En 1885, el abogado y escritor catalán Celestino Ballarat y Falguera publicó «Principios de Botánica Funeraria», un original tratado de jardinería en el que argumenta el papel fundamental del simbolismo de los vegetales en los cementerios y describe las especies más idóneas para el diseño del jardín funerario. No hay documentación que avale la idea que este tratado fuera usado durante la planificación y construcción del predio pero no cabe duda que fuera la base para el diseño arbóreo del Cementerio de Concepcion del Uruguay.
Muy variada es la flora que encontramos, sin dudas la especia más conocida popularmente es el ciprés, por esa frase tan mundana de –“Algún día vamos todos pa´ los cipreses”-
El ciprés común (Cupressus sempervirens) es un árbol original por sus rasgos ya que tiene forma “fastigiada” (columnar), ha sido considerado desde la antigüedad un emblema vegetal de hondos significados, es el árbol típico de los cementerios, también es frecuente verlo en monasterios y jardines, es una conífera cupresácea de tamaño medio (20-30m de altura) originaria del Mediterráneo Oriental.
En Grecia y Creta, sus tierras oriundas, se ha interpretado como un magnífico símbolo de la inmortalidad por su longevidad, el verde perenne, la solemne verticalidad con la que se enfila hacia el cielo y la fragancia de la madera lo elevó a emblema espiritual.
El uso de este árbol en los cementerios guarda en su origen un romántico mito: Cipariso era un joven bellísimo, amado por el dios Apolo, habría sido amado también por el dios Céfiro y, según la tradición latina, por Silvano, el espíritu tutelar de los bosques, aunque sólo el dios Apolo habría logrado el amor del muchacho. Apolo le regaló a Cipariso uno de sus ciervos sagrados, consagrado a las ninfas, que desde entonces se convirtió en el fiel compañero del muchacho. Cipariso adornaba las astas de oro del animal con guirnaldas de piedras preciosas, que también colgaba de su cuello. En cierta ocasión, Apolo regaló también a Cipariso una jabalina para cazar, pero el joven, al intentar cazar otro ciervo, mató por error al suyo. Fue tan intenso el dolor del muchacho por la pérdida del animal, que pidió al dios Apolo que le permitiera llorarlo para siempre y que sus lágrimas fluyesen eternamente. El dios aceptó su súplica y lo convirtió en ciprés, el árbol de la tristeza, el dolor y el duelo por los seres queridos, consagrado desde entonces a los difuntos.
En este tratado, Ballarat y Falguera, define que el lugar de reposo para los muertos ha de presentar un aspecto semejante a los bosques sagrados de la antigüedad, que reproduzca el efecto de los espectáculos naturales, donde los vegetales hablen al corazón de los visitantes. Fundamentado en la tradición popular, la simbología clásica y el conocimiento de los cementerios antiguos y contemporáneos, el tratado expone las especies idóneas en función de su adecuación a la poética y comunicación que debe primar en un jardín funerario.
Tanto el color, la forma, la altura, la perennidad, la fragancia y la disposición de los vegetales deben inspirar sosiego, paz y consuelo al dolor de los deudos.
Texto extraído del libro, aun sin publicar, «CEMENTERIO DE CONCEPCIÓN DEL URUGUAY, mitos, leyendas y verdades construidas». Coautores: Virginia Civetta , Carlos I. Ratto y Ana Maria Almeida.

