La brasilera
Por Susy Quinteros –
Todo escuchaba ese ir y venir por galerías y trancas de noches sin miedo. En su pueblo de cercana estación, el tren saludaba a jóvenes paseantes domingueras, las esperadoras de novedosos rostros, mientras los perros compartían el bullicio del andén correteando entre zapatos con tacos. La italiana extranjería de su madre le dio la vida en campos del Brasil, pero su hogar estuvo más tarde en Argentina, con provincia rumorosa y sencilla villa con iglesia y plaza florida. Ella fue madre de rodete gris, sonrisa fácil, corazón de pan. A pesar de los años, aún la veo con su taza de amor en las manos y un andar diligente que dejaba color en las almohadas, bordados en manteles y agua fresca en el plantío. Llegaba precedida por una juguetona canción que bailaba en sus ojos. En el grifo del agua lavó la muerte del marido y los hermanos y la despedida de los hijos que buscaron sus propios rumbos. Tintineó el silencio en las copas del aparador y una finita pena cayó en sus plantitas de cedrón. Cuando a ella la llevaron hacia el Arcángel San Miguel, el santo de bautismos, casamientos y sepelios, las descascaradas paredes de su iglesia saludaron lo definitivo. Las flores del jardín ese día no abrieron sus pétalos.
