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ALQUIMISTAS 222 – Ficciones y arte en días de pandemia 48:  La espera

La espera

 

El Sol apartaba las primeras sombras otoñales de marzo, mientras Buenos Aires despertaba. Ya había transcurrido un año desde el comienzo del Proceso de Reorganización Nacional. La mañana tendía un atípico tul de neblina espectral que ondeaba infinita y más densa que cualquier otra en cada cuadra de la ciudad y Noelia, con sus cuarenta años, contemplaba su rostro de sueño perdido en la eternidad del espejo, tratando de encontrar en algún lugar de su mirada algún aliento de fuerza para afrontar otro día.

Con su irremediable inercia encarnada, ella peinaba su pelo castaño a pulsos sensuales para luego recurrir a su gusto uniforme por las prendas frías, oscuras y gastadas de un armario muy precario, luego prepararía su desayuno de café con leche y tostadas hasta poner sus pies en marcha para salir de su casa con el coraje intacto y dirigirse al lugar de siempre, a Plaza de Mayo.

Allí, una congregación femenina de templanza descomunal se acrecentaría como todas las mañanas, palpitando al unísono un sentido de lucha que jamás sería interrumpido en los años venideros. Todos y cada uno de aquellos, espíritus de roble reclamaban a las autoridades por sus hijas e hijos desaparecidos, entre ellos, el hijo de Noelia, Sebastián.

Despreocupada de lo que ocurría en sus pies, Noelia no tuvo noción del tiempo que le había tomado llegar a la plaza una vez que estuvo ahí. Sus ojos intentaban ajustarse en el espesor de la niebla tenaz, buscando localizar a cualquier otra aliada, pero al parecer había sido la primera en asistir. Sin señales de ningún alma más que la de ella y el zureo de las palomas, marcó un andar pausado y silencioso sobre los adoquines, hasta acercarse a un banco decolorado y de respaldo medio astillado. Sus manos recogieron la pollera hacia adelante sentándose y plegando las rodillas medio descubiertas a un lado y desde el fondo del bolsillo del sobretodo gris, sus dedos ásperos alcanzaron un suave pañuelo blanco que al verlo parecía trocarle a Noelia la angustia pesada de días muertos por una nueva bocanada de esperanza. Se cubrió la cabeza con el pañuelo y se entregó a la espera tanto de Sebastián como de sus compañeras.

De improviso, entre las fauces cerradas de la bruma, un golpe de madera sobre cemento comenzó a resonar gentil y constante. Los demás sonidos parecían haberse perdido en el viento, incluso su mismo silbido cuando chocaba con algún obstáculo. Y mientras el ruido tomaba más y más cuerpo hacia Noelia, una silueta apareció por uno de los senderos de la plaza. De saco, boina y bastón en mano, se presentó un hombre con más años marcados en la piel que Noelia, y con pasos agitados, utilizó sus últimos esfuerzos para acercarse y tomar asiento junto a ella.

            La mirada del anciano quedó inmóvil y perdida entre los rosales del cantero frente a ellos, pero ninguna palabra brotó de sus bocas por un largo rato.

– ¿Lleva mucho tiempo esperando? –el anciano se precipitó, súbitamente con su pregunta. 

– ¡Buenos días, señor! Sí, ya hace bastante tiempo que mi hijo desapareció y acá estoy resistiendo esta espera –contestó Noelia, inquieta.

-Yo también llevo bastante tiempo esperando acá. Diría que mucho más que usted -replicó el hombre. Noelia no sentía deseos de entablar una conversación, sin embargo, la imagen frágil del añoso individuo ante sus ojos volvió a despertar una sensibilidad, un instinto de cuidado en ella que creía haber perdido desde que su hijo había desaparecido. Y continuó.

– ¿Y a quién espera, si se puede saber? –preguntó Noelia.

-Yo… yo ya… no sé… a quién espero. ¿Usted sabe a quién espero? Sé que espero a alguien, pero creo que nunca llegará. La verdad no puedo recordar a quién espero, no… ¡aj! esta neblina no deja ver nada –respondió el hombre.

Noelia volteó hacia todas las direcciones que su cabeza le permitía para divisar a alguien que estuviese buscándolo, pero sin importar sus ánimos de auxilio, nadie transitó el sitio donde ellos estaban.

–Disculpe señor, pero creo que usted está perdido, déjeme ayudarlo. ¿Recuerda la dirección de su casa? –Noelia lo tomó por el brazo para erguirlo con todo su cuidado de madre. Un reloj de torre soltó un estruendo tan ensordecedor que la estremeció, haciéndole alzar la vista hacia las agujas, observándolas con pavor y ansiedad. Al voltear de nuevo, se topó de frente con el rostro del anciano. Reconoció entre sus arrugas, los ojos de Sebastián.

 

Lautaro Garcia Navarret

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LAUTARO GARCIA NAVARRET. Nació el 30 de septiembre de 1993 en Concepción del Uruguay. Estudia profesorado de Inglés en UADER – Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales. Escribe desde los 19 años y sus autores preferidos son: Virginia Woolf, Margaret Atwood, Julio Cortázar, y los hermanos Grimm (J. L. C. & W. C. Grimm).

Publicó su primer cuento en inglés, ‘The White Shadow’, en  el año 2020.

 

 

 

 

 

 

Hacia la luz…voy.  Medidas: 0,72×0,425. Año:2021. Dibujo – grafito sobre papel obra. Seleccionada en el LVII Salón Provincial de Artes Visuales de Entre Ríos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ROMINA ALEJANDRA FLORES. Nació en Basavilbaso, Dpto. Uruguay, en 1981. Reside actualmente en Concepción del Uruguay.  En Buenos Aires cursó diferentes seminarios y talleres de dibujo con Jorge Rajadell. Ha dictado talleres de dibujo en el Museo Provincial de Dibujo y Grabado Artemio Alisio y en el Auditorio Municipal Arturo Illia ,  de esta ciudad y en el Centro Cultural Cómplices de Algo, de  Colón, Entre Ríos. Además,  otros talleres  como el de Figura Humana y  el de Realismo, también en el Museo Alisio.

En 2021, su obra «Hacia la luz…voy», fue seleccionada en el LVII Salon Provincial de Artes Visuales de Entre Ríos.

 

(La espera, autor: Lautaro García Navarret – ALQUIMISTAS 222 – Ficciones y arte en días de pandemia, selección de Margarita Presas)

 

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