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A BARILOCHE, EN TREN…

tren patagonico jul 2017

Por Alfredo Guillermo Bevacqua     –    

Simplemente porque siempre se ha creído aquello de “tu vida es mi vida, mi pena es tu pena, tuya mi alegría”, es que cuando se cumple un sueño que desata una alegría, nos apresuramos a compartirlos con los que forman parte de nuestro entorno diario y con los que nos sentimos tan “a gusto”, que se intenta recordarlos escribiendo como una forma de suplir ausencias.

Cumplimos un sueño. De mas de cuarenta años. Nacido aquella vez que leímos en el desaparecido diario El Mundo –en el que la última página era de “Berni” Neustadt, que en ese entonces todavía simpatizaba con Illia, vendría el golpe y sería fanático de Onganía- que se ponía en marcha uno de los servicios ferroviarios de pasajeros con mayor confort en el mundo, el que unía Buenos Aires con Bariloche, y que incluía camarote, comedor, “boite” –como se decía entonces- cine y salón de lectura. Desde entonces la idea fue ir a Bariloche en el “Arrayanes”, tal el nombre del tren.

Seguramente no entender que los viajes son cultura, conocimiento y crecimiento, hizo que nunca se concretara. Después llegó Menem y su axioma “ramal que para, ramal que cierra”; y pareció entonces archivado para siempre el sueño.

Pero unos años atrás la provincia de Río Negro tomó a su cargo el servicio ferroviario de pasajeros, rehabilitando el Arrayanes, ahora como Tren Patagónico. Nos dimos cuenta entonces que el sueño se mantenía intacto y nuevo.

Y se dio ahora la posibilidad de hacerlo. Y allá fuimos, con Graciela –mi señora- y Federico, nuestro hijo Down de 29 años-  a la ciudad que el Dr. Alfonsín imaginó como capital de los argentinos: Viedma.

Al llegar a la estación era Viedma, y no la Grand Central Station de Nueva York; y la formación que estaba allí era muy claro que no era el California Zephyr, el tren que une Nueva York con San Francisco; faltaba el “vagón vista dome”, ese todo vidriado, incluso con el techo de vidrio, para observar mejor cuando el tren se hunde en los cañones del territorio americano…

Pero si de sueños se trata que mejor que imaginar que estamos en Yaroslavsky, la inmensa Terminal de trenes de Moscú y que esa formación  es el Transiberiano, que une Moscú con Vladivostok; si, es cierto, no son los 9.167 km que separan esas ciudades. Ni tampoco los nueve días y las nueve noches que demanda ese recorrido; son solo 963 km y una noche; es cierto no pasaremos por una gran ciudad como Novosirik, ni tampoco por Irzuk, la ciudad de las ciencias, ni por el lago Baikal, ni tampoco por el mítico Volga, que conocimos en los libros de Josefina Passadore; pasaremos por Sierra Colorada, donde habrá rostros aindiados mirando pasar el tren y por Pilcaniyeu, y por lagos y ríos de aguas impecables.

Y ahí está el tren: con su coches dormitorios, con sus coches turistas, donde se apretujan los lugareños que denuncian su humildad, en la vestimenta, en los gestos, en el rostro aindiado; el coche cine con su programación de cuatro películas para todos los gustos; el coche comedor, con sus platos regionales: ciervos y truchas, y el vino de Río Negro; y los coches que, con su nombre, inmortalizaron al yanqui que en 1860 comprendió que los vagones de un tren, podían ser cómodos y confortables para viajes de larga distancia: si, George Pullman; si hasta en los cines hay –o había cuando iba a matinée- “gallinero” y pullman…

Es el tren. Es el silbato que olvidamos. Es el tren que llevó el progreso y el desarrollo en poquísimos años a regiones alejadas. Es el tren que hizo la historia de un país que no tenía historia. Tal vez la historia de este país, es la historia del tren.

Y atravesaremos el norte, desde el mar hasta los Andes, de una región que quedó olvidada, desolada y sin progreso, precisamente porque el tren no llegó.

Nada mejor que el tren para experimentar la sensación y emoción de iniciar un viaje; ese lento y suave avance, el rechinar de las ruedas en los rieles, se convierte en inigualable melodía  cuando comienzan a pasar por las ventanillas el horizonte y el paisaje. Pasa el suburbio de Viedma y es como si pasara Moscú: son las casas iguales y grises; son las viviendas de obreros; son los barrios lejanos y pobres.

Como decía el inolvidable Germán Sopeña: Nada mejor que la ventanilla de un tren para ver dos mundos: el exterior, que pasa frente a nosotros a una velocidad que no manejamos; y ese mundo que tiene lugar en el interior del coche que transporta nuestras ansiedades.

Y no falta nada. Cuando se llega a San Antonio, como si se llegara a Erlhian (la ciudad china en la que cambia la trocha del Transiberiano), se dan vuelta los asientos; y parece que volvemos al retomar el camino, solo falta que cambien los “booggies”…

Después al coche comedor. Y si bien el coche carece del antiguo esplendor que tenían los comedores de los trenes, seguimos dando vuelo a la imaginación, y nos sentimos en el tren nocturno de Moscú a San Petersburgo, que figura en el debe en la cuenta de los sueños, mientras nos rendimos ante ciervos, truchas y vinos de Rio Negro…

Hemos transitado la estepa patagónica. Con soledades infinitas. Dicen que no hay mayor pobreza que la soledad; entonces transitamos por esos estados…  Con monotonía sin par. Cuando, tarde, llegue el alba, comenzarán las alturas; a serpentear la vía en la pre cordillera, que obstinada sigue a un trazado de tierra que quiere ser ruta; a descubrir la nieve en los cerros; a encerrarse el tren  en túneles de piedra a cielo abierto; ya no se sabe hacia donde mirar; es una competencia inaudita de la naturaleza; y el coche ya es una fiesta y las cámaras fotográficas ,antiguas o digitales, no se toman descanso.

Estaba convencido que el lugar elegido por Dios para descansar y planificar su jornada siguiente en el momento de la creación estaba ubicado a 50 metros para acá del faro de la Stella Maris, en la confluencia del Río Uruguay y el riacho Itapé,  pero parece que alguna vueltita se ha dado por estos lados de lagos, montañas y nieve..

Comprendemos entonces que Sayhuaque, el último gran cacique mapuche, haya muerto de pena, cuando “la civilización” lo alejó de sus paisajes…

Seguramente para muchos de ustedes llegar a Bariloche habrá sido uno mas de los viajes; porque me ha parecido fantástico hacerlo como lo soñé es que he querido compartirlo, aunque parezca una chiquilinada o la ingenua actitud de quien muy poco salió de su casa… A mi me ha parecido que ha servido para ratificar que solo en los soñadores coinciden la vida y los sueños…

Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 11/7/2017