Por Susy Quinteros –
-Mirá, mirá como se viste. Ese anda en algo raro- decían cuando lo veían pasar enfundado en ropa negra con tachas, desprolijo, lleno de pulseras de colores en las dos muñecas, con el pelo estilo gallito y la elevada estatura de sus dieciséis años recién cumplidos. Muy callado, se deslizaba por la entrada con el sigilo de los que se sienten observados y provocan, pero aterrado a su vez de los comentarios o de lo que pudieran pensar. La rebeldía venía de adentro y de lejos, desde sus once años, cuando de pronto su mamá se enfermó. A partir de ese hecho se adornó con apatía, una muralla que instaló en su alma para no gritar ante la tamaña injusticia de su joven vida. Enriqueta Morana, su madre, profesora de letras, se casó con Esteban Denardi, un arquitecto devenido en profesor de plástica. Unieron sus vocaciones y trabajos en los colegios, pues fue justamente en un colegio donde se conocieron. Llegaron al edificio un domingo. Los ascensores en reparación no funcionaban, sólo los gatos se estiraban al sol y para colmo debían ocupar un departamento del piso diez. En algunas puertas la muerte llama pronto. Así ocurrió con los Denardi. En pocos meses, dos chicos sin madre y un hombre joven sin esposa, tuvieron que tratar de seguir con sus obligaciones y esfuerzos. El paso a la secundaria ya comenzó a complicarse para el raro. La inteligencia era lo de menos, le sobraba, pero el estudio fue otra cosa.
“Materias, materias que me llevo y con cada materia le pincho un ojo, el centro del ojo a los profes y a mi padre. Ahí duele, y ahí va. Que se encargue mi hermana de cuidarlo, ella se puso en el lugar de mamá, pobre tonta, como si alguien pudiera ocupar su lugar, y menos él que se cree ahora tan capaz de educarnos. ¿Por qué no la cuidó? ¿Por qué ella trabajaba tanto? Porque él es un infeliz, un idealista flojo y no le daba el cuero. Y ahora que nos parta un rayo, el rayo más grande que andaba por el cielo, por acá cayó. Y no estudio nada, yo toco la guitarra con los chicos, nada más, para eso soy bueno, y para conquistar a las minitas del colegio, y tomarme unas buenas cervezas, cada vez más cervezas. Y qué me importa, me visto punk, negro como las noches que lo son, y de paso los asusto y lo desconcierto al jodido, que ya no sabe como tratarme, porque yo hablar no hablo, y para decir qué, que me devuelvan a mi vieja, y punto. Y todos los puntos, los infinitos puntos de esta bronca que no me deja en paz, y mi hermana la buenita que lo cuide, yo me voy, con las botas negras y grandes, yo me voy, y con mis muñequeras de cuero, mi pelo, mi sudadera yo me voy…”
