Por Ana María Gonzalez –
Esa mujer transforma todo lo que toca
con la palabra valiente, con el ceño adusto;
con sus dedos delgados teje telares de sueños
entrelaza futuros, afina el discurso de agujas punzantes
y supo, sin saber, que nunca se iría.
No detiene el cáncer su pequeño cuerpo disminuído,
ella trabaja día y noche, obsesiva en su impulso
de hacer justicia.
Cada pedacito de su vida
es rescatado de ese cajón de odio
que jamás pudo contenerla.
El dibujante de mirada ingenua
la reinventó en el S XXI,
su numen imaginó bromas y berrinches,
la delineó en las calles y con pañuelo verde…
Fue un medium que me acercó su saludo personal, directo:
dijo de mí que soy su descamisada Ana
y de mis hijas, sus descamisaditas…
Supo que eras y sos un peligro,
Evita, nacida para molestar,
una piedra en el zapato,
una barricada,
brazos abiertos de belleza,
linternas en los ojos,
abanicos de plumas, tus brazos abiertos.
Esa mujer es tuya, Rep.
Para esa mujer, de insólito poder,
todos somos materia que transmite don de lucha.
Su fe en los pobres tiene tintes franciscanos.
Ella y su poder descamisado,
esculpido, cuando advirtió
el desmoronamiento del mundo de los hombres
que se vuelven pusilánimes ante la injusticia.
Y sí… esa mujer hizo tanto por los obreros,
tanto por niños y mujeres desnudas de poder,
desarropadas sociales…
Esa mujer vio lo que otros no quieren:
que había multitudes de hermanos
desprotegidos por la violencia de los poderosos
y los enfrentó.
Esa mujer murió santa, habiendo nacido oculta.
Esa mujer bastardeada, envidiada, combatida
curó nuestras heridas y parió una sociedad nueva.
Esa mujer es nuestra.
Ana María González, 25 de Julio de 2020
