Hasta el último soplo de su vida, Horacio Accavallo, el segundo campeón mundial que consagró el boxeo profesional argentino, fue fiel al duro oficio que le permitió escapar de la miseria y convertirse en una celebridad deportiva del país.
Hacía muchos años que la salud lo había puesto contra las cuerdas. Y justo en el Día del Boxeador, su corazón bajó la guardia definitivamente. A los 87 años (había nacido en Capital Federal el 14 de octubre de 1934), Accavallo emprendió la partida dejando la memoria emocionante de sus grandes peleas sobre el ring del Luna Park. Y un lugar de privilegio indiscutible en la historia del boxeo argentino
Un sólo dato revela su extraordinaria dimensión pugilística: nunca perdió en la Argentina. Las únicas dos derrotas de su carrera sucedieron una ante Salvatore Burruni, el 12 de octubre de 1958 en Cagliari (Italia) y la otra el 20 de febrero de 1967 ante el japonés Kiyoshi Tanabe que le partió la cara a cabezazos y le ganó por nocaut técnico en 6 vueltas en Tokio. Si a ello se le agrega una derrota más como aficionado ante José Puciano, se estará ante un boxeador que sólo perdió tres de sus 90 combates como amateur y sus 83 salidas como profesional. Un crack. Acaso, uno de los diez mejores pugilistas argentinos de todos los tiempos.
Zurdo, aunque también podía pararse como diestro, inteligente para aprovechar al máximo sus virtudes y disimular sus defectos, pícaro, guapo y de gran ritmo de pelea, Accavallo fue el máximo ídolo del Luna Park desde 1960 hasta su retiro que anunció el 2 de octubre de 1968. Cautivó al publico con su bravura y encarnó la sucesión del pionero Pascual Pérez en la misma categoría de los moscas (50,802 kg) en la que Pascualito había reinado entre 1954 y 1960.
En 1965, Tito Lectoure decidió apostar firmemente por él y le trajo al italiano Burruni, aquel que le había ganado en 1958 y que era por entonces, el campeón mundial de los moscas. Accavallo lo derribó a Burruni en el primer round, le ganó en 10 asaltos y de esa manera consiguió la chance de ir por el título de los moscas. En principio, su rival iba a ser Hiroyuki Ebihara, pero como el japonés se lesionó una mano en la semana previa a la pelea, el rival terminó siendo Katsuyoshi Takayama al que Accavallo derrotó por puntos en 15 rounds, el 1º de marzo de 1966 en el Budokan Hall de Tokio con los puños casi en carne viva.
De regreso a Buenos Aires con el cinturón de campeón que había llevado Pascual Pérez, la autobomba de los Bomberos Voluntarios de Lanús lo paseó en triunfo por la avenida Corrientes y el viejo Luna abrió sus puertas en pleno mediodía porteño para que sus hinchas le dieran una bienvenida conmovedora. Hasta Pepe Biondi lo llevó a la televisión para compartir un sketch humorístico con él. Tal era su popularidad.
Accavallo no dilapidó ni un peso de los muchos que ganó arriba de los rings. Llegó a ser dueño de una marca de calzado deportivo y de una cadena de más de treinta locales de artículos deportivos. Fue la manera de asegurar su futuro y la de su familia luego de haber cirujeado de chico en las quemas de basura del sur de la ciudad de Buenos Aires y haberse mirado cara a cara con la miseria. Gran cultor de la amistad y las noches largas, siempre bien predispuesto para responder a las convocatorias del periodismo, fanático de Racing (la escuela de boxeo del club lleva su nombre), las nuevas generaciones lo conocieron cuando intervino en la introducción del tema «Piñas van, Piñas Vienen» de Dos Minutos, la banda punk de Valentín Alsina.
Fuente: Página/12
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 15/9/2022