Nacido en Pergamino, Héctor Roberto Chavero llegó a Entre Ríos a los 22 años. Amigos y anécdotas de su paso por tierras entrerrianas.
Roberto Romani
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Héctor Roberto Chavero trabajaba en los galpones de Goldaracena, en Urdinarrain, y al caer la tarde, reunido con sus vecinos, bolseros y hombres de a caballo, pulsaba su guitarra y ganaba el silencio de los parroquianos que frecuentaban el “Bar La amarilla”.
Otra alegría inundó el pequeño mundo del criollo entero con el nacimiento de Alma Alicia, el 28 de junio de 1931, fruto del amor con su compañera María Alicia Martínez. Sus amigos, Simón Gómez, Juan Aguilar y Juan Araujo siempre recordaban aquel instante de felicidad, antes que el juglar de la patria se alejara de la antigua Villa Florida, dejando su guitarra al cuidado de los primeros afectos entrerrianos.
Atahualpa Yupanqui, había nacido en Campo de la Cruz, Pergamino, el 31 de enero de 1908, arribando al litoral cuando tenía 22 años: “Rastreando la huella de los cantos perdidos por el viento, llegué al país entrerriano. Sin calendario, y con la sola brújula de mi corazón, me topé con un ancho río, con bermejos barrancos gredosos, con restingas bravas y pequeñas barcas azules”.
En Rosario del Tala conoció a Cipriano Vila y Climaco Acosta, quienes le abrieron las puertas del espíritu entrerriano y lo invitaron a beber la luz de la provincianía: “Cerca del río Gualeguay, a dos leguas de Tala, me instalé. Era un rancho típico, torteado de barro y cueros contra la humedad, en plena selva entrerriana. Tenía un doradillo orejano, animal nuevo y muy voluntario. Tenía la necesaria soledad. Y el río tajando el monte. Y todos los pájaros cantores tendiendo en la niebla de las mañanas sus trinos abiertos”.
Antes de participar del levantamiento de los hermanos Mario, Roberto y Eduardo Kennedy, en La Paz, el 3 de enero de 1932, don Ata estuvo en Lucas González, en las cuadreras de Sauce Sud, en las yerras de Puente Quemado, en el rancho de los Cuello, conversando con Aguilar y “Pajarito” Ayala: “Entre Ríos, cuando viví en ese año, allá por 1930, desconocido músico, ignorado coplero, improvisado maestro de escuela, tipógrafo, cronista, vagabundo y observador, recorriendo pueblos, aldeas, campañas donde sembraban y domaban potros los famosos gauchos judíos de Gerchunoff”.
El autor de “Piedra sola” (1941), “Cerro bayo” (1946), “Aires indios” (1947), “El payador perseguido” (1965), “El canto del viento” (1965) y miles de obras que integran su cancionero argentino, fue distinguido por el gobierno de Francia con el título de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras.
Extrañó siempre el abrazo de Aniceto Almada, Genuario Sosa y Domingo Nanni, sus entrañables amigos de esta tierra, “cántaro guardador de todas las ternuras”.
Murió en Francia, el 23 de mayo de 1992. Sus cenizas siguen proclamando la vida en Cerro Colorado, mientras nosotros, principiantes de la gracia, repetimos su alma: “La luz que alumbra el corazón del artista es una lámpara milagrosa que el pueblo usa para encontrar la belleza en el camino, la soledad, el miedo, el amor y la muerte”.
Fuente: El Diario