por Guillermo Cichello –
“Cuando el trigal se duele, amigo, se duele todo el trigo. Mira: todo el trigo.
Y si el pastor se queja, amigo, llora toda la aldea. Mira: toda la aldea, amigo.
Mira el mar. Si se duele una ola, son todas las que rompen a llorar.
Todas, amigo, amigo…”.
Rafael Alberti, Toro en el mar
Decir que la administración Milei desea destruir al Estado, llevar al quebranto a la clase trabajadora o a la trama productiva del país es cierto pero impreciso. Hay algo más puntual, más estricto, que el discurso libertario busca denodadamente y muestra una peligrosa irritación cuando percibe que fracasa. Esa oscura irritación lo impulsa a la violencia descarnada porque sabe que, si erra ese golpe, si no logra su cometido, todo su plan puede desmoronarse.
Expliquémonos con tres reacciones e iniciativas recientes:
Una) El día 12 de marzo último la marcha de los jubilados recibió el acompañamiento de distintos sectores. No el único, pero el más notorio fue -como sabemos- el de agrupaciones de hinchas de fútbol. Convocatoria tras convocatoria, se produjo en cadena un fenómeno inesperado. De pronto comenzó a tejerse en torno de los jubilados golpeados por reclamar, un sentimiento de adhesión de colectivos lejanos. Tal vez haya sido una mezcla de compasión por los viejos castigados, de empatía por advertir allí un destino común, de rebeldía contra esa injusticia.
La respuesta del gobierno que más me importa subrayar es la impugnación condensada en la frase: la marcha de los jubilados truchos. Ese fue el eje en torno del cual giró la narrativa libertaria.
“Sólo un completo idiota puede creer que esa multitud de atorrantes, de delincuentes, de criminales organizados van a ir ahí espontáneamente a la marcha de jubilados”. El perpetuo irritado que pronunció esta diatriba es el ideólogo presidencial Agustín Laje, que afanosamente mostraba en su strem imágenes de jóvenes al grito de “¡Esos no eran jubilados!”. Claro que no lo eran, míster Laje. Este es exactamente el punto de mayor peligro y exasperación de la administración Milei: que existan otros colectivos que acudan espontáneamente en auxilio o mancomunión con un conjunto agredido. La incredulidad de Laje es, en verdad, su desesperación. Que se desencadena cuando percibe una regeneración de la trama social que puede implicar su fortaleza. Un ancestral reflejo humanitario, podríamos decir: la aldea sale en defensa del individuo aislado y agredido.
Dos) Las grandes marchas universitarias del año pasado en defensa de la educación pública y contra el desfinanciamiento oficial, mostraron un fenómeno idéntico. Con el auspicio del Consejo Interuniversitario Nacional, el Frente Sindical de Universidades Nacionales y la Federación Universitaria Argentina, decenas de miles de personas concurrieron a la plaza pública aún sin ser usuarios directos de la universidad, a la par de estudiantes, profesores y agrupaciones políticas y gremiales no docentes.
La respuesta del presidente Javier Milei en un tuit fue la siguiente: “Si para enfrentar a uno solo tenés que juntarte con un montón de impresentables prostituyendo una causa noble (…) eso es una mayúscula muestra de debilidad y cobardía”. La palabra clave que indica el núcleo potente del asunto y que por eso lo enardece es -ni más ni menos- “juntarse”. Sencillamente, los docentes no estuvieron solos, los estudiantes no estuvieron solos; la trama comunitaria acude, la causa cobra otra consistencia. Algo ocurre si ese verbo se comienza a conjugar. Contra ese potente blanco se descarga la artillería de adjetivos denigratorios: prostitución, debilidad, cobardía.
Tres) Una de las reformas llamadas estructurales que el gobierno pretende impulsar en materia laboral es un viejo sueño patronal. Reformar el modo de negociaciones salariales, de modo que las paritarias se discutan en forma individual por empresa, en lugar de acuerdos sectoriales que permitan defender condiciones homogéneas para todos los trabajadores de una misma industria. Esta iniciativa muestra, como ven, la misma lógica expuesta en los puntos anteriores. En este caso, si se concierta individualmente, se fragmenta la fuerza de los convenios colectivos de trabajo que, si la tienen, es justamente por la unión combinada, por ese “juntarse”. La vieja divisa imperial Divide et impera guía a los técnicos de la modernización laboral. Para ese tipo de gobierno entonces la llamada batalla cultural debe fundamentalmente emprenderse contra el “colectivismo”, uno de los nombres de la organización de lo común.
En definitiva, el corte del lazo comunitario, el desgarro de la trama colectiva que nos enlaza en una vida común, ese es el verdadero empeño del proyecto libertario. Su éxito, el individuo aislado en su recinto solitario, sin otro horizonte que sus satisfacciones privadas, sin otras penas que las atribuibles a su propio fracaso personal.
Cada líder elige un símbolo que lo expresa, una insignia que lo representa y que constituye su modo de salutación pública. Unos han elegido un luchador puño en alto, otros un abrazo fraternal. Javier Milei ha optado por un rústico elemento de corte: una motosierra. Con ella agita su desvelado propósito de gobierno que consiste, centralmente, en disgregar el cuerpo social en frágiles átomos sueltos. Pero ese desvelo también puede indicarnos el extraordinario valor de aquello que pretende desunir y tal vez nos muestre el modo de impedirlo: el reconocimiento de lo común que nos une al otro, sea jubilado, docente, obrero.
En una de las conmovedoras producciones audiovisuales realizada por la Organización Resistentes en la marcha con los jubilados, vemos a un joven humilde que con alegre orgullo dice a la cámara: “Los viejos no se tocan. Pueden ser mi vieja, mi abuela, mi tía, el pueblo. Hay que ser empático, nomás. Esto es Argentina, papá”.
Cuando el trigal se duele, se duele todo el trigo. Si el pastor se queja, llora toda la aldea. Si se duele una ola, son todas las que rompen a llorar. Así escribió, para siempre, el poeta.
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