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10 de JULIO: LA MUERTE DE “PANCHO” RAMIREZ

PanchoRamírezpor Rodolfo Oscar Negri     –     

Cumpliéndose el 196 aniversario de la muerte del General don Francisco Ramirez, quisimos realizar una evocación de su figura a través de un cuento de época.

Ramírez es un ícono de nuestra ciudad, creador de la República de Entre Rios y caudillo indiscutido de la zona. El hecho de su desaparición física (acompañado por el recuerdo del acto heróico y romántico del rescate de la Delfina, su compañera -sea cierto o no- ya forman parte del acervo cultural e histórico local), junto con la ferocidad con que fue tratado su cadáver, hacen insoslayable su recuerdo y su referencia.

Esperamos que sea del agrado de nuestros lectores, porque remonta a los tiempos en que él era el Comandante Militar de nuestra ciudad y habla de su actuación y protagonismo.

EMPAQUETAO (*)

Les juro, no es de Entrerríos
quien considere que abuso,
Dios o Mandinga me puso
como un tapial pa los míos.
Ranchos y campos vacidos
va dejando el invasor ,
y envenenau de dolor
sangre pido pa mi lanza,
con uno que haiga me alcanza,
pero si son más, mejor .

Se ha de quebrar mi tacuara
antes que mi empeño ceje:
Pancho Ramírez, el jefe,
mi palabra lo declara,
quien tenga sangre en la cara
sabrán qué cosas le obligan,
aquí estoy pa que me digan
cuánto’son y los que hueren,
los asustaos que se queden,
y los otros que me sigan.

No es pa cantar la milonga
que los convido a la fiesta,
en las patriadas como ésta
el baile es de meta y ponga.
Si la bala no rezonga
duebla el valiente sus bríos,
naide siente escalofríos
cuando chifle la coruja.
Frente al clarín que rempuja,
gritemos, viva Entrerríos.

(fragmento del «La Vuelta del Montonero» de Claudio Martinez Paiva)

Nemesio Ceferino Sosa, conocido en el pago como Ño Nemesio, construyó el rancho con sus propias manos y un sacrificio enorme, en un recodo cerca del río, al norte de la Villa. Fue esa precaria y humilde morada el refugio que le brindó a Eulogia Tapiales, no solo su mujer, sino –además- su compañera y la  ayuda necesaria para compensar una incapacidad física que lo relegaba en muchas de las tareas del campo. Ella se movía como un hombre y, en algunos casos, mejor. Parecían hechos el uno para el otro.

Él, de una edad indescifrable, desgastado, bajo, flaco, encorvado, de tez morena y con un aspecto siempre sucio. Una notoria imagen de mal entrazado que no lo ayudaba para nada. Sin embargo, llamaba la atención su viveza, que lo hacía destacarse cada vez que, en el poblado, negociaba los cueros de carpincho o las plumas de garza. También se le reconocía como mas rápido que nadie para que el ganado cimarrón dejara de serlo.

Ella, mucho menor,  no era para nada agraciada. Sus ojos achinados y penetrantes no disimulaban su ascendencia india. Voluminosa y dispuesta a enfrentar cualquier tarea; no importaba lo duro, difícil o arriesgado de la misma. A pesar de sus casi harapos, su femineidad se manifestaba  por el amor hacia las flores que jamás abandonaba debajo de la única ventana que tenía la vivienda.

Con ellos vivía Aparicio Tapiales, padre de Eulogia. Si no se lo supiera humano, cualquiera hubiera pensado que era una planta mas de las que daban sombra al sitio. Un árbol viejo y sin gracia. Si no se supiera que era de la casa, parecería que había recalado ocasionalmente en el lugar. Nunca había perdido su apariencia indígena. Siempre callado y mirando el horizonte. Hablaba con los animales, con las plantas y con los insectos. Jamás con los humanos.

Los años fueron pasando y  con ellos llegando hijos. El primero fue Ceferino, después Hilario, mas tarde José y así uno tras otro, hasta llegar a diez. Si bien eran cada vez mas bocas para alimentar, enseguida aprendían a trabajar y su mano de obra ayudaba a la economía y al mejoramiento de la vida de toda la familia.

Aparicio tuvo un trato diferente, especial para con sus nietos. Fueron su debilidad. Por ellos pareció despertar de un largo sueño, de su añoso letargo. Por ellos volvió a sentirse vivo. Les contó cada detalle de su niñez y juventud, las costumbres de sus antepasados y sus experiencias charrúas. Les enseñó a montar y a estar siempre alertas; también a pelear, los secretos de la lanza, del cuchillo,  de las boleadoras, a prepararse para la paz, pero también para la guerra, a vivir y a sobrevivir.

 Aquellos primeros años del nuevo siglo fueron difíciles para la Villa del Arroyo de la China. Un hecho traumático había alterado totalmente su cotidiano vivir: la instalación de la Primera Junta de gobierno en Buenos Aires. A la inicial reacción de adhesión a la misma por parte del cabildo local, le siguieron al poco tiempo intrigas y enfrentamientos que enemistaron a vecinos, familias, hasta a padres e hijos y cuya base se resumía en la oposición entre españoles y criollos. La importancia que había adquirido Concepción del Uruguay y su ubicación estratégica (fronteriza, aislada, con dominio del paso de los buques hacia el norte, etc.) la convirtieron en un punto apetecible, militarmente hablando.

La experiencia de los Sosa y la sagacidad de Aparicio, hicieron que las veces que el poblado fuera invadido, siempre pudieran escapar hacia las islas para ponerse a salvo. Pero en cada una de esas incursiones, que fueron muchas, los invasores dejaban destrucción y desolación a su paso. Tenían que comenzar otra vez.  Desde  todo. Desde nada.

Aquel día, en el almacén de ramos generales, cuando Ño Nemesio bajaba su carga para la venta lo escuchó. Otra vez. Otra vez, venían a destruirlo todo. Había que estar alerta.

Los acontecimientos que son objeto de esta historia, se desarrollan en ocasión de que el Directorio porteño, en alianza con los portugueses, iniciaron una acción conjunta para terminar con la rebeldía federal.

Los lusitanos después de una tenaz lucha,  en la que participaron muchos habitantes del Arroyo de la China, ocuparon la Banda Oriental y el Directorio arremetió contra Santa Fe y Entre Ríos, mientras hacía un juego de seducción y soborno para contar con la complicidad de algunos caudillejos locales.

Por aquellos años -1817- tiene lugar un hecho auspicioso para la Villa. Por primera vez un hijo de la misma es nombrado Comandante Militar: Francisco “Pancho” Ramírez. No era un improvisado y había demostrado ya una enjundia y un valor digno de tal nombramiento. Además, conocía no solo su ciudad, sino también cada punto del territorio que había recorrido como chasque seis o siete años antes.

 Volvió al rancho y comentó con profunda amargura la novedad. Nunca había participado de ninguna lucha que no fuera por la subsistencia y eso ya era mucho. Pero esta vez parecía particularmente conmovido. Se sentía viejo, cansado, abatido y veía a los suyos, a los que amaba, en peligro.

Eulogia no dijo palabra y entonces lo miró a Aparicio. El viejo indio solo hizo un ademán con la cabeza, señalando a Ceferino, un gurí de apenas 17 años, pero su mejor alumno. Hábil, fuerte y joven. Excelente jinete, manejaba el cuchillo con una particular destreza, seguramente heredada de sus ancestros, y desollaba al ganado sin que se le moviera un pelo.

Ño Nemesio lo comprendió al instante y, a pesar de que era una ayuda importante en el trabajo para la subsistencia de la familia, le ordenó que subiera a su caballo y lo acompañara a la villa. En cuando llegaron fueron hasta la comandancia, donde pidió hablar con el jefe.

No tuvo que esperar mucho para que allí, frente suyo, un joven de aspecto rudo y mirada penetrante se plantara en actitud inquisitiva, preguntándole: “¿que lo trae por acá Ño Nemesio?”

“Aquí vengo, mi comandante, a confiarle lo mejor que tengo, mi hijo Ceferino, para que defienda nuestros hogares. No más saqueos, no más robos, no más empezar de nuevo…”, le respondió.

Don Pancho estudió con la mirada al jovencito y le dijo “si es capaz de sostener una tacuara, déjemelo Ño Nemesio y sabremos recompensarlo”.

Las enseñanzas de Aparicio habían dado sus frutos y Ceferino no sólo fue capaz, sino que se destacó en los ejercicios de combate que semanalmente Don Pancho organizaba, como era costumbre en la época. El muchacho no le tenía miedo a nada.

Hasta que llegó la tarde en que partieron hacia el sur.

Antes de irse del rancho, Eulogia le colgó en el cuello un crucifijo de madera que su madre le había dado, cuando siendo casi una niña se fue de su casa.

Poco se sabía de la suerte que correrían. Don Pancho iba al frente de sus hombres, campesinos pobremente vestidos con camisetas de lienzo y chiripaces de  bayeta colorada; los pies calzados con botas de potro. El poncho bichará lo llevaban en bandolera sobre el pecho, para dejar libre los brazos. Durante la batalla lo arrollaban y se lo ponían cubriendo el abdomen, como forma de protección. Sombreros altos, punteagudos, de ala corta y volcado hacia atrás. ¿Las armas? Una lanza de gruesa caña tacuara con un cuchillo u hoja de tijera adosado en la punta y una banderola federal, las tan temidas boleadoras de piedra, el lazo trenzado que habitualmente utilizaban para el arreo y un facón o daga para la pelea o el degüello. Estas eran las  “hordas salvajes y harapientas”, que describiría alguna tilinga pluma de algún prócer porteño. Allí entre ellos, al final de la partida y en su caballo petiso y retacón, iba Ceferino. Era el mas joven y parecía apenas solo un aprendiz.

Se sabía que un ejército organizado estaba en camino a Gualeguaychú, pero con destino final Concepción del Uruguay. A su mando iba el Coronel Luciano Montes de Oca.  Cuando llegaron a la ciudad del sur entrerriano,  se reunió con sus aliados locales; Herenú de Paraná, Correa de Gualeguay y Samaniego de Gualeguaychú y tomaron todos los aprestos para avanzar.

Pancho Ramírez y sus hombres se habían acercado pero, viéndose en evidente inferioridad de condiciones comenzaba a retirarse, cuando recibe una ayuda inesperada, decisiva y fundamental: Gorgonio Aguiar, lugarteniente de Artigas, que enviado por él, se le reúne al mando de un importante número de orientales.

En las puntas del arroyo Ceballos, afluente del río Gualeguay, en el Departamento Gualeguaychú, enfrentaron a la avanzada del ejercito directorial, librándose un feroz combate en el que triunfan las fuerzas comandadas por Ramírez. Era el día de Navidad del año 17.

 El primer encuentro con el combate real, fue para Ceferino una experiencia fuerte. Nunca había visto morir a un hombre, sólo a animales. Le dieron náuseas; pero sabía tres cosas: que luchaba por mantenerse con vida, obedecer a su jefe y que aquellos hombres a los que enfrentaba eran quienes los llenaban de miedo cuando tenían que huir a la isla, eran los que destruían todo por lo que su familia sudaba y sudaba todos los días, quienes los hacían tener que volver a empezar una y otra vez. Tragó saliva, apretó los dientes, abrió muy grandes los ojos, se aferró a su lanza y siguió fielmente las indicaciones que se le daban. Por primera vez, su tacuara se tiñó de rojo 

No obstante la derrota, Montes de Oca acampa en las cercanías de la Villa de Gualeguaychú, vuelve a reunir sus fuerzas y se reorganiza. Una vez fortalecido, diez días después, envía al teniente coronel  Domingo Páez –su segundo- al mando de una nueva expedición hacia Arroyo de la China con 300 hombres de infantería, caballería y piezas de artillería. Antes de llegar al arroyo El Gato y pasando su afluente Santa Bárbara (actual Distrito Pehuajó Norte), Páez se encuentra con Ramírez. Si bien al comienzo del combate su superioridad numérica y pertrechos, parecen favorecerlo; el ímpetu arrollador de la caballería entrerriana concluye la batalla con el desbande de las fuerzas directoriales.

 El segundo combate fue diferente. Viendo sus habilidades con el caballo y su valentía, se lo sumó al escuadrón (Ramírez formaba escuadras) de ofensiva. Esta vez, hizo y deshizo, como lo hacían sus compañeros. Protegió y fue protegido. Arrolló al enemigo y usó su cuchillo por primera vez. Se impresionó al principio, pero él mismo se sorprendió de lo poco que le costó acostumbrarse a aquella carnicería.

Montes de Oca, ahora sí, huye a Buenos Aires y sus caudillejos aliados se esconden en diferentes partes de la provincia. Fueron dos grandes victorias del comandante militar de Concepción del Uruguay.

En ambas contiendas, el joven Sosa hizo gala de un valor que no fue ignorado, ni por sus compañeros, ni por sus jefes. Cuando las historias de las batallas se comentaban en el poblado, Ño Nemesio, con la humildad propia de nuestra gente, solo sonreía si hablaban sobre la heroicidad de su hijo

La Villa respiraba tranquila nuevamente, parecía que el peligro había pasado; pero no fue así. El Director Pueyrredón desplazó a Montes de Oca y puso en su reemplazo al coronel Marcos Balcarce. Este cambió la estrategia y poco mas de un mes después, con 500 hombres, piezas de artillería y 15 buques de guerra desembarcó en la villa de Paraná. Esta había sido tomada por los mismos aliados locales que participaron en la incursión anterior. Nuevamente el objetivo era someter a los Federales.

Pancho Ramírez vuelve a organizar a su gente y va en su búsqueda. Cuando las fuerzas directoriales advierten la presencia de las tropas federales  comienzan a perseguirlo. A la vera del arroyo Saucesito, en las cercanías de la Bajada, Ramírez realizó en esta ocasión una de las maniobras mas osadas e inteligentes que recuerden las batallas montoneras.  Tiende una trampa, a partir de la cual, con la distracción de la huida, evade –flanqueándola- a la caballería porteña y cae por detrás sobre el grueso de las tropas que eran de infantería. Fue tal el desconcierto, que se produjo una desbandada general.

Esa tarde. Esa misma tarde, la vida de Aparicio se apagaba para siempre en el humilde rancho, cercano a la costa del río de los pájaros.

En toda la acción Ceferino ya no fue uno de tantos. Estaba junto a los primeros, los más osados. El joven paisano, ubicado al frente entre los lanceros, abría grandes claros en cada embestida. La sangre india parecía revivir en él, cuando –en plena batalla- lanzaba el alarido feroz: “¡Ayucá-pá! ¡Ayucá-pá!”[1]. El niño se había convertido en hombre, y mas que eso: en indio, en soldado. Parecía que el espíritu de Don Aparicio Tapiales, rejuvenecido y habiendo abandonado su viejo cuerpo, volvía a cabalgar arrolladoramente, con la lanza en la mano y en su último malón.

 Son tantos los muertos que ni se pueden calcular, escribe Balcarce en el parte de batalla que le envía a Pueyrredón. En pocos momentos se había obtenido una victoria completa y Pancho Ramírez comenzaba a transformarse en leyenda.

Después de semejante revés, las fuerzas invasoras se retiraron de Entre Rios, mientras que Concepción del Uruguay festejaba alborozada el encumbramiento de uno de los suyos.

La vuelta a la ciudad, significó una entrada triunfal…

Ño Nemesio, buscaba con ansiedad a Ceferino entre los gauchos que ingresaban en la Villa, en perfecta formación, con el jefe Pancho Ramírez y la bandera de Artigas al frente, sus tacuaras en alto y con las banderolas todavía teñidas de sangre.

Miraba y miraba, pero no lo encontraba. Entonces los vió: Los Dragones de la Muerte, la escolta de Don Pancho, lo destacado de la caballería entrerriana, el escuadrón seleccionado, el mas valiente… ya no llevaban las humildes camisetas de viyela, sino unas vistosas chaquetas azules -con innumerables botones dorados- arrebatadas a los húsares del ejército vencido. Eso sí, en los morriones se destacaba como emblema la pluma de ñandú, charrúa y federal.

Allí lo divisó: entre ellos, entre los mejores, venía Ceferino.

“¡Mhijo, mhijo!” grito con orgullo, para que lo viera…

De pronto escuchó aquella voz familiar, que ya no era la del gurí que había partido, pero que le grito con total inocencia y una enorme y pícara sonrisa:

“¡Tata, tatita, aquí estoy… empaquetao!”.

Esa noche Concepción del Uruguay, dormiría tranquila. El rancho estaba seguro… pero otra historia recién comenzaba…

[1] ¡Maten muchos, maten muchos!, en voz charrúa

(*) Este cuento forma parte del libro “De aquí, de allá y de mi abuelo también (y va con yapa)” de Rodolfo Oscar Negri, editado en diciembre de 2011.

Fe de erratas: Este artículo tenía dos errores (que fueron corregidos en función del aporte de nuestros lectores a quienes agradecemos). En principio apareció en el título «10 de junio» cuando correspondía «10 de julio» y luego el texto  del fragmento que inicia el cuento que aparecía como «anónimo» cuando corresponde al poema -letra de una milonga- «La Vuelta del Montonero» del escritor de Gualeguaychú Claudio Martínez Paiva.

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