por Bernardo Salduna  –

Hace algunos días, una prestigiosa historiadora publicó una nota (véase “La Nación”, 11/2/2024), donde trazaba una especie de paralelismo entre las figuras de Juan Manuel de Rosas y nuestro actual presidente.

El tema desató una suerte de polémica, donde se puso de resalto por algunos la inocuidad, por no decir inconveniencia de semejantes comparaciones.

Por mi parte, creo que, sin dejar de considerar, por supuesto las diferencias de personajes, circunstancias, momento y contexto histórico, no me parecen tan inútiles tales ejercicios intelectuales.

En especial, si lo que se hizo o dejó de hacer en el pasado puede servirnos para acertar o no repetir errores en el presente.

Porque, si no es para eso, en definitiva tiene poca utilidad el conocimiento de la Historia.

Vamos a un ejemplo práctico: el general Urquiza derrota a Rosas en la batalla de Caseros (hace algunos días se cumplió el 172 aniversario), poniendo fin a un gobierno dictatorial de más de veinte años.

Vence el jefe entrerriano, en forma contundente, donde muchos otros habían fracasado.

Algo así como el rotundo triunfo de Javier Milei con el 56%, que termina más de diez años de hegemonía K, y, todavía legitima su investidura.

Sin embargo, (tal podríamos aplicarlo también al día de hoy), pese al éxito, era evidente la debilidad de don Justo, si consideramos la heterogeneidad de las fuerzas que confluyeron a la caída del régimen rosista.

Es interesante comprobar el panorama incierto que se abría al jefe triunfante, dueño de un poder casi total, pero carente del instrumento político para llevar a cabo su plan organizador.

¿Con quién apoyarse?

No podían serlo los viejos unitarios rivadavianos como don Valentín Alsina o los Varela, cuyos principios se habían visto fracasados e inconvenientes.

Tampoco los nuevos notables del universo liberal como Mitre y Sarmiento, todavía poco conocidos y sin mayor arraigo en el pueblo.

Salvo Corrientes, el resto de los gobernadores se habían puesto en contra, algunos en términos violentos, al pronunciamiento Urquicista.

Se trataba de caudillos-gobernadores locales autoritarios (la mayoría con “facultades extraordinarias” al estilo de Rosas, y semifeudales que, según el caso, manejaban más o menos arbitrariamente el territorio que controlaban, con aduanas interiores, impuestos extorsivos y economías primitivas cerradas.

Algunos aliados liberales, como Mitre o Sarmiento, que se creían herederos legítimos de la victoria, entendían a estos tales incompatibles con su plan modernizador. Y aconsejaban a Urquiza imponer su autoridad en las provincias del interior, guerra mediante a quienes se opusieran.

Por suerte el entrerriano no se asesoraba tan sólo por ese lado: otro liberal, formado en la escuela de Bentham, con mayor sentido de la realidad, el tucumano Juan Bautista Alberdi, escribía:

“Con caudillos, con unitarios, con federales, con cuanto contiene y forma la República Argentina, se debe proceder a su organización, sin excluir ni aun a los malos, porque forman parte de la familia”.

Agregando algo que parece calcado para tiempos actuales:

“Me dirán: ¿con los malos es imposible tener libertad perfecta? Pues no hay otro remedio que tenerla imperfecta. Y en la medida que es posible al país tal cual es y no tal cual no es”. (Alberdi “Cartas Quillotanas-I”).

Es sabido: poco tiempo después, convocados por el general Urquiza, se reunían en San Nicolás, provincia de Buenos Aires, caudillos gobernadores o representantes de las 14 provincias, y sellaban el histórico Acuerdo.

Sin embargo, en la oportunidad del Acuerdo de San Nicolás, fueron algunos “liberales”, especialmente porteños, quienes más se opusieron.

Bartolomé Mitre pronunció un violento discurso en contra en la Legislatura. Particularmente enconado lo fue Domingo Faustino Sarmiento, pese a ser sanjuanino. “¿A quién quiere engañar con esas pamplinas de Congreso y Constitución? –le escribía a Urquiza-. ¡No sea niño!”

Pasado unos meses, los diputados constituyentes “representantes del pueblo de las Provincias”, sancionaban en Santa Fe la tan anhelada Constitución Federal de 1853. Que, con sus reformas, es la que todavía nos rige.

A partir de allí , un país dividido, despoblado, sin caminos ni comunicaciones, el 90% de analfabetos, que no producía casi nada, cuadruplicaba su población y era, en poco más de treinta años, la sexta economía del planeta.

Con toda evidencia, el acuerdo con «los malos» había sido de superlativa utilidad.

Algunos años más tarde, más o menos en 1880, Sarmiento diría: “Derrocado Rosas, no dejaba ninguna institución, ningún poder, nada quedaba en pie sino esos gobernadores de provincia, semi bárbaros, asesinos y ladrones en su mayor parte. Eso era lo único que podía servirle para formar un congreso que constituyera el país. Qué habría sucedido si Urquiza deja que las provincias derrocasen a sus gobernadores antes que se reuniese el congreso constituyente, lo que significa decir antes que se encendiera la guerra civil, porque no hay que olvidar que muchos de ellos tenían elementos para defenderse. Si pensamos en el aislamiento en que vivían los pueblos, en el desierto que los rodeaba , en las dificultades casi insuperables de comunicación, lo probable es que hubiésemos vuelto al año veinte y habrían transcurrido muchos años, antes de ver constituida la nación”. (cit. Por Julio Victorica “Urquiza y Mitre”, Ed Hyspamérica, 1966, pag. 301/302).

Agrega este autor que, a esta altura, Bartolomé Mitre, pensaba igual que Sarmiento.

De todo esto, podemos sacar dos lecciones:

1) La mala costumbre de los argentinos de acentuar la “grieta” y reconocer sólo méritos “post morten”.

2) Traspolando el ejemplo histórico a los tiempos y circunstancias contemporáneas, sintetizar lo expuesto a través del sabio consejo actual de Santiago Peña, Presidente de Paraguay, al presidente argentino: “para poder aprobar leyes en el Congreso, sin consenso político, es muy difícil”.

Fuente: El Entre Ríos