Había sido comisario en un pueblo de frontera en años donde el valor se ponía a prueba todos los días.
No conocía el miedo, pero si la injusticia de los poderosos.
Por eso cuando la ley protegía a los terratenientes, el empleaba la justicia del pueblo para frenar sus excesos.
Sin embargo, esa noche no pudo pegar un ojo.
El deber aprendido a fuerza de golpes y sinsabores debía ejecutarse al anochecer del día recién amanecido
En su mente afiebrada por los recuerdos volvían las imágenes de su casamiento en Rio Branco en 1860
La llegada al mundo de cada uno de sus 6 hijos y el ultimo y luctuoso embarazo de su mujer.
Envuelto es esos recuerdos lo encontraron los primeros rayos del sol.
Ya para entonces los mates terminaron de despejarlo y le infundieron nuevos ánimos.
Ensillo su caballo. Acaricio las cabecitas de sus hijos que aun dormían y sin hacer caso del alboroto de los teros partió rumbo a su destino.
No era hombre de aflojadas. Era un gaucho de estas tierras y no cualquiera lo es y esa noche quedaría bien demostrado.
La noche del 11 de abril
La sangre que gota a gota caía del facón la fue secando en el pasto del cuidado jardín.
Sus manos temblaban un poco debido a los tensos momentos vividos en el interior de la mansión, pero le sirvieron para cortar camelias y rosas blancas y rojas con las que armó un hermoso ramo.
En una de las habitaciones yacía el cuerpo de quien fuera hasta ese momento el amo y señor de campos, haciendas y vidas humanas.
Algunas nubes fueron cubriendo el cielo y la oscuridad se hizo más densa debajo de los árboles frutales que rodeaban la finca.
Se apartó de sus compañeros, monto su alazán y al trotecito se fue perdiendo en la noche.
El amanecer lo sorprendió llegando a su destino.
Debajo de un añoso tala se encontraba una sepultura con una cruz de madera que tenía un nombre tallado a cuchillo.
Desmontó lentamente y se quitó el sombrero.
La fresca brisa de abril agitaba los cabellos del hombre que se arrodillo a los pies de la cruz que cobijaba el sagrado cuerpo de una madre que falleció al parir.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas y se perdían en barba rala.
Para hacer más dramática la escena, un zorzal inició un canto solitario y los bullangeros “caseros” cesaron su habitual alboroto.
Una a una fueron depositadas las flores hasta cubrir la tumba.
Con una voz que brotó desde lo más adentro de sus entrañas, Nico murmuro:
“Elmira, estas vengada!
“Elmira, estas vengada!
Los escribas del poder, luego escribieron otra historia.
Bibliografía consultada:
Emilio Oribe Coronel; “Rapsodia bárbara” Ediciones de la Banda Oriental; Montevideo; 1993.