Pase lo que pase, si algo quedará en términos de comercio global después de la pandemia es que el mercado de agroalimentos, con énfasis puesto en China, continúa su etapa de ascenso histórico. Para consignar una información importante, unos 440 millones de personas nacidas en China, tienen hoy un poder adquisitivo similar al promedio de los estadounidenses, esto es unos u$s40.000 anuales. Es la nueva clase media a la que todos miran. Un mercado de demanda agroalimentaria que viene creciendo, pandemia incluida.
Donde sí entienden de qué se trata es en el Consejo Agroindustrial Argentino, que esta semana presentó su plan a las autoridades políticas para aumentar las exportaciones y reactivar la economía. Fueron precisamente los referentes del sector agroindustrial los que pidieron a senadores de la Comisión de Agricultura, Ganadería y Pesca una ley para activar un plan de estabilidad que permita lograr, en los próximos años, exportaciones anuales por u$s100.000 millones -en la actualidad son por u$s65.000 millones- y 700.000 empleos. Todo, sin subsidios del Estado. El sector acusa recibo de todo lo que hace falta: herramientas de política institucional, de relaciones internacionales, impositivas, financieras y técnicas (con efectos fiscales neutros), que deberán aparecer tras la conformación de una Mesa Nacional Exportadora con áreas del Gobierno, que tendrá distintas aristas según requiera cada tema.
Como se dijo, el momento es singular. Las proyecciones hablan de una contracción global para la economía del orden del 3% este año, donde el ingreso per cápita de la población mundial (7.800 millones de personas) disminuiría 4%. Pensando en términos productivos, huelga señalar que si un sector se vio favorecido por la pandemia, ese sector fue el de alimentos cuya demanda se vio fortalecida, teniendo en cuenta su condición de productos esenciales. El dato a tener presente es que, siempre en clave universal, el consumo de alimentos se incrementó por arriba de los niveles de 2008-2009, en el pico de la crisis, ya que el nuevo virus impulsó una corrida de compras excepcionales de bienes alimenticios, con incrementos de entre 30% y 40%, respecto a lo más alto del ciclo de la última década. La reacción de los países fue parecida: todas las economías desarrolladas han tendido a garantizar y reforzar su producción agroalimentaria. En rigor, basta tomar algunos programas de asistencia financiera sectoriales, como el de u$s 19.000 millones que fue anunciado por el Gobierno de Donald Trump, o el de la Unión Europea (UE), que inyectó 30.000 millones de euros mediante su Fondo de Política Agrícola Común (PAC), donde Francia juega un rol protagónico, junto a Polonia y España.
El impacto de la pandemia tuvo varias consecuencias: bajó el consumo en restoranes y subió en supermercados, por ende, se venden más los productos más baratos y menos los que tienen un valor importante como carnes, los vinos y también algunos lácteos. Argentina produce de todos ellos, pero es mucho más competitivo en los más básicos. Pero si hubiese que trazar una tendencia, habrá que decir que el covid-19 parece haber reforzado lo que venía insinuándose: en un contexto donde la economía de EE.UU. retrocedió 4,8% en el primer trimestre y 32% en el segundo, todas las miradas siguen en China. El gigante asiático, tras descender 6,8% en los primeros tres meses del año, se recuperó 3,9% en el segundo. Precisamente de allí viene una certeza: con millones de personas que se vuelcan cada vez más a demandar productos de la agroindustria, alimentos todos ellos, la Argentina tiene una oportunidad que podría concretarse.
Fuente: Ámbito