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Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía: «El capitalismo ha puesto la economía por encima de la persona: la persona tiene que servir a la economía en lugar de la economía servir al individuo»

La desigualdad, el bienestar y los límites del mercado ocupan buena parte del trabajo del profesor de la Universidad de Columbia.

La desigualdad, el bienestar y los límites del mercado ocupan buena parte del trabajo de Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía y profesor de la Universidad de Columbia. Sus investigaciones estudian por qué los mercados pueden fallar y cómo las decisiones públicas afectan a la vida cotidiana. En una entrevista con El Confidencial, el economista aborda esas cuestiones desde una pregunta que también atraviesa el debate político: qué significa ser libre cuando las decisiones de unos tienen consecuencias para otros.

Stiglitz conoce las instituciones económicas desde dentro. Presidió el Consejo de Asesores Económicos durante la Administración de Bill Clinton y fue economista jefe y vicepresidente sénior del Banco Mundial entre 1997 y 2000. En 2001 recibió el Nobel, junto a George Akerlof y Michael Spence, por sus análisis de los mercados con información asimétrica: situaciones en las que una parte de una operación dispone de información que la otra desconoce. Sus trabajos ayudaron a explicar problemas como las restricciones de acceso al crédito.

Preguntado sobre si el malestar social responde a un capitalismo poco humanista, su respuesta es afirmativa: «Yo creo que sí». A continuación señala qué considera que se ha alterado en la relación entre las personas y el sistema económico: «El capitalismo ha puesto la economía por encima de la persona: la persona tiene que servir a la economía en lugar de la economía servir al individuo«. El reparto de oportunidades, la distribución de la riqueza y la intervención pública son también asuntos centrales de su trayectoria académica.

Para explicar los límites de la libertad, Stiglitz recurre a una situación concreta: «La libertad de una persona puede pisar la libertad de otra. No se puede mirar la libertad de una persona de forma aislada». El ejemplo es una empresa cuya actividad perjudica el aire que respiran sus vecinos. «Cuando una empresa pide libertad para contaminar, supone que otras personas pierden la libertad de respirar aire puro e incluso pueden perder la salud si tienen asma». Los efectos no terminan, por tanto, en quien toma la decisión: «La libertad de uno de contaminar está suprimiendo la libertad de otra persona para vivir una vida sana».

Ante esos intereses enfrentados, el economista defiende que las sociedades establezcan reglas. «Cada sociedad tiene que hacer un juicio a la hora de equilibrar la libertad, porque no hay una libertad absoluta«, afirma.

Su propuesta implica valorar tanto la capacidad de elegir como los efectos de esa elección sobre los demás. «Cuando esto se reconoce, entendemos que la sociedad debería imponer ese tipo de regulación». Es una posición coherente con sus investigaciones sobre las circunstancias en las que la intervención pública puede mejorar el funcionamiento de los mercados.

(fuente: https://www.elconfidencial.com/)