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Un pasado mineral acompasó el desarrollo de comunidades

La extracción de minerales y su transformación en insumos demandados por la industria de la construcción hunde sus raíces en las profundidades del pasado remoto. Los establecimientos elaboradores no tienen la vigencia de otrora, pero sus productos aún sustentan obras privadas y públicas que son parte del patrimonio común.

 

Mariana Melhem / coordinacion@eldiario.com.ar

 

Hace unos cuantos millones de años la región en la que se inserta la actual Entre Ríos, estaba cubierta por un mar que los estudiosos denominaron alternativamente “mar entrerriano” o “mar paranaense”. Este, había penetrado desde la zona atlántica cubriendo un área que abarcaba parte de la actual provincia de Buenos Aires, Entre Ríos, Córdoba, Santa Fe, Chaco y Formosa. Los sedimentos que dejó ese mar, constituidos por arcillas verdosas, arenas blanquecinas, algunos bancos de ostras y otros fósiles; el paso del tiempo y el desarrollo del viejo cauce del río Paraná sobre el valle de arcillas, constituyeron la materia prima de la futura actividad minera.

El descubrimiento
En tiempos de la colonización española se descubrieron las riquezas propias de las áreas ribereñas de Entre Ríos, que rápidamente fueron objeto de explotación para proveer de materiales de construcción a las nuevas edificaciones del radio de influencia del cabildo santafecino constituyendo el soporte de la sustentabilidad y el crecimiento de las primeras ciudades del litoral.

Permanentes cruces se realizaban tanto sobre el Río Paraná como sobre el Río Uruguay, en busca de recursos como la cal, arcillas, yeso, piedras y forestales. Así, luego de la explotación del ganado alzado, la cal se consolidó como el producto de mayor demanda.

Horno de cal en Colón.

De ello dan cuenta la cantidad de hornos que poblaron las barrancas de las actuales localidades de Colón, La Paz, Hernandarias, Victoria y Paraná que se cuentan entre los más antiguos del país. Estos yacimientos fueron proveedores de la región Litoral y pasaron a formar parte de sus más importantes monumentos arquitectónicos.

Relatos de cercanía
En las costas del Paraná, la empresa inicial surgió de la mano de los padres jesuitas del Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe que compraron a los herederos de Hernandarias unas cuantas leguas frente a la ciudad para construir los primeros hornos con senderos y muelles para transporte.

Dicha explotación es continuada por vecinos de Santa Fe que adquirieron las tierras de la estancia San Miguel vendidas por los jesuitas en 1679.
Variados relatos refieren a estas empresas y a los beneficios de la utilización del material que, “obtenido de la piedra de yeso existente en ‘la otra banda’ (…), mejora el aspecto de las casas y capilla de su misión”, según palabras del franciscano Florian Pauke a cargo de la reducción de los indios mocovíes en San Javier a mediados del siglo XVIII.

No parece azaroso el emplazamiento de la cementera Portland.

Avistados por los viajeros
Una dinámica actividad llama la atención de viajeros y cronistas europeos como Alcide d’Orbigny (1828): “… como la costa de la Bajada se halla despejada en parte de los árboles (…) los pobladores se ven en la necesidad de ir en busca de madera a las islas, para calentar los hornos de cal”.

La chimenea de una calera, en Tala.

Y más tarde Germán Burmeister señalaba: “…al lado de las riberas escarpadas, casi verticales, de la formación terciaria, descubiertas en muchas partes por las caleras, que en la orilla se extienden en hilera, al lado de grandes hornos, en los cuales se quema la piedra calcárea, que después se embolsa y se embarca en buques para remitirla a Buenos Aires (…). Uno queda asombrado al ver establecimientos de esta clase, aquí, a cien leguas de la desembocadura del río, muy adentro en el interior del país. Más la cal tiene gran valor, en un circuito grande no se halla material tan fácilmente accesible y utilizable como aquí, en las inmediaciones de Paraná. Lo industrializan cinco hornos, uno al lado del otro, a poca distancia”.

Empresarios de la cal
Vascos y genoveses, portadores de conocimientos en ancestrales técnicas mineras y de navegación suplantaron, a comienzos del siglo XIX, los capitales santafesinos instalándose en las inmediaciones de poblados y embarcaderos, como el Quinto Cuartel de La Matanza (hoy Victoria) y el embarcadero de la Bajada (Puerto Viejo de Paraná).

Testigos de tiempos idos, se mantienen en pie distintos edificios en Victoria.

En las márgenes del Uruguay, se hallan ruinas y vestigios arqueológicos de complejos productivos anteriores al afianzamiento del modelo agroexportador. Entre importantes caleras, como la de Colombo o la de Espiro, se destaca, por su antigüedad y magnitud, la de Barquín cuyo solar ha quedado incorporado al Parque Nacional El Palmar.

La calera Barquín, en El Palmar, Colón.

Erigida a fines del siglo XVIII por don Manuel Antonio Barquín, funcionario del virrey Cevallos encargado de mantener el orden en esta región incorporada a la colonización desde el Cabildo de Buenos Aires, funcionó con dos hornos de quema e instalaciones complementarias, totalmente construidas en piedra, hasta 1820 aproximadamente.

Un barrio singular
En el Quinto Cuartel de Victoria el auge de la explotación fue obra de inmigrantes italianos y españoles que hacia 1850 comenzaron a adquirir los hornos. La producción era enviada con destino a los puertos de Buenos Aires. En torno a esta industria surgieron otras actividades como la explotación de montes para la obtención de leña y la aparición de flotas de navegación.

Casa de los vascos, en Victoria.

Este barrio, de trazado un tanto irregular, se configuró con viviendas que, reprodujeron una forma europea conocida como la casa vasca, consistente en una construcción de dos plantas con cubierta de tejas a dos aguas y escalera exterior al piso alto.

Calera Colombo, en el departamento Colón.

Más tarde, los genoveses reemplazaron este tipo por la casa de planta baja con patio de aljibe, parral y piso “crudo” rodeado de habitaciones y cerrado por un tapial.
El impulso económico se manifestó en la existencia de un banco privado (Banco Lanieri) emisor de papel moneda que funcionó hasta 1879.

Otras empresas señeras
La barranca no solo aportó a la fabricación de cal, sino que propició la explotación del yeso, en Piedras Blancas con una industria que aún subsiste.

Fábrica de Yeso en Piedras Blancas.

En Paraná, la gran planta industrial moderna fue la Fábrica de Cemento Portland que desde sus complejas instalaciones no solo fue proveedora de este insumo para la construcción, sino que congregó a toda una comunidad integrada por operarios, técnicos y profesionales y hasta surtió de servicios eléctricos a la ciudad desde su usina propia cuando fue necesario.

La cementera de Paraná, en plena producción.

Aun en la actualidad, los edificios en pie se yerguen sobre la barranca dando cuenta de la “huella del trabajo en el territorio”.

Fuente: El Diario

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