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Güemes, épica de coraje y amor-

Por Ana María González

Alguna vez leí que los amores felices no tienen historia, que los grandes amores “de novelas”  son producto de la distancia entre los amantes, la incomunicación, la clandestinidad, la separación temporal o total  a causa de la muerte.

Y pensándolo, si uno disfruta de la plenitud del amor,  no le da tiempo y espacio al reproche y a la queja que no existen,  ni se dedica a llorar por los rincones (porque todos están colmados de amor), a enviar anónimos sea cual fuere el soporte, a cultivar esperanzas, a publicar despojos de aquel gran amor que ya se fue. Y seguramente cuando queremos dar un ejemplo de un gran amor, pensamos en Romeo y Julieta, los enamorados que la literatura rescató a la mediocridad por su pasión juvenil  y su entrega. Hay otros ejemplos, ninguno con la incontrastable popularidad de los de Verona. Pero sí, hay grandes historias de amor, con menos marketing pero con la misma locura, intensidad, fuego de amor, una de ellas es la historia de Martín Miguel de Güemes, coronel del ejército libertador a cargo de la defensa del Alto Perú  en las Provincias Unidas del Río de la Plata y Carmencita Puch, su bellísima esposa. Salta, ciudad tradicional donde supieron amarse, resguarda como un tesoro esta historia entre los muros musgosos y los adoquines del casco colonial y exhibe con  orgullo el protagonismo de su general y de su pueblo  en la gesta libertadora de la Guerra Gaucha comandada por el joven Martín. En la lucha aquella no faltaron las mujeres valientes que compartieron  y alimentaron las pasiones de sus hombres. Más o menos así recuerdan esa historia los salteños y la cuentan al visitante con orgullo y devoción.

Martín Miguel de Güemes era recio, muy apuesto y viril. Piel aceitunada clara, ojos verdosos, pelo castaño oscuro. Nadie lo había retratado en su corta vida pero algunos afirmaban que uno de sus hijos, Luis, guardaba un gran parecido y en base a un retrato del muchacho se realizó el famoso cuadro que lo recuerda. Su retorno de Buenos Aires a Salta en 1815 causó un gran impacto entre las casamenteras de clase alta (¡y sus padres!)  por un lado porque él pertenecía a una familia acaudalada, dueños de tierras en la hermosa y próspera región. Por otro lado no podían sustraerse al imán de su bien ganada fama por sus estudios militares en el Colegio de San Carlos y su valentía defendiendo a Buenos Aires en las invasiones inglesas y, finalmente, distinguiéndose por el exitoso comandando de  los jinetes que  tomaron el buque inglés Justine, que  había quedado varado por la bajante brusca en el Río de la Plata  al acecho de Buenos Aires, en el cauce pantanoso. Por todo esto, ya llegaba el joven con un hálito legendario. Y no se equivocaban las damas porque a poco de su llegada fue nombrado a pedido del pueblo, Gobernador de la intendencia de Salta y sólo un año después sería  ascendido a Coronel Mayor.

Salta era, y es, una ciudad privilegiada considerada en la época colonial y de la independencia como un puerto seco por donde toda la mercancía, novedades y riquezas del Alto Perú se valuaban,  para viajar finalmente a Buenos Aires y desde allí a Europa. Su ubicación en el Valle de Lerma, su dulce clima, su belleza apacible, el agua pura disponible de sus muchos ríos y manantiales, las flores y frutos que muestran sus colores  perfumes durante todo el año, la fineza de su gente, una clase alta  culta y aristócrata, la platería y los tejidos a telar, la cerámica indígena, el profundo sentido religioso de tinte lunar y femenino heredado de los calchaquíes y perpetuado en el culto a la Virgen María, sus iglesias doradas, sus aromas a  comino y ajíes, sus recovas, las rejas ornamentales, sus solares amplios de pisos rojos ,  su miel sus dulces vinos, la alegría de su gente, todo era y es un escenario de magia  y prosperidad entonces y ahora.

Cuando Martín Miguel pisó Salta en 1815 ya su familia había acordado con la familia Saravia, de superior condición social a la suya, la boda de sus hijos como era costumbre de la época. Pero esta boda suponía la implícita sumisión de los Güemes ya que su futuro suegro le indicó qué contactos eran convenientes, aconsejables y cuáles inapropiados. En este marco le había impuesto  la expulsión de Salta de  una dama de conducta  deshonesta y contaba con el apoyo del inminente miembro del clan. A Martín le disgustó esta intromisión y la cobardía de atacar a una dama. Por eso rechazó la acción lo que significó la anulación de la boda. Ante la frustración  de la familia Güemes, su hermana Macacha (quien a partir de este momento sería su más fiel secretaria y diplomática sin igual, quien se encargaría  de conformar un servicio de espionaje  al servicio de la causa independentista) en forma inmediata organizó un encuentro con la rica Familia Puch, entonces Martín conoció a la flor más bella de Salta, quien sólo tenía 17 años y de quien Manuela Gorriti dijera que reunía, además de una extraordinaria belleza, gran cultura y toda clase de encantos. El flechazo fue instantáneo y en sólo dos semanas se organizó la boda que involucró a toda la región y duró varios días de festejos dada la enorme popularidad  de los novios y la opulencia de sus familias.

Carmencita era  la única hija mujer de la familia Puch,  mimada y protegida por sus padres y sus cuatro hermanos.  Su hermosura trascendía la región: ojos profundos, grandes y azules, abundante cabellos dorados rizados largos hasta la cintura, rostro angelical, estatura baja y cuerpo menudo, que contenía tras modales suaves una  fortaleza de convicciones y un  carácter apasionado, maduro  y fuerte. Sus padres, de origen español, se habían adherido  en 1810 a la causa revolucionaria de Mayo pero el riesgo era enorme: Salta repartía su población entre gente honorable y fiel a la decisión del Cabildo Salteño de apoyar la independencia y por  otro lado estaban los hacendados inescrupulosos que ejercían peligrosa presión en defensa de sus intereses económicos y negocios que veían mejor  y más seguros bajo la tutela de España. Estos temían el creciente poder de Güemes y desconfiaban de los gauchos, antes sus peones y ahora armados para la lucha. Desde Buenos Aires, Rondeau, el Director Supremo, coqueteaba con su apoyo a Güemes  porque temía más generar un nuevo Artigas que el avance de los realistas. Sí, así han sido y son algunos de nuestros dirigentes complacientes con los extranjeros, aunque estos quieran apoderarse de lo nuestro y perseguidores de los propios hermanos sólo por celos de poder; la pequeñez ante la grandeza, las dos caras de nuestro país. El director supremo daba órdenes contradictorias, frecuentemente lo desautorizaba, pero para Martín su inspirador era Belgrano y su jefe San Martín su objetivo era claro resistir a las invasiones realistas en el norte, y sus más fieles aliados: los gauchos y las damas salteñas. Por eso las delaciones y las muertes violentas de los patriotas, inferiores en armas y poder aunque no en bravura, estaban a la orden del día. Vivir en Salta entonces era necesariamente tomar partido, amar a un soldado de  Güemes era un  riesgo de supervivencia. Amar al jefe y acompañarlo hasta las últimas consecuencias  fue un acto suicida o  heroico que alimentó el coraje del gran general y consigo una de las mayores gestas épicas a la que debemos nuestra libertad.

El matrimonio entre ambos se sustentó de encuentros furtivos y apasionados, no había paz, debían mudarse continuamente de residencia. Ella era el ángel de sus sueños y él  impulso vital para ella. Así lo registraron sus fervientes cartas de amor que Martín le escribía diariamente llegando a cuatrocientas, allí no faltaban los besos, y las promesas de fidelidad donde además le informaba sobre sus movimientos lo que hizo que algunos cronistas afirmen de Guemes había dividido su corazón en dos: la lucha por la independencia de España y el culto al amor por Carmencita. Ella lo aceptó así y  acompañó a su guerrero tanto en los momentos de éxito y reconocimiento (cuando fue nombrado coronel y gobernador)  como en los de soledad. Ella lo admiraba totalmente y siguió cada uno de sus pasos militarizando Salta  enseñando a los de gauchos, dictando tácticas, así se hizo la fama de “los infernales”, temidos y odiados por los realistas y sus cómplices. Él vivía oculto entre las sierras selváticas planeando su guerra de guerrillas que puso límites y finalmente expulsó a los realistas. Los besos y caricias, las palabras de amor, el duelo por la separación, la esperanza por el reencuentro colmaban sus cartas, esos testimonios del gran amor. Tuvieron tres hijos Martín, Luis e Ignacio, el menor nació luego del crimen de su padre y no sobrevivió, había sufrido en el vientre de su madre continuos escapes, viajes y mudanzas, fue perseguida atrozmente por el realista Ramírez. Martín estaba en su peor momento: acosado por sus enemigos internos, por su vecino el gobernador tucumano Aráoz,  la ciudad sitiada extrañaba su prosperidad anterior y fue aminorando su apoyo a Güemes  cuyos movimientos eran cada vez más vigilados. Los movimientos de su hogar estaban bajo continua control enemigo, se había descubierto el activo papel de su hermana que gracias a su don de gentes tenía acceso a todas las clases sociales,  Macacha también estaba bajo el ojo realista. Debilitado y sitiado se acerca a la casa de su hermana y es herido de muerte por Barbucha (José María Valdes), salteño al servicio de los realistas que conocía perfectamente el territorio y las estrategias de los gauchos, en los próximos días se produce su muerte de Güemes  en La Horqueta, paraje cercano a la capital. Su gente en absoluto dolor recuerda que ya agonizante Martín se preocupó por instruir a sus sucesores en su estrategia y  por el destino de Carmencita, ¿Podrá sobrevivir sin mí esta niña que ha vivido de mi aliento yo voy a morir, me seguirá adonde vaya?

La noticia de la muerte del guerrero fue recibida con tremendo dolor  en Salta que comprendió entre lágrimas la entrega de su héroe y que no tardaría en ser libertada para siempre por parte de Cornejo lugarteniente de Güemes . Los hermanos de Carmen no sabían como trasmitirles la desgracia que ella presentía. Se juntaron para hablar con ella y contemplaron con angustia como al instante se cortó su hermosa cabellera principal atractivo de su belleza y acaso de provocación o vanidad; ese acto entonces, era forzoso para las mujeres reclusas sean monjas o delincuentes. Luego Carmen se acurrucó sobre el piso del cuarto matrimonial como un perro abandonado y herido a llorar a gritos y finalmente se vistió de luto cubriendo su cabeza con una mantilla y su rostro con un velo que solo descubría para besar la frente de sus hijos y recordarles  que debían ser como su padre y honrar su memoria. Los  padres de Carmencita y sus hermanos, lucharon denodadamente para que se alimentara pero vieron con desesperación como se iba apagando, como una vela, cada vez más pequeña y delgada abandonada por su decisión en su lecho de amor y llamando a su Martin. La famosa Doña Juana Manuela Gorriti en una visita a su amiga Carmencita, exalta su gran valor y la profundidad de su duelo y entiende que nada se podrá hacer contra su obstinación en morir. Él había muerto el 17 de Junio de 1821, ella le siguió el 3 de abril de 1822.

Apenas muerto el Coronel Mayor su lugarteniente José Antonio Cornejo derrotó a Barbucho y expulsó para siempre a los realistas. Güemes descansa por aclamación popular en el Panteón de las Glorias del Norte en la Basílica de Salta Santuario del Señor y la Virgen del Milagro. En el año 2007 el entonces gobernador Juan Carlos Romero propuso llevar la urna funeraria de  Carmencita junto a su esposo. Hubo voces que combatieron  esa posibilidad mediante el mezquino argumento de que no fue una heroína sino que por ser hija de…fue esposa de… Sin embargo muchas voces hablaron por ella hurgando en los documentos de la época y en el caso de uno de sus más fervientes admiradores David Slodky,  analiza desde lo psicológico la relación sentimental de Martín y Carmen. Encuentra que como muchas mujeres salteñas ella fue el fundamento anímico más fuerte de lucha y resistencia, ella compartía su misma pasión por la causa, era su mayor admiradora, resignando su felicidad familiar para priorizar la misión  liberadora que San Martín le había confiado. Tuvo que resistir a las vejaciones morales que querían quebrarla como divulgar rumores de que la engañaba o tenía otros hijos “patrañas inventadas por los opositores como es costumbre en nuestro país” dicen los salteños si se les pregunta.

Y allí descansa ella, junto a su gran amor, así de impactante fue esta historia entre la   flor más bella del valle de Lerma y el héroe de la independencia Martín Miguel de Güemes. Así lo cuentan los salteños con singular orgullo y veneración… y yo les creo.

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