Escribió la obra emblema del periodismo de investigación de Argentina trabajando como freelance. La historia de la frase clave que le dio origen. Cómo pasó de traducir libros para bajar de peso a exponer los crímenes de la Revolución Fusiladora. Los ataques de la policía bonaerense y la dificultad para que le publiquen las primeras notas.
El 18 de diciembre de 1956, en el bar Rivadavia de La Plata, a unas cuadras de su casa, frente a un vaso con cerveza, Rodolfo Walsh oye una frase: «Hay un fusilado que vive».
Tiene 29 años y trabaja como traductor en la editorial Hachette, en Maipú 49, en el centro porteño. Lo que escucha lo deja pasmado. No por el hecho en sí, sino por lo enigmático de la frase. Ni los cuentos policiales que traduce y publica en la revista Leoplán como colaborador, ni los relatos de su primer libro Variaciones en rojo, publicado en 1953, contienen tanta fuerza como esa frase. Un cuento que es verdad.

La historia a Walsh lo tiene fascinado. Justo a él, un antiperonista acérrimo por entonces. Apenas un año antes, el 21 de diciembre de 1955, en la revista Leoplán, había contado la “heróica tarea” de algunos pilotos navales que participaron del derrocamiento a Perón. Su hermano aviador, Carlos Walsh, había piloteado en algunos de esos vuelos. El 16 de junio, los bombardeos de la autoproclamada «Revolución Libertadora» que derrocaron al gobierno peronista habían asesinado a 308 personas. Aún así la frase de Dillom lo persigue. Piensa que los diarios y revistas le arrancarían de las manos una historia así. Nada más lejos que eso, aunque todavía él ese diciembre de 1956 no lo sabe.
Walsh y el fusilado que vive
El Walsh que se embarca en la investigación sobre “el fusilado que vive” es un joven periodista freelance, ajedrecista amateur, trabajador de la industria cultural, escritor premiado y padre de dos hijas. No hizo “escuela” en ninguna redacción, ni tiene títulos académicos. Incluso se gana la vida con traducciones de libros que no lo enorgullecen, como Adelgace con inteligencia y El régimen lo hace todo de Gayelord Hauser. Más de 500 páginas sobre cómo bajar de peso. Nada de eso le importa. Rodolfo sale en busca del “fusilado”.
Al otro día del encuentro con Dillom, el 19 de diciembre de 1956, Walsh conoce a su primera fuente: Jorge Doglia, jefe de la División Judicial de la Policía de la Provincia. Doglia le confiesa que una persona llegó a su oficina con una denuncia que lo estremeció: su propia fuerza lo había detenido el 9 de junio, sin cometer ningún delito, en la localidad de Florida y lo había intentado fusilar en la madrugada del 10, junto a otras personas, a más de 12 kilómetros de donde lo arrestaron, en un descampado de José León Suarez. En el operativo de detención –le explica Doglia a Walsh– había participado su jefe, el teniente coronel a cargo de la jefatura de la policía bonaerense, Desiderio Fernández Súarez.

La persona que denunciaba lo ocurrido era Juan Carlos Livraga, el fusilado que “vivió”. Doglia pone al periodista en contacto con el abogado de Livraga, Máximo von Kotsh. Antes de despedirse, el jefe de la división judicial le pasa a Walsh un último dato: hay decenas de denuncias por torturas con picanas eléctricas y otras vejaciones en diferentes comisarías de la provincia, todas entre el 9 y 10 de junio.
Al día siguiente, Walsh se encuentra con von Kotsh, quien le pasa la denuncia judicial de Livraga. Pero aún mejor: entrevista al sobreviviente. Conoce su historia, ve las sombras de la muerte en su rostro, donde le dispararon dos veces. También le confiesa que fingió su muerte para “salvarse”. Otros, le cuenta, hicieron lo mismo, mientras un grupo logró escapar.
El hombre que mordió al perro
En dos días, el periodista ya tiene la denuncia del fusilado en su bolsillo, el testimonio de Doglia por torturas en dependencias, y un tercer dato: hay más sobrevivientes. Todavía no sabe cuántos. Pero hay. Por eso, esa misma tarde, entra a las oficinas de Hachette con una sonrisa luminosa, mira a su compañera Enriqueta Muñiz, una joven periodista de 22 años, y le dice: «Encontré al hombre que mordió al perro».
Enriqueta se suma a la investigación de Walsh. Durante todo el proceso llevará un diario íntimo contando, día a día, los pasos para reconstruir la masacre de José León Súarez. Y a pesar de tener la denuncia judicial de Livraga, ningún medio se interesa. Walsh empieza a entender los mecanismos ocultos de la prensa argentina. Ya tendrá tiempo para escribir y fustigar medios que fueron funcionales al régimen.
Ahora solo tiene una oportunidad en un semanario socialista: Propósitos. Leónidas Barletta, su director, acepta la nota. A pesar de tener la exclusiva periodística del año, sale solo publicada la denuncia, sin firma ni aporte extra de Walsh ni edición. Solo la denuncia. “Por precaución”, le explica Barletta.

El 23 de diciembre, bajo el título “Castigo a los culpables”, sale el primer artículo sobre los fusilamientos. En otra página, un recuadro pequeño denuncia las torturas en comisarías de la provincia. Walsh cerraba así un mes completamente abocado a la investigación sobre los fusilamientos. Y el año siguiente lo arrancaría igual.
La entrevista inédita a Livraga le quema las manos a principios de 1957. El 9 de enero, en el semanario Azul y Blanco, publica una segunda nota, profundizando la denuncia del primer fusilado, pero sin contar su historia.
Esclarecer la masacre
El 15 de enero, en la primera plana del diario Revolución Nacional, finalmente aparece el reportaje. “Yo también fui fusilado”, se titula. Allí Livraga narra lo sucedido el 9 y 10 de junio de 1956, tanto en Florida como en el basural de Suárez. Walsh no se detiene. Junto a Enriqueta consiguen más sobrevivientes y expedientes. La masacre se esclarece: son cinco víctimas fatales y siete sobrevivientes. Walsh saca otras cinco notas en Revolución Nacional. Ocho más en la revista Mayoría. En todas apunta directamente a Fernández Súarez, jefe de la Bonaerense desde diciembre de 1955.

El periodista lo acusa de ordenar las ejecuciones de 12 civiles inocentes, antes de que se declarara la Ley Marcial y sin haber cometido ningún ilícito. “Fueron detenidos a las 23 hs del 9 de junio, mientras que la ley empezó a regir a las 0.32 del 10 de junio”, expuso Walsh. Para eso, el periodista consiguió el libro de locutores de Radio del Estado, donde se registró que el anunció se hizo a la hora señalada por el periodista.
El nombre de Walsh circula rápido en la jefatura de policía de La Plata. Un grupo de policías empieza a circundarlo. Detienen a un periodista con sus mismas iniciales, pensando que era él. Van a su casa en La Plata, sin identificarse, y hostigan a su familia. Pero a él no lo encuentran. Se había mudado a una casa en el Tigre. Después a Merlo. Porta una cédula falsa y se hace llamar Francisco Freyre. Aunque todas las notas de ese año –y los que siguen– dirán: R.J. Walsh.
En su octava y última crónica en Mayoría en 1957, que anticipa a la publicación del libro que inventaría un género propio de no ficción, Rodolfo finalizó su nota con una dedicatoria: “Pero la paz no es aceptable a cualquier precio. Y siempre habrá en germen nuevos levantamientos, y nuevas olas de insensata revancha, aunque luego tengan sentido contrario, mientras se mantengan al frente de los organismos represivos del Estado hombres como el actual Jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires, teniente coronel Desiderio Fernández Suárez”.
(fuente: https://www.tiempoar.com.ar/)