LA APUESTA[1] –
(por Rodolfo Oscar Negri) –
La vida en aquella imponente edificación era totalmente diferente a cualquier otra que alguien –por aquellos tiempos y en estas zonas- pudiera imaginar.
Como en la fantasía de un cuento infantil, en medio de una solitaria geografía enmarcada por profundas lomadas y solo poblada por talas y espinillos, surge casi de la nada –mágicamente- el imponente castillo.
El nombre original del paraje era Posta San José, pero debido a la exquisitez de su edificación, pronto los vecinos del lugar y los visitantes comenzaron a llamarlo “Palacio San José”.
La mansión, era la vivienda principal de don Justo José de Urquiza. Militar exitoso, mujeriego, pícaro, astuto, sagaz, hábil, vanidoso, celoso enfermizo, desconfiado hasta de su sombra, con arranques de furia incontenibles, era el amo y señor de las vidas y los bienes de todo lo que por estos territorios existía…
En aquel palacio compartía su vida con Dolores Costa -a la que llamaban “Lola”- su única esposa, con quien tuvo once hijos y doce de las hijas de sus relaciones con otras mujeres.
Además de un nutrido séquito de sirvientes y una gran cantidad de secretarios.
Aquel lugar fue –en un momento- el centro de decisiones políticas fundamentales de la nación.
Urquiza era un hombre muy peculiar en cuanto a sus costumbres. Le gustaba estar en los detalles de todas las cuestiones que ocurrían o pasaban a su alrededor y en cada uno de los rincones de la casa.
De la mas mínima y pequeña a la más importante y absoluta. Desde la cocina hasta la caballeriza nada pasaba sin que él lo supiera y pudiera poner sobre ella su mirada de aprobación o desagrado.
Una de sus más reconocidas costumbres era que no comía en el salón comedor, sino que lo hacía solo –en la cocina- y más temprano que sus invitados. Durante la cena se paseaba en torno a la mesa y conversaba con cada uno de ellos.
La Sala de Armas y de Juegos era uno de sus lugares preferidos, a la que sólo concurrían los hombres y en ella estaba –para su gusto- una de las estrellas del lugar: una mesa de billar francesa, con una araña de cuatro lámparas a querosén, especial para iluminar las partidas nocturnas de su entretenimiento predilecto. Este era uno de los puntos claves, porque nadie –de entre los tantos personajes de jerarquía que tenían el privilegio de ser invitados- se iba sin jugar al billar con el General.
El otro detalle, no menos importante, es que debía perder si es que quería llegar a un entendimiento con el poderoso Señor de San José. Todos lo sabían y esa era una regla no escrita, pero muy estricta y respetada de la morada.
Una mañana, Urquiza que solía recorrer todos y cada uno de los lugares del palacio controlando y complaciéndose por conservar todos sus bienes en óptimas condiciones comprobó que uno de sus orgullos, la mesa de billar, no se mantenía firme y tenía un leve balanceo. De inmediato mandó a buscar a un carpintero a Concepción del Uruguay. Algo tan importante para él, no podía tener falla alguna. Eso sí, no podía ser cualquiera, sino el mejor: Nepomuceno Medina. Un indio de ascendencia guaraní, que había heredado el oficio de su padre quien lo había aprendido en las ya desaparecidas misiones jesuíticas.
Por la tarde el artesano ya estaba en San José, pasó la noche allí y al día siguiente encararía la tarea. Desayunó en la cocina, recogió sus herramientas y se dirigió a la sala de juegos, donde estaba la mesa de billar.
A poco de comenzar a revisar la mesa llegó el General. Para nada le extrañó su presencia, porque lo conocía desde la época en que tenía su boliche de ramos generales, a una cuadra de la plaza (en la actual esquina de Moreno y Alberdi de Concepción del Uruguay).
- ¿Cómo anda don Nepomuceno?
- Bien, mi General…
- ¿Cómo lo ves al trabajo?
- Bien, pero habrá que hacer -con mucho cuidado- algunos retoques…
- Mirá que es un mueble francés y que si lo llegás a arruinar dejas la cabeza, dijo sonriente -pero en tono de advertencia- un poco en chiste y otro poco en serio, Urquiza.
- No se preocupe, que quedará perfecto, fue la respuesta.
Mientras el dueño de casa observaba al trabajador en su tarea, pasaron varios minutos en silencio, hasta que como recordando cosas agradables del pasado, le dijo:
- Mirá que hace tiempo que nos conocemos, Nepomuceno ¿no?
- Sí, mi General… muchos años
- Por lo que me han informado no te ha ido nada mal ¿es así?
- No me puedo quejar, mi General
- Pero, jamás escuché que no hicieras más que tu oficio ¿Solo hacés carpintería o te dedicas también a alguna otra cosa?
- Sí, mi General, me dedico a las apuestas.
- ¿En serio? Le respondió, quien también era un jugador nato ¿Y qué apuestas?
- Apuestas, pué…
- Pero ¿Qué tipo de apuestas?
- Por ejemplo le apuesto 50 pesos fuertes a que me gana al billar.
- ¡Pero si serás torpe…! ¿Cómo vas a apostar algo que depende de la otra persona? Es ir derecho al fracaso…
- Si, a Usted le parece –mi General- tome mi apuesta y veremos.
Urquiza, ni lerdo ni perezoso, aceptó el convite; pero le advirtió en forma de brutal amenaza:
- Mirá Nepomuceno que cuando doy mi palabra es ley, así que si perdés te vas a tener que hamacar para conseguir pagarme… pero lo vas a hacer aunque sea con tu vida…
- Mi General, ya le he dicho que me dedico a eso y no soy un improvisado. Déjeme trabajar y terminar de arreglar la mesa y cumplimos el desafío…
- No, trabajá tranquilo y hace un buen trabajo. Mañana por la mañana, nos encontramos aquí a las ocho de la mañana y cumplimos el reto.
- Como usted ordene, mi General.
El carpintero terminó su trabajo después de todo un día de ardua labor y la mesa quedo impecable y en perfecto estado.
Nuevamente durmió en San José y luego del desayuno, se dirigió al lugar acordado pocos minutos antes de lo convenido. Para su sorpresa, Urquiza ya estaba esperándolo.
Eligieron los tacos y cuando se disponían a jugar, Nepomuceno se dirige al General y –con la cabeza gacha y sin mirarlo- le dice:
- Discúlpeme, mi General, pero si no fuera molestia para usted, ¿le pediría que convoque a su secretario para que sea testigo del juego?
- ¿Acaso no me tenés confianza?
- Todo lo contrario, mi General; es para poder cumplir con usted.
Urquiza, sin entender demasiado el pedido pero ansioso de ganar la apuesta, llamó a un sirviente y a través de él convocó a su secretario al lugar del encuentro.
La partida no fue larga, porque el Señor de San José, hizo todo lo que tenía que hacer para perder el juego.
Cuando esto ocurrió, vio con extrañeza como su propio secretario se tomaba la cabeza rojo de ira y la golpeaba con el puño una y otra vez, mientras en el impenetrable e inexpugnable rostro de Nepomuceno se alcanzaba a percibir una débil y contenida sonrisa.
- ¿Qué es lo que te pasa Juan? Preguntó extrañado el General…
- ¡Mi General, este indio ladino, este gaucho rotoso y mentiroso, me robo!
- ¿Cómo? ¿Qué te robó y aquí en mi propia casa? No lo puedo creer… ¿Cómo lo hizo?
- Si, el muy taimado, anoche después de cenar en la cocina, me apostó 200 pesos fuertes que era el único capaz de ganarle a usted un partido al billar…
Dicen que la carcajada de don Justo José de Urquiza se hizo sentir a lo largo y a lo ancho de todo lo grande que era el caserón y Nepomuceno Medina, pasó –de allí en adelante- a ser un trabajador habitual del palacio.
[1] Este cuento ganó el primer premio en el Certamen Provincial de Poesías y Cuentos Cortos “Héctor de Elía” en su edición 2015 –categoría C- , organizado por la Escuela Media 8 de Colonia Elía (ER)
Este cuento forma parte del libro de Rodolfo Oscar Negri «De todo como en botica…» editado por Editorial UCU en febrero de 2017
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 10/6/2020