Por Alfredo Guillermo Bevacqua –
Somos viejos. Por eso, desde la mas tierna infancia, tenemos por el fútbol un tieso amor. Nació en la ingenuidad de la niñez. Pero, además, nada sabíamos de “barras bravas”. Nadie hablaba de la turbidez del fútbol. Lo mas grave, algún “referí vendido”; algún partido arreglado para que el rival se salve “del descenso”.
Ya son mas de siete décadas que “el dueño de todo” nos ha permitido alquilar esta vivienda que es nuestro cuerpo. Acumula el peso de una carga fenomenal de recuerdos. No alcanzan las “Dos banderas” para borrarlos. Tampoco queremos hacerlo. Porque recuerdan triunfos, goleadas, partidos que se ganan sufriendo mucho. En fin, el fútbol… Esos recuerdos son el grito de rebeldía “para que no nos quiten la fiesta, la del fútbol, la nuestra/La que gozamos de pibes/los que sabemos el misterio/de estremecernos por su cuenta…” (1)
De esa inmensa carga de recuerdos, aparece nítido, actual, impecable en su presentación aquel domingo 9 de diciembre. Como el próximo; la distancia es, un poco mas de medio siglo: 56 años. Fue en 1962. Fue un día glorioso. No había “repetición de la jugada”. Ni sabíamos aún que un día aparecería una frase de “en vivo y en directo”. Pero eran las diez de la noche y seguíamos, pegados a la radio, escuchando la reiteración de esa pelota mandada al corner por un arquero que inscribía su nombre en el friso infinito de la posteridad.
Fue un 9 de diciembre de 1962. ¿Será otro día de gloria boquense el 9 de diciembre, aunque el escenario no sea el querido por todos? ¿O alguien puede dudar que, además de ganar la Libertadores, no hubiera sido hermoso volver a “dar la vuelta en el Monumental” como en el 69 con el “Muñeco” Madurga o en el 70 con Rojitas? (La hinchada de River contestaba “la vuelta la van a dar allá en el Italpark”, el gigantesco parque de diversiones que por años estuvo a pocas cuadras de la cancha de River).
Vayamos a aquella tarde del 62. Toda la tarde, junto a la radio. El libro de literatura de Fermín Estrella Gutiérrez, al olvido total. Al otro día se vengó. ¡Que sabía yo de Lope de Vega y “El peregrino en su patria” o de “Triunfos divinos”! El único triunfo divino era el de la tarde anterior. Ese lunes fue de derrota. Un 2 (dos). Asi, aclarado entre paréntesis, en la boleta de exámen.
Recordemos, con una sonrisa apenas insinuada y que es toda, entera, esperanza. Fecha vigésimo novena del Campeonato Argentino de Primera A. Eran 30 fechas. En la primera posición, igualados Boca y River con 39 puntos. Si empatan, los dos ganarán, con seguridad, su último partido e irían a un desempate que nunca se había dado. Tampoco se dio esa vez. Hubo un ganador: Boca por 1 a 0.
A los 12’, el “vasco” Etchegaray, un n° 3 que tenía River se la deja corta a Amadeo Carrizo. Atropella Paulo Valentín, el brasileño, goleador e ídolo de Boca –que murió de cáncer, muy joven, en la extrema pobreza- y Carrizo le comete penal. Valentim era infalible.
Boca se caracterizaba por su firme defensa y un fútbol amarrete. Recordemos su alineación en un tiempo en el que todavía no se permitían cambios: Antonio Roma; José María Silvero y Silvio Marzolini; Carmelo Simeone (el verdadero Cholo), Antonio Ubaldo Rattín y Orlando Pecanha de Carvalho; Héctor Sabas Pueblas, Norberto Menéndez, Paulo Valentim, Miguel Pezzi y Alberto Mario González. Era director técnico, José D’ Amico, un profesor de Educación Física que fue maestro de directores técnicos, y que tenía a su cargo la primera, la reserva y la tercera de Boca. Las tres divisiones fueron campeonas ese año. (También el equipo de basquetbol de Boca ganó su torneo en la Asociación Buenos Aires y luego el mas importante, el que disputaban los tres mejores de la Buenos Aires y de la Porteña, que se jugaba en el Luna Park y convocaba multitudes).
En el segundo tiempo River fue desesperadamente al ataque. Sabía que perder, era perder el campeonato. La defensa de Boca era inexpugnable. Pero cuando faltaban 5 minutos, el árbitro Carlos Nai Foino, en un choque entre Simeone y Artime, cobró penal.
Desconcierto nuestro. El relator trasmitía el abrazo entre los jugadores de River. Acomodó la pelota Vladem Lázaro Ruiz Quevedo, un brasileño exquisito, medio pecho frío, al que todos conocían por Delem. A la orden de Nai Foino, Roma voló hacia la derecha y adelante. Ahí fue el remate violento y mandó la pelota al corner. Los alambrados de entonces no eran tan altos y firmes como ahora. El público invadió la cancha. Los jugadores de River reclamaban que Roma se había adelantado y Nai Foino, pragmático, solo respondía “ Aire, aire, penal bien pateado es gol…”
Antonio Roma era un tipo de esos que disfrutaba hasta cuando le ganaba a sus hijos a “la bolita”. Era un ganador nato. Ese año había recuperado la titularidad en los últimos y decisivos partidos. No gustaba a la nueva ola del periodismo deportivo argentino, lo definían como un “simple atajador”. El modelo era Amadeo Carrizo, hasta en las pasarelas de ropa masculina. Pero Roma era un grande. Cuando al salir del vestuario, el último, lo esperaban los micrófonos y los periodistas con cuaderno y lapicera, el dijo: “Yo lo tenía estudiado a este muchacho. Siempre le pega fuerte y a la derecha, por eso me tiré ahí.”
Ese penal se gritó mas que el de Valentín. Esa atajada fue mas que un campeonato. Fue ganar así: “a lo Boca”. Con corazón de pobre y alma de campeón.
Y así, aunque sea en tierra extraña, nosotros, los de Boca, nos gustaría que este 9 de diciembre sea igual al de hace 56 años “…en paz y sin daño/Con el único fuego/de la pasión crecida y el fervor hecho hoguera/por esas camisetas y la gran ceremonia/que el verde ha convocado/Que la fiesta sea/que el domingo se abra la imprevista pajarera” (2), así dice el poeta, y nosotros, los boquenses, agregamos “soltamos esta plegaria ingenua, para que este 9 de diciembre sea igual al del 62”. –
(1) y (2) – Plegaria futbolera – Poesía de Héctor Negro