Rezos de tormenta
Dominga Ventura soñaba con tormentas porque las tormentas atormentaban su razón. Cuando llegó otro amanecer con estruendos que venían de lejos y un viento que silbaba como mil serpientes sobre plantas y árboles, su mano entorpeció el mate que ya estaba con ella. Los relámpagos acompañaban la furia del agua y zambullían eléctricos roces en los baldes del patio. Conocía muy bien esos erráticos vendavales. Uno de ellos la dejó sin padre a los once años, cuando el alero del rancho cayó hacia adelante y se partió con un ruido chiquito provocando la caída del techo. Maderas, pedazos de lonas y paja brava lo envolvieron mortalmente sin que pudiera salir a cortar la tormenta con su facón como otras veces. Lloraba el perro acompañando el desastre de esa noche sin ayuda. Por eso ella espiaba y espiaba el horizonte cuando algunas nubes mal intencionadas rodaban hacia el ocaso o cuando en lo profundo del sueño un trueno le golpeaba el pecho. En esas ocasiones de sombría noche, mínima y temblorosa, cada vez más desvalida, perseguía aureolas de santos prometiendo sus macetas de geranios y sus petunias de primavera. Un silabeo de rezos salía de su boca esperando que las viejas chapas tuvieran el coraje de siempre y no volaran hacia las casillas vecinas.
SusyQ julio 2022