Por Alfredo Guillermo Bevacqua –
La Escuela de Torres, o la nuestra “la 63”, o la de hoy “la 92”, celebró su centenario, que se cumplió el 25 de agosto de 2019. Bajo un sol que cobijaba y unía generaciones. Los que saben, los que se ocupan de las palabras, dicen que la palabra recuerdo es la mas bella del idioma. Argumentan que recordar viene del latín y que etimológicamente quiere decir “volver a pasar por el corazón”: “re” significa “otra vez”; “cordar” viene de “cordio” y “cardio” significa “corazón”.
Entonces cuando recordamos ponemos en nuestro corazón un momento de nuestra vida. Lo hacemos vívido. Presente puro. A tal punto que nos provoca risas, lágrimas, emoción. Como en aquel entonces. Como en aquel pasado. Y es tan fuerte, tan poderosa, que nos trae al presente a quienes no están, en una irrefutable prueba que viven en nosotros.
Y eso nos atravesó el viernes, ubicados sobre la calzada frente a la Escuela impecablemente presentada para este festejo secular.
Fue instalar en nuestro corazón todas las sensaciones de aquellos días iniciales de ansiedad, curiosidad, incertidumbre que nos acechaban, la novedad de “empezar la escuela”; es posible que alguna “maestra” se moleste por esta desprolijidad en la redacción, en el armado de la oración. Pero para nosotros era “empezar la escuela”. Así de simple.
La vieja escuela “de Torres”, tenía edificio nuevo. Se llamaba Escuela Nacional n° 63 “Tucumán”, pero todos la llamaban por el apellido de un ex director: Isaías Torres. Quien lo reemplazó, es quien nos recibió: Nemesio Ovejero. Los hombres de antes, con su solemnidad, con sus invariables trajes oscuros, parecían siempre mas “grandes”, con mas años. Tal vez será nuestro deseo de sentirnos mas jóvenes, nuestra ilusión que el exterior –al menos- no está tan deteriorado. Por eso, o porque éramos seguramente menos audaces o desfachatados, nos imponían tanto respeto. ¡Mirá que los íbamos a llamar por su nombre de pila! ¡Ni pensar en tutearlos! Ni al Director –eran siempre varones-, ni a las maestras –eran siempre mujeres.
Fuimos con mi hermano, el que me sigue en edad; el tercero, no pudo ir porque tenía que atender su curso de capacitador de adultos. Los tres hicimos la primaria completa en la “Escuela de Torres”; que nunca fue “escuelita”. Fue el corazón de una barriada muy humilde, casi en el confin noroeste de la ciudad. Desde el Bulevard Martínez (hoy injustamente denominado Constituyentes) hasta la Escuela, solo había alguna que otra vivienda y extensos baldíos desolados. En esa soledad aparecía ese edificio escolar, como una ofrenda al futuro.
Ingresamos en 1952. A un edificio flamante. Hermoso. En todo. Con el confort apropiado para brindar lo mejor a docentes y alumnos. Parlantes para emitir información y comunicados desde la dirección; intercomunicadores para la comunicación individual entre las distintas aulas; un servicio de comedor con la mejor vajilla y el menú adecuado.
En 1946 había asumido el gobierno de la Nación el General Juan Domingo Perón. Implementó a partir de 1947 el 1er. Plan Quinquenal, que incluyó la construcción de un mil escuelas en todo el territorio nacional, lo que se conoció como “Plan 1.000 escuelas” y que dotó de un nuevo edificio a la escuela que en ese entonces tenía asignado por el Ministerio Nacional de Educación el N° 63 y a la que se dio el nombre de Tucumán.
La Dirección Nacional de Arquitectura fue la encargada de controlar la construcción de los dos edificios escolares que se construyeran por ese “Plan 1.000 escuelas” en nuestra ciudad: esta, del Centenario y la actual Escuela N° 93 –en ese entonces 76- Santiago del Estero – “la escuela de Bessi”- por Agustina Bessi, su directora.
La actividad áulica en el nuevo edificio se inició en 1951, con una innovación que la llevó a ser única: tenía salón de cine. Todas las semanas el noticiero Sucesos Argentinos inauguraba la sesión, proyectándose luego una película nacional o documentales, en consonancia con la edad de los asistentes. Puede afirmarse sin equívocos que el 95 % del alumnado –la mayoría de muy humilde condición- conoció el séptimo arte en esa escuela.
Una voz inconfundible, que recordamos con precisión narraba lo que veíamos en blanco y negro. Eran acontecimientos de quince días atrás. Vimos y nos emocionamos con la imponente despedida a los restos de Evita; esperábamos con ansias qué goles del fútbol grande veríamos. Vimos goles de Borello, de Labruna, de Walter Gómez. El relator se emocionaba mientras Fangio triunfaba en Europa y se enorgullecía de “este ejemplar deportista cabal exponente de la Nueva Argentina.” Luego del noticiero de Sucesos Argentina, una película o documentales educativos.
Pero además del cine, al iniciarse las clases, llegaba un personaje temido: el odontólogo. Establecía su consultorio en la dirección y con sus manotas inmensas revisaba a todo el alumnado. Y si observaba caries, nos ordenaba turnos para concurrir a su consultorio. Era el Dr. Nano. Al asistir al consultorio, debíamos firmar una planilla, si faltábamos, al día siguiente notificaba la ausencia a la dirección. Imposible eludir el suplicio que provoca eso tan antiguo y odiado como el torno.
En ese entonces los niños eran privilegiados. Hoy, la mitad son pobres y once de cada cien, indigentes. Eran días felices En mas de seis décadas, transcurridas desde nuestra infancia, ha habido muchos días –tal vez demasiados- que no lo han sido. A poco de iniciarse el período de clases se distribuía la ropa: guardapolvo blanco, campera, camisa, pantalón, ropa interior, medias y zapatos. Todos, igualados hacia arriba. Porque la ropa de calidad. Los zapatos, Gomycuer.
Fuimos con la expectativa del reencuentro con muchos. Pero fueron muy pocos: el flaco Lima, Vergara, Aldo Urquiza, Sonia Debattista, y también, “Chiquin” Portillo, aquel endiablado delantero de ese Atlético Uruguay que era impiadoso; fue “Chiquín” el n° 9, de aquel 9 a 0 que le propinó a Gimnasia en el propio Estadio Núñez.
Y en el momento de los discursos nos enteramos que Mary Tourfini –la ex Directora Departamental de Escuelas, la ex Secretaria de Gobierno de la primera intendencia del Dr. Lauritto, la actual Concejal-, había sido alumna en igual período al nuestro: 1952 a 1958. Ella cursaba por la tarde. Y también pudimos observar quienes eran los descendientes presentes de Isaías Torres. Al terminar, fuimos en su busca. Quien la representaba era la nieta de quien había sido nuestra maestra de primero inferior y ya en ese entonces, viuda del ponderado ex director.
Pudimos recorrer y reconocer cada una de las aulas e identificar que grado habíamos cursado en ellas. En vano buscamos algún registro fotográfico. No lo había.
Este relato no tiene otra pretensión que el agradecimiento a quien nos ha permitido ser testigos de un acontecimiento que en nuestra infancia no imaginamos. Cuando los excelentes locutores que tuvo el acto solicitaron que subieran al escenario los ex docentes para una toma fotográfica, ingenuamente, y sin pensar en el tiempo transcurrido, buscamos a Ida Pésaro de Torres, nuestra maestra de primero inferior, a Líbera D.de Schiavo, a quien tuvimos en primero superior y en tercer grado; a Elsa Romero, la de segundo grado; a Yolanda Podestá de Presas, la maestra de cuarto grado; a Nereida Colombo o Elvira M. de Martí que compartieron nuestro pasaje por quinto grado o Beatriz Basile, de sexto grado, quien luego fue profesora de Filosofía. Imaginamos también en el escenario a los directores: Nemesio Ovejero, y a quien lo reemplazara Guillermo Schepens.
Instalamos en el corazón un trozo de nuestro pasado. Fue hermoso ese pasado. Es cierto, recuerdo, es una bella palabra…
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 26/8/2019



