Empujados por la urgencia de la pandemia, los medios de comunicación vienen construyendo lo que llamamos “realidad” desde una superabundancia de información. Esa falta de calidad de los datos tiende a dificultar que los ciudadanos ejerzan el derecho al pensamiento crítico y al disenso fundado. Sobre estos asuntos EL DIARIO dialogó con la docente e investigadora Patricia Fasano.
En un contexto donde millones de personas permanecen confinadas, aisladas o distanciadas tal vez como nunca antes, los medios de comunicación se han vuelto actores fundamentales en la formulación de las ideas que tenemos acerca de lo que llamamos la realidad.
Así, el papel que ejercen los medios masivos y las redes sociales en la construcción del sentido común ha dejado de ser un tema estrictamente académico, para demostrar que atraviesa nuestros dilemas cotidianos.
La situación justificó la consulta de EL DIARIO a la Doctora en Antropología Social, Patricia Fasano, docente, extensionista, investigadora y coordinadora del Área de Comunicación Comunitaria de la FCEDU-UNER.
Lo que sigue es un fragmento del diálogo mantenido.
–¿Qué lecciones nos deja la pandemia?
–Uno de los aspectos que más me ha sorprendido de este fenómeno social que estamos viviendo y que se ha dado en llamar “pandemia” es el rol que han desempeñado y desempeñan los medios masivos de comunicación. Probablemente mi impresión sea similar a la de tantos: nunca había tenido una experiencia tan fuerte en relación a que los medios masivos de comunicación -básicamente, la televisión- tuvieran un rol tan importante en la definición de lo que llamamos la “realidad”.
Si bien los medios siempre han ejercido una influencia marcada, el contexto la potenció.

PERSPECTIVA
–¿A qué se refiere puntualmente?
–A lo siguiente: el distanciamiento social y el aislamiento redujo el lugar que habitualmente ocupa la experiencia directa. Eso hizo que nuestra percepción de lo social estuviera más que nunca mediada por los medios masivos de comunicación. Y, en ese sentido, ha sido impresionante y tremendamente violento el “recorte” realizado por la red de medios para construir la realidad, conforme la visión y los intereses de cada grupo multimedia.
Para que se entienda esto que digo, es necesario explicar algo importante: desde la antropología sabemos que los seres humanos necesitamos que la vida que vivimos tenga un sentido no sólo individual sino además social, un sentido compartido por los demás, que da una estructura a la vida cotidiana y la ordena. Eso es lo que llamamos sentido común.
–Sentido común…
–Sí. La teoría más poderosa que tenemos los seres humanos para interpretar la realidad que vivimos es el sentido común. Esto es así ahora y fue así también en el Paleolítico. El sentido común siempre se conforma socialmente y a través de la experiencia, sea en diálogo con la naturaleza, con la divinidad o con la tecnología. Entonces, es muy sencillo: al reducirse nuestra experiencia directa con el “afuera”, son los medios los que nos dicen todo el tiempo cómo interpretar los fenómenos con los cuales no tenemos contacto directo.
Según algunas teorías, ese sentido común se apoya en dos supuestos que, cuando se modifican, producen crisis muy importantes. El primero es la certeza inconsciente de que vamos a morir, de que somos finitos. El segundo es la certeza de que la realidad que experimentamos -por traumática que sea- va a continuar, no va a ser interrumpida por ningún evento extraordinario. Por eso, cuando uno de estos dos supuestos se altera, nuestro sentido común entra en crisis.
INFLUENCIAS
–Dejamos de pisar sobre territorio firme…
–Justamente, eso es lo que provocó el fenómeno denominado “pandemia”: suspendió la certeza social de que la vida cotidiana seguiría desenvolviéndose de la manera considerada “natural”. De ese modo, se instaló el miedo a la enfermedad y a la muerte como elementos configurantes de la vida cotidiana.
El tema es que ese miedo -en muchos casos- no es producido por una experiencia directa por la cercanía con la enfermedad y la muerte, sino en gran medida por la construcción discursiva que realizan los medios masivos de comunicación. Se da un fenómeno peculiar: a mayor exposición a los medios masivos, mayor miedo a la pandemia se tiene.
Por eso es importante que podamos discriminar entre la dimensión biológica e ideológica del fenómeno.
–Hagámoslo…
–Bien. La dimensión biológica puede ser interpretada de muchas maneras. Una teoría que plantee que los seres humanos somos parte de la naturaleza y, como tales, nos vamos adaptando a sus cambios junto a las demás especies a través de la mutua cooperación (la simpoiesis), tiene implicancias diferentes a aquella que propone que los seres humanos actuales somos la última expresión de una especie que se dirige por la vía tecnológica hacia la superación de sus limitaciones biológicas (el transhumanismo).
Lo que quiero subrayar es que las teorías, por más científicas que sean, siempre se basan en hipótesis; y las hipótesis, por su propia condición, suponen también una apuesta a un modelo determinado de futuro.
Ahora bien, no podemos creer que la ciencia esté separada de la ideología: de hecho, la ciencia es en nuestra sociedad la más legitimada de las ideologías. En ese sentido los medios masivos de comunicación contribuyen decididamente a la consumación de esa legitimidad. Por eso, estamos frente a un fenómeno social de una magnitud capaz de modificar las características antropomórficas de la humanidad, es decir, la forma que adquiere la condición de ser humano.

LO DADO
–¿Qué otros efectos producen esa sostenida construcción de sentido que hacen los medios?
–La operación discursiva mediática naturaliza, es decir, presenta como si fuese natural, el desdibujamiento de las diferencias entre la pandemia como hecho médico y como hecho político. Y, diría más, político-partidario.
Al hacerlo se obtura la posibilidad de que circulen públicamente visiones alternativas que ayuden a pensar la situación desde otro lugar que no sea el discurso hegemónico, ya sea en relación a teorías biológicas sobre los virus como a teorías médicas sobre terapias en relación a cómo tramitar la enfermedad causada concretamente por el Covid 19.
Así, en esa perspectiva binaria, criticar las posiciones teóricas y las estrategias en relación a la salud y la enfermedad es convertirse en un opositor a la política sanitaria del gobierno actual. Con esa operación, se produce un fenómeno a través del cual se equipara el análisis sobre la eficacia médica de las vacunas y los protocolos con la “corrección” y la “incorrección” política.
El asunto es que, en nuestro país, la adhesión a posiciones políticas se experimenta de manera visceral, polarizada y en relación a la existencia de una grieta.
En este escenario se obtura la discusión sobre la salud y la enfermedad a través de una presión social de una violencia enorme, ejercida desde los medios de comunicación y desde la política.
–¿Por qué mecanismos los medios construyen ese discurso hegemónico?
–A través de varias operaciones. Por ejemplo, la unificación de todos los discursos críticos como si fueran uno solo y el mismo (el discurso anti-vacuna), la analogación del discurso médico crítico con el discurso político opositor al gobierno (el discurso anti-kirchnerista), la invisibilización de discusiones científicas sobre diversos aspectos teóricos, políticos y técnicos de las diversas disposiciones adoptadas (el discurso ciencia vs. anti-ciencia) y la analogación de la responsabilidad social con el miedo (el discurso de cuidarnos para no contagiar a otros).
Todo esto se mancomuna para producir un mismo efecto: no nos permite pensar, no permite reflexionar, no permite discriminar -en el buen sentido del término-, es decir, no permite asumir posiciones que preserven la autonomía de pensamiento.
En efecto, los medios, en estas circunstancias, no nos ayudan a pensar sino todo lo contrario: nos atiborran de información tendiente a producir miedo, lo cual en realidad nos impide pensar. Y en ese sentido no hacen más que alinearse con otros actores muy poderosos del mundo para profundizar, no casualmente, el empobrecimiento, la fragilización y la dependencia de cada vez más gente y el empoderamiento de una minoría.
EN TENSIÓN
–¿Qué certezas se desdibujaron a raíz de la pandemia?
–El llamado distanciamiento social produjo una enorme transformación en la forma de relacionarnos socialmente, lo que derivó en grandes consecuencias en la definición de lo que es “natural” y lo que no lo es. Hace dos años era impensable dar clases a través de internet a un grupo de estudiantes de los cuales a la mayoría no les conoceríamos las caras, como sucede actualmente en el ámbito universitario. También era impensable que tuviéramos que usar un barbijo para circular y aprender a relacionarnos prescindiendo de la interpretación de parte de la gestualidad del rostro y del contacto corporal más estrecho. A nadie se le hubiera ocurrido que por cumplimiento de protocolos sanitarios socialmente consentidos los niños estuvieran en las aulas e inclusive en los recreos separados por una distancia física; que las personas pudieran morir sin la presencia cercana de sus seres queridos y que un síntoma de tos o resfrío pudiera constituir una amenaza social.
Sin ir más lejos, algunos protocolos vigentes en los lugares de trabajo incluyen, como parte de las medidas sugeridas para retomar la presencialidad, la recomendación de “no tocarse nariz, ojos ni boca”.
Pues bien, si hace un año y medio nos hubieran planteado cualesquiera de estas posibilidades y tantas otras, nos hubiera parecido una locura. Ahí, precisamente, es donde puede verse la transformación del sentido común que está teniendo lugar.
–¿Qué aportes puede realizar la antropología para entender estos procesos complejos?
–La antropología cumple una función fundamental: nos ayuda a identificar lo cultural que está escondido en lo que percibimos como “natural”. En definitiva, la antropología nos ayuda a ver que lo que aceptamos no es lo natural sino lo naturalizado socialmente, a través de mecanismos de los que no siempre somos conscientes.
Si pudiéramos tomar dimensión de la enorme crisis a la que se ha enfrentado nuestro sentido común en el último año, quizás lograríamos entender cómo se compone ese sentimiento de incertidumbre que hoy en día atraviesa todo. Por su permanencia en el tiempo, esa perplejidad se ha hecho corriente, desgastante y ha devenido en estrés, malhumor social, depresiones y otros síntomas a los cuales se les ha brindado muy poca -sino ninguna- atención en nombre del miedo al contagio del virus. En ese sentido, entender lo que nos sucede es imprescindible para poder elaborarlo y abordarlo.

EXPECTATIVA
–¿Cuáles son los cambios individuales y colectivos que puede generar el contexto actual?
–No sé si esta crisis nos hará mejores personas, como algunos han dicho. De hecho, se necesita de una enorme creatividad para sobrevivir diariamente, y ese esfuerzo cotidiano en algunos casos ha posibilitado crear redes vinculares y valorar la cooperación, pero en otros ha fomentado el individualismo.
Creo que las situaciones de crisis permiten que salga a la luz lo que en condiciones habituales está más oculto. No creo que surjan elementos nuevos que de alguna manera no estén en la simiente.
Es más, si algo bueno tienen las crisis, es que permiten reordenar lo que ya venía siendo, y la manera en que este proceso se dé depende de nosotros, tanto a nivel individual como colectivo.
por Valeria Robin
(fuente: El Diario)
