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Muchos años después (Editorial en una foto)

KODAK Digital Still Camera

Muchos años después, frente a las cámaras de televisión, Daniel Santoro había de recordar aquella tarde remota en que su trayectoria lo llevó a recibir este premio. La foto en blanco y negro lo eterniza: su mano se entrelaza con la de Gabriel García Márquez, que mira a cámara con sonrisa realista y mágica; el Nobel porta impecable saco blanco, casi un cliché caribeño de cine yanqui; el muchacho, traje oscuro y un peinado abultado que incluso para los noventa era un exceso. 

Tal vez no se ha rozado lo suficiente con el mundo, quizás no se sacó del todo su Avellaneda, la que, para cuando nació en el ´58, era todavía un músculo de energía y de industria, una sirena llamando a los obreros de la Masllorens y La Negra; por ahí, porque todavía porta un poco de barrio, se ha presentado a la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, con trazas de potrero, y de allí que mire más bien serio a la cámara, y con ese ridículo batido en la cabeza.

Para cuando la maquinaria del prestigio lo alcance y sea un consagrado más en la línea de montaje, los premios María Moors Cabot, el Rey de España y el Konex de Platino, le achatarán el peinado y lo sujetarán al sistema. Y ya no sabremos si cuando acompañó en el ´82 a Nora Cortiñas hasta la Mansión Seré, era otro. Porque al fin somos lo que el mundo hizo con uno, y las tentaciones que uno no fue capaz de rechazar.

El reconocimiento divide a la humanidad en importantes y giles. Los del bando desfavorecido, por un tiempo se quejan de su suerte y se preguntan por qué no respondieron a ese guiño del diablo, hasta que hacen las paces con el universo y se las arreglan con esa comedida que es la dignidad. Los importantes, como Santoro, se sientan en el sillón Raúl Scalabrini Ortiz de la Academia Nacional de Periodismo, y respiran importancia, sudan importancia, cagan importancia.

Escriben notas con Wiñazky, se sacan fotos con Magnetto, comparan su auto con el de Lanata, y cuando cumplen sesenta años, hacen una fiesta de disfraces a la que invitan a Marcelo D´Alessio. Entonces, se dan cuenta de que en ese camino asfaltado por el éxito, en esa cuesta arriba hacia la notoriedad, algo salió mal.

Por: Carlos Balmaceda.

(fuente: http://www.revistainsomnio.com)

 

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