Por Susy Quinteros –
En noches largas yo leía historias de mujeres románticas, ciegas de amor, destinadas a una realidad que las llevaba a abandonar maridos, hijos y una vida rica y confortable. Trataba de entenderlas y vestir sus riquezas. Mi imaginación iba con Ana Karenina por códigos secretos, noches de ópalo y diadema, reverencias falsas y pieles nobles de una Rusia cubierta de nieve. Había ceremonias de estuco y pedrería en todas las fiestas. Junto al tedio del escote la juventud del Conde Bronsky llegó con mazurca y seducción. Desde las torres de Moscú cayeron botones de culpable duda. El sentido del tiempo fue una línea hacia rumores de conciencia y sombrillas con suspiros. La ópera afinó su garganta de princesa. En los collares triunfó el amante con triunfo de paloma. Volaron los carruajes del destino hacia tardes con cintas. San Petesburgo fue gorra militar, botas con crespones, chaqueta con felices botones. El tiempo acuñó heraldos de engaños, negras luciérnagas y victimarios celos. Ana Karenina viajó en un tren de eternidad que escribió en las vías una dolorosa historia de amor.
