 222 – Ficciones y arte en días de pandemia, selección de Margarita Presas)

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