Por Susy Quinteros –
Los Ayerza eran la no familia y así vivían, sobreviviendo. Ante ejemplos así uno se pregunta qué lleva a veces a la gente a unirse, a querer intentar una familia, o si resultó el producto de un arrebato juvenil que se fue por la borda y de ese naufragio nadie salió indemne. En ese departamento todo estaba en descomposición, una descomposición moral que por supuesto se traducía en lo material. EL lugar era una ruina, nadie cuidaba nada, nadie limpiaba nada y nadie trataba de hacerlo más habitable. Uno de los tres dormitorios pertenecía al padre, un hombre alcohólico que salía a trabajar muy temprano y que al salir cerraba la puerta con llave. Volvía a la noche, y se arrojaba en una desordenada cama porque su enemistad con el resto de la familia, con los que ni siquiera se hablaba, impedían toda posibilidad de convivencia. La madre, una mujer pequeña y bonita, también trabajaba todo el día, vaya a saber en qué, pero abandonaba la vivienda también con las primeras horas y compartía otra habitación con Mechita, su hija menor. Los varones eran dos: Pablo, un muchacho tímido y de buenos modales, con una avanzada calvicie pese a su juventud y Emilio, de una gran belleza casi femenina. Allí no se cocinaba, no había olor a comida ni a ropa limpia. Los más jóvenes comían sándwiches de pan lactal jamón y queso y tomaban coca-cola que compraban en el almacén de Pepe. Pablo desapareció antes de que el departamento saliera a remate judicial porque hacía doce años que no pagaban las expensas. Emilio embarazó en las escaleras a una morenita que estaba enamoradísima. Ella se hizo cargo de criar al hijo y hoy es un muchachito lindo como el padre. Mechita se casó casi adolescente dejando esa vida hacia otra vida que pudiera redimir tanto abandono. De los padres, vaya a saber, después del remate nadie supo más de ellos. Por fin habían dejado de ser la no familia.
