Por JUAN MARTIN GARAY / Concejal / PJ (Bloque F.P.V.)
La Argentina de estos días se halla en un escenario realmente precario en cuanto a lo político. El contexto social marcado por el desencanto, el descrédito, la falta de compromiso con la vida y la dignidad humana, han dejado entrever en nuestro país la existencia de una evidente sensación generalizada de abatimiento y desilusión política; lo que hace pensar que nos encontramos en un escenario realmente crítico. Pero a la hora de pretender hacer un mínimo análisis debemos dejar en claro que si bien, gran parte de la culpa de esta situación la tienen quienes ejercieron en determinados momentos – o ejercemos en la actualidad -, los diferentes estratos de conducción dirigencial del quehacer político en sus más variadas manifestaciones, cierto es, por otro lado, que a la sociedad en su conjunto le cabe también un grado importante de esta culpabilidad. En la medida que la falta de compromiso ciudadano se profundice, mayor será la crisis. El mirar para otro lado, dejando que las cosas que nos afectan sucedan con total normalidad, no es ni será para nada beneficioso. Lamentablemente el individualismo ha llegado, con su espíritu contaminante, a una de las artes más valiosas e importantes en la historia de la humanidad, la política.
Asistimos en los tiempos que corren al embate propio de una sociedad en plena dinámica donde existe un quiebre de valores altamente perceptible. Se aprecia que anida en el seno social un descreimiento generalizado respecto de las instituciones y en quienes son (y hoy somos) los encargados de conducirlas. Además, la terminología “corrupción”, como denominación y espíritu, se ha vuelto moneda corriente en los diferentes ámbitos de nuestras vidas (ya sea como “corrupción moral”, “corrupción intelectual”, “corrupción política”, etc.).
Dicha “corrupción” tiene protagonistas resistentes al cambio que la sociedad reclama y que impiden el saneamiento necesario de las instituciones. Porque las vastas promesas incumplidas, la pérdida del valor de la palabra dada y el incumplimiento de los compromisos asumidos, han hecho mella en los mas variados estratos sociales del pensamiento y sentir ciudadano. Se tiene la sensación colectiva que la corrupción y la impunidad permanecen con gente aferrada a sus cargos y se lamenta la imposibilidad de revertir esta realidad.[1]
La situación socio-política en la que nos encontramos no es un designio fruto del azar, si no por el contrario, motivo de un sin números de sucesos acaecidos que condicionaron, junto con el accionar de quienes detentaron el poder en las diferentes etapas de la vida política reciente, la aparición, en el teatro de las operaciones de los partidos políticos, de la deslegitimación de la política y la crisis de representatividad de la misma.
Este momento de nuestra historia está marcado por la sensación generalizada de abatimiento y desilusión política; lo que hace pensar que nos encontramos en un escenario realmente crítico. Hay quienes ven en la realidad mundial la respuesta a nuestra situación, pretendiendo justificar de esta manera nuestro contexto actual, alegando que en otras latitudes también existe una proclive inclinación hacia el desencanto político, además de la falta de trabajo y la marcada diferencia entre ricos y pobres. No es descabellada dicha apreciación. Pero lo cierto es que, independientemente de lo que acontece en el mundo, los responsables de lo que ocurre o deja de ocurrir en nuestro país somos nosotros, los argentinos.
Vivimos en una sociedad en la que la primacía de lo económico, sin un marco de referencia a lo social y al bien común, pone coto a las diferentes manifestaciones del pensar ideológico; llevando a una marcada inexistencia, o bien a una mínima ubicación espacial, el debate político hoy más que nunca necesario para analizar esta realidad. De la crisis del concepto de “político”, y de todo lo que tenga que ver con la deslegitimación de este accionar, se desprende la siguiente apreciación: “que, quienes dicen estar disconformes con la situación actual, están medianamente informados de las consecuencias ocurridas por ésta, como lo son la exclusión social, la brecha creciente entre ricos y pobres, el crecimiento de la marginación, la inseguridad, la corrupción, la violencia social y familiar, las falencias en la educación y en la salud pública, etc”. Asimismo, teniendo por conocido este contexto social, no hacen nada (o hacen poco) por contrarrestarlo, ayudando de este modo a profundizar la crisis repudiada por ellos; a las claras está que un gran problema los es también la falta de participación y de compromiso ciudadano.
Además por la lógica extensión en el tiempo y por su intensidad, el conflicto de la escala de valores que sufre la dirigencia y su resonancia en las instituciones hace peligrar nuestra identidad e integridad como comunidad. Por otro lado los partidos políticos, aún siendo consagrados en nuestra Constitución Nacional, han arribado a un punto en el que su existencia se ha ido desdibujando, puesto que no se percibe con claridad en ellos una adecuada escala de valores que los rijan. Ya no son las escuelas, por excelencia, de civismo que supieron ser para sus afiliados; tampoco aquellos que supieron escoger a sus mejores cuadros políticos para la consecución de los diferentes cargos públicos.
Toda esta dinámica social y política ha dejado como consecuencia una gran realidad insoslayable, una gran deuda, la deuda social; una gran masa está creciendo día a día, la de los marginados. El problema pasa a ser mas grave aún, puesto que hace un tiempo se hablaba de altos índices de pobreza, hoy se habla de la pobreza y los elevados indicadores de marginación. Las consecuencias comienzan a medirse en millones de hogares por debajo de la línea de pobreza, con una indigna sensación de humillación, confusión y desconfianza.
Este no es un problema solamente estadístico, sino ante todo humano. La falta de compromiso solidario y de un diálogo permanente, propio de la vida en sociedad, nos ha hecho mucho daño. Este compromiso aludido lo es faltante, no solo en la dirigencia en su conjunto si no también en la ciudadanía toda. El hecho que nos acostumbremos a vivir en una sociedad a la que le falte equidad social, y en donde los excluidos sean una constante, es una gravísima falta moral que no nos podemos permitir como personas. Lo único que se logra de esta manera es atentar contra la dignidad del ser humano, poniendo también en compromiso la necesaria armonía y la anhelada paz social. La crisis de representatividad política existente hace que los que más pierdan y sufran con todo este gran problema político-social que nos aqueja sean los pobres y los marginados. Hay una simple expresión popular que expresa y resume en gran medida lo que ocurre “el hilo se corta siempre por lo más delgado”.
Debemos luchar para que el accionar político sea la defensa férrea de la dignidad humana, la tutela de los desprotegidos y la clara lucha contra la marginación y la pobreza. Brindando un mensaje plenamente claro, donde no se combata erróneamente a los pobres y a los marginados sino a las causas que generan dichas condiciones de vida. Este tiempo viene cargado con la premura de repensar nuestro presente, y por sobre todas las cosas, recapacitar sobre nuestro futuro, teniendo en cuenta también la suma importancia de nuestro pasado; aprendiendo sobre las enseñanzas que nos brinda nuestra historia.
Será tarea de todos comprender que en la evolución histórica, la acción política constituye un poder que organiza la comunidad para orientar lo social, en los términos que mejor satisfagan las aspiraciones generales. La esterilización de esa acción política, en los últimos tiempos, por la afanosa búsqueda personal y sectorial de poder y riqueza deberá arribar a su fin. Esta etapa deberá estar dada por el fortalecimiento de los lazos solidarios y la construcción de un mismo destino histórico. Si logramos en forma conjunta conseguir un punto de cohesión y proyección social que permita el mejor desarrollo del ser humano y su dignidad, estaremos ejerciendo “la política”; y habremos encontrado una “unidad de acción”, lo que nos permitirá revalorizar y reposicionar el concepto de “política”.
Para revertir la crisis de la representatividad política, debemos luchar para que se vuelva a reconsiderar la relación “ética” entre fines y medios, y ubicar de una vez por todas al ser humano “como la medida de todas las cosas”, destacando así, el ideal del bien común, y la necesidad de construir una comunidad guiada por la justicia y la igualdad. Sin exclusiones, sin marginados. Pienso que ha llegado el tiempo de lograr consensos que fortalezcan los lazos de pertenencia solidaria y la proposición de acciones que generen esperanza en todos. Necesitamos recobrar el valor de la palabra dada y el cumplimiento de los compromisos asumidos. Ha llegado el momento de recuperar nuestro espíritu de grandeza, promoviendo la justicia y la tutela de la dignidad humana. Por eso, debemos aspirar a consolidar el gran valor fundamental de la justicia, para que se respete la ley, se fortalezcan las instituciones y se consolide una democracia fundada en los valores de la verdad y la vida, de la justicia y la solidaridad, del amor y de la paz.
[1] Conferencia Episcopal Argentina en “Recrear la voluntad de ser Nación”, Of. Del libro, Julio de 2003
