Cecilia Grierson fue la primera médica argentina, pero también una docente de amplia trayectoria y una militante por la conquista de derechos de las mujeres. En un nuevo aniversario de su nacimiento, un recorrido por su vasta obra: de la investigación científica en el terreno de la ginecología a la creación de instituciones de salud y escuelas.
Contemplo a la vez con serenidad y ternura a las mujeres que he sido, dice Adrienne Rich, una destacada poeta, ensayista y feminista estadounidense. Frase que calza con aguda precisión en el personaje que nos compete: la médica argentina Cecilia Grierson. Acaso no se lo haya planteado a sí misma en estos términos, pero podemos considerarlo así quienes la contemplamos a la distancia y leemos sobre su intensa, e inmensa, vida. Sí, Grierson ha sido innumerables mujeres en un mismo cuerpo y en una misma alma. Pero no hoy, sino hace más de un siglo (lo que hace más meritorio su derrotero), porque nació en noviembre de 1859 y se recibió de médica, la primera del país y de América del Sur, en 1889. Pero además fue maestra rural a los 13 años, maestra normal a los 18 y fundadora del Liceo Nacional de Señoritas; dictó anatomía en la Escuela Nacional de Bellas Artes; profundizó cambios en el tratamiento y la educación para sordomudos y ciegos; creó la primera Escuela de Enfermeras; viajó a Europa siempre para perfeccionarse, incorporar nuevos saberes y traerlos a su país; integró el Partido Socialista y el Movimiento Feminista; dictó cursos sobre cuidados a enfermos y primeros auxilios; escribió y publicó libros. Y bregó por la elevación científica y social de las parteras. Y debemos agregar que ha sido la principal promotora de la enseñanza universitaria de kinesiología. Fue adscripta de la cátedra de Física Médica y dictó cursos de kinesiterapia y gimnástica médica. Todo lo que aprendió y desarrolló Grierson sobre estos temas constituye el más remoto antecedente de la carrera universitaria de Kinesiología del país.
Practicó la docencia, de diferentes formas, durante más de cuarenta años. Y la lista continúa en su propia voz: “A la par que atendía una numerosa clientela particular, era médica agregada a la sala de mujeres del Hospital San Roque –hoy Ramos Mejía–; fui secretaria del Patronato de la infancia en sus principios; inspectora del Asilo nocturno y examinadora de Parteras de la Asistencia Pública; colaboradora en la instalación del servicio de Primeros Auxilios; miembro activo de la Cruz Roja y de muchas otras instituciones benéficas y de educación. Fui examinadora en la escuela de Penitenciaría Nacional; inspectora de Madres desamparadas a cargo del juez de menores”.
“A pesar de toda esta actividad encontraba tiempo para dedicarme a los quehaceres domésticos, en alguna de cuyas artes tengo la pretensión de ser hábil. Asistía a las conferencias científicas y literarias, a fiestas artísticas y deportivas, siendo muy aficionada al baile y más que todo a excursiones y viajes. No así para hacer visitas o asistir a fiestas sociales, especialmente los veinticinco años que ejercí la medicina, en cuyo lapso perdí aquel hábito completamente; pero siempre he creído que no se debe entristecer a los demás con nuestras preocupaciones o estados depresivos del alma y por lo tanto las visitas deben hacerse con ánimo despreocupado y alegre lo cual no es posible siendo médica de conciencia.”
Así de múltiple su vida, así la cantidad de mujeres que centró en una. “Cecilia Grierson pudo destacar en tres campos fundamentales: el de la propia práctica médica, el de la creación de instituciones educativas para la formación de auxiliares en medicina y el del feminismo militante”, confirma la socióloga Dora Barrancos en su artículo “Cecilia Grierson, o cuando la muerte ofrece más reconocimiento que la vida”.
Sin embargo, el médico e historiador Alfredo Kohn Loncarica, uno de sus biógrafos (Cecilia Grierson. Vida y obra de la primera médica argentina, 1976), remarca que Grierson no compartía to das las ideas del feminismo de su época. “Tuvo una actitud pragmática, simbolizada en logros sustanciales y alejada de militancias que le parecieron estériles y aun contraproducentes. Limitó el planteo de las reivindicaciones de la mujer a la igualdad intelectual y económica.” Y agrega que Grierson se dedicó también a fortalecer aspectos de la mujer en su casa, etcétera, etcétera. Es cierto, Grierson fue pionera de la enseñanza de la economía doméstica y organizó la primera Escuela Técnica del Hogar del país; asistió al Congreso Internacional de Mujeres en Londres en 1899 y a su regreso fundó, a modo de filial, el Consejo Nacional de Mujeres de la República Argentina para “la elevación intelectual y social de la mujer”, según el propio Kohn Loncarica. También dictó cursos de puericultura y primeros auxilios para mujeres abocadas al hogar. Tuvo consideración de la realidad de las mujeres. Pero esto podría leerse de otro modo: sabía que la mayoría de las mujeres de su época no podrían luchar como ella lo hizo. El precio era alto. Por lo tanto, concibió escalones que irían habilitando a la mujer hasta empoderarla. Si seguimos la lucidez de Rich, podremos comprender la entrelínea de Grierson, esa que su biógrafo no pudo –o no quiso– ver: “El feminismo empieza, pero no puede acabar, con el descubrimiento individual, por parte de cada mujer, de la conciencia de su identidad como tal. En última instancia no residen ni tan solo en el reconocimiento de las razones que justifican su enfado o en la decisión de cambiar su vida, volver a estudiar, dejar el matrimonio (aunque estas decisiones pueden ser trascendentales en la vida de cualquier persona y requerir un gran valor). El feminismo significa en última instancia dejar de obedecer a los padres y reconocer que el mundo que ellos han descrito no es el mundo en su totalidad. Las ideologías masculinas son una creación de la subjetividad masculina; no son ni objetivas ni inclusivamente humanas, ni están libres de valores. El feminismo implica reconocer la distorsión de las ideologías creadas por los hombres y que estas son totalmente inadecuadas para nosotras, y a continuación empezar a pensar y a actuar a partir de dicho reconocimiento”.
Tampoco sabemos si Grierson se cuestionó con esta claridad contundente, pero su accionar en extremo revolucionario no deja dudas de que rompió esquemas férreos, abriendo no una rendija sino la puerta de hierro para las mujeres del futuro.
FACULTAD DE MEDICINA
Su primera infancia transcurrió en la estancia de su padre en Uruguay y más tarde en Gena, Entre Ríos. Luego, la enviaron a vivir con su abuela a Buenos Aires, donde asistió a los mejores colegios ingleses (su padre descendía de escoceses y su madre era irlandesa). Pero cuando su padre murió, tras una debacle económica, regresó a Entre Ríos a colaborar con su madre para la crianza de sus hermanos en medio del campo que la familia ya había perdido. “La revolución de Entre Ríos, a raíz de la muerte de Urquiza, había mermado la fortuna de mis padres.” Su madre entonces abrió una escuela rural, con amparo gubernamental, y Cecilia, a los 13 años, ya enseñaba a leer y a escribir.
A los 15 regresó a Buenos Aires y continuó con sus estudios en la Escuela Normal de Señoritas de donde se recibió de maestra de primaria. El propio Domingo Faustino Sarmiento la designó para impartir clases en una escuela mixta de San Cristóbal. Recién entonces pudo traer a su familia a la ciudad y sostener la
economía de su hogar.
Sin embargo, tres años más tarde, se empecinó con estudiar Medicina, sin tener en cuenta que, hasta el momento, solo una mujer había logrado empezar la carrera, luego de un desgastante proceso judicial. Élida Passo, primera mujer que había obtenido el título de farmacéutica en 1885, y que además había cursado tres años en la Facultad de Filosofía y Letras, murió poco antes de recibirse de médica. El desafío quedó para Cecilia Grierson, quien se había volcado a la medicina por dos cuestiones. “Una práctica y otra sentimental.” La primera, una cuestión de tiempo y de cansancio: la docencia absorbía el día entero y la dejaba exhausta. “La otra consideración –explica– es esta: tenía una amiga, distinguida condiscípula, noble espíritu, cuyo organismo se hallaba minado por una lenta enfermedad. Creía que podría salvarla poseyendo los conocimientos necesarios, es decir, siendo médica; ¡vana ilusión! Murió Amalia Kenig algunos años después de que obtuve el diploma anhelado”.
En 1882 solicitó el ingreso a la Facultad de Medicina. No hubo reparos salvo una exigencia que difícilmente una mujer pudiera cumplir: tener aprobados cinco niveles de latín que se dictaba únicamente en el Colegio Nacional de Buenos Aires al que solo asistían varones. Grierson primero solicitó que la exceptuaran de este requisito. Pero como no lo consiguió, pidió la inscripción condicional. Mientras cursaba el primer año de Medicina estudió latín, rindió los exámenes correspondientes en el Colegio Nacional y de ese modo regularizó su situación durante segundo año de la carrera. De inmediato se postuló para ocupar la ayudantía en el laboratorio de la materia Histología, dado que quedaba vacante. Una vez más, se vio obligada a presentarle una carta al decano (había escrito la primera solicitándole la posibilidad de rendir el latín más adelante). Lo consiguió. De ahí en más, no se detuvo. Cuando cursaba el tercer año de la carrera la convocaron para asistir enfermos en la Casa de Aislamiento (hoy Hospital Muñiz) durante la fatal epidemia de cólera. Quienes por altruismo o necesidad ayudaban a médicos y pacientes –la situación era desbordante– no estaban preparados para ese trabajo. Y entonces surgió la idea de entrenar personal para atender a los enfermos y asistir a los médicos con idoneidad. Grierson creó entonces la Escuela de Enfermeras del Círculo Médico Argentino en 1886, que dirigió hasta 1913. Y fue la primera que implementó, por cuestiones de higiene, la utilización de los guardapolvos.
Luego, la designaron practicante menor en el hospital Rivadavia. “¡Una mujer se incorporaba al pabellón de practicantes de un hospital de Buenos Aires! Un hecho más revolucionario que el ingreso mismo a la facultad”, enfatiza Kohn Loncarica. También pasó como practicante mayor por el viejo Hospital de Mujeres, experiencia fundamental para concebir su tesis doctoral: “Histero-ovariotomías ejecutadas en el Hospital de Mujeres entre 1883 y 1889”.
UNA LUCHA CON ALGUNAS PÉRDIDAS
La docencia fue acaso su más profunda vocación, en variadísimos, y hasta impensables, espacios: “Siempre ha predominado mi tendencia de maestra sobre la de médica”, confesó. Pero nunca obtuvo lo más merecido y más preciado para ella: la cátedra de Obstetricia en la Universidad de Buenos Aires. E incluso esta, su especialidad, nace también de una negación. O de un rechazo. Grierson se recibió como médica cirujana pero no se concebía ni por asomo esa posibilidad. No se lo permitieron. Rumbeó hacia donde encontró espacio para desarrollarse y ayudar. “Obtuvo un cierto reconocimiento en su especialidad, la obstetricia, seguramente el campo que acogió la mayor proporción de médicas durante buena parte del siglo XX y que Cecilia adoptó como un atajo frente a los inamovibles obstáculos para ejercer la cirugía, reservada de manera exclusiva para los varones”, confirma Barrancos. Apenas logró ser adscripta a la cátedra de Obstetricia en la Escuela de Parteras.
Grierson sufrió innumerables reveses provenientes del contexto a lo largo de sus 74 años; cantó sus logros, sí, pero también denunció las iniquidades del poder, unas cuantas décadas antes de que Michel Foucault desplegara su abanico filosófico sobre la violencia y la opresión institucional. “Ya que he mencionado una de las tantas contrariedades que he sufrido en mi vida, debo declarar que, siendo médica diplomada, intenté inútilmente ingresar en el profesorado de la facultad, en la sección en que la enseñanza se hace solo para mujeres. No era posible que la primera médica, que tuvo la audacia de obtener en nuestro país el título de médico-cirujano, se le ofreciera alguna vez la oportunidad de ser jefe de sala, directora de algún hospital o se le permitiera ser profesora de la universidad. Únicamente a causa de mi condición de mujer –según refirieron oyentes y uno de los miembros de la mesa examinadora– fue que el jurado dio, en este concurso de competencia por examen, un extraño y único fallo: no conceder la cátedra ni a mí ni a mi competidor, un distinguido colega. Las razones y argumentos expuestos en esa ocasión llenarían un capítulo contra el feminismo cuyas aspiraciones en el orden intelectual y económico siempre he defendido.” Sin duda los méritos de Grierson superaron a los de su competidor, concluye Barrancos, “lo que suscitó malestar, por no decir miedo, en el jurado”.
María Teresa Ferrari de Gaudino resultó, años después, la primera profesora de la Facultad de Medicina; lo logró, tras años de pelea, recién en 1927. Y tampoco se calló: “Si la doctora Cecilia Grierson no ocupó en la Escuela de Medicina la cátedra a la que aspiró, no fue porque le faltaran condiciones sino porque los prejuicios y probablemente el egoísmo masculino se opusieron a la realización de su ideal. Las que hemos llegado al profesorado universitario, aun después de ardua lucha, podemos apreciar en su justo valor la voluntad y el carácter de Cecilia Grierson.
“Ella fue tan altruista y generosa que cuando la primera mujer llegó a la cátedra universitaria volcó en ella su cariño y abriendo su corazón sin reservas ni egoísmos, llena de alegría por la causa ganada –por la nueva conquista femenina–, le ofreció lo mejor que ella poseía: su biblioteca y su amistad.”
Cecilia Grierson no se detuvo ni cuando le diagnosticaron un cáncer de útero. Era su tema, o uno de sus tantos saberes. Conocía el derrotero. Pero mientras pudo siguió adelante. Hasta que decidió jubilarse. Si bien trabajó, según sus propias palabras, durante 42 años en el magisterio, nunca se preocupó de que los puestos fueran o no rentados. Y ni siquiera prestó atención a la repartición que servía: municipal, provincial o nacional. “Presentados algunos documentos que conservaba resultó que, según la ley, no pudieron computárseme sino 22 años de servicio con sueldo. Había principiado demasiado joven y había trabajado demasiado ad honorem. Muchas amistades me han aconsejado que reclame ante el congreso un aumento, pero yo no sé pedir, nunca he poseído el arte de pedir, ni siquiera de retener lo mucho que personalmente he ganado. Y hoy día, si no fuera por allegados cariñosos que manejan mi haber, probablemente estaría en una situación insolvente.”
Toda mujer que piensa duerme con monstruos, dice un verso de Adrienne Rich. Así como en la ciencia cabe y se exige la explicación, la voz del poema deja su resplandor y sus disturbios. Así Cecilia Grierson.
Murió el 10 de abril de 1934.
(fuente: https://carasyc.wpcomstaging.com/)
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 29/11/2024
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