TRASCENDENCIA [1]
Por Rodolfo Oscar Negri –
La única certeza que tenemos los humanos es que morimos. Todo lo demás son especulaciones que van de la mano con la propia evolución de la mente y los conocimientos que se han sucedido a lo largo de la historia.
Claro está que lo que no podemos explicar nos da miedo y el desaparecer para siempre es tal vez el temor mayor, por eso tratamos de buscar la manera de darle sentido a nuestro paso por el mundo y a lo que viene después (si es que viene algo).
Así que, por un lado, desde las más antiguas creencias, se ha tratado de encontrar una explicación o una historia o una teoría o una creencia o como se lo quiera llamar a un relato que habla de que seguimos vivos después de muertos.
Para los que no creen o tienen otro tipo de teoría, no solamente aparece una narración sino también una explicación desde el punto de vista científico: la supervivencia se da a través de la descendencia. La ciencia aporta, desde la genética, a esta teoría.
También existe otra trascendencia que ya no se da a partir de la muerte, sino de la vida. ¿Cómo se puede dar fe de la propia vida si no podemos compartir con otro que se haga consciente de nuestra existencia? Por eso, el ser humano necesita estar en sociedad, para que el “compartir” de sentido a la vida y que –de alguna manera- posibilite el que tengamos receptores de lo que nos pasa. De nuestros sentimientos, de nuestras ideas, de lo que vivimos todos los días, etc.; ya que todo eso es la prueba misma de que estamos en este mundo.
Por eso tener un interlocutor es parte de lo que prueba nuestra presencia.
Por eso, también, hay cosas que resultan totalmente insólitas e –incluso- parecen totalmente cómicas.
¿Por qué digo estas cosas?
Hoy la fui a visitar a mamá. ¿sabes lo que me pasó? Te cuento.
Ella vive en un edificio de alto. De esos modernos conventillos que parecen pajareras, donde se comparte todo, porque las paredes parecen de cartón.
Después de tocar el timbre y mientras me encontraba en la puerta de su departamento esperando que me habrá la puerta, escucho –en la vivienda de al lado- con toda claridad la voz de la vecina. Ella estaba relatando problemas amorosos con su novio; giro la cabeza y alcanzo a ver por la ventana a la muchacha que se quejaba amargamente.
Mamá no salía y eso me llevó a concentrarme más en aquel discurso extraño.
Hablaba de sus problemas de relación, de sus diferencias. Le contó (a un interlocutor que yo no alcanzaba a ver), con lujo de detalles, la cena que habían compartido con su pareja la noche anterior y que había finalizado en una fuerte discusión. Detalló el ríspido diálogo y los insultos en lo que se había terminado convirtiendo aquella situación y la separación posterior.
Seguramente mamá había salido a realizar algún mandado y no estaba (por eso no me habría), no obstante no me movía del lugar porque aquella situación que ocasional y accidentalmente me tenía como testigo oculto, me había atrapado y la pena de aquella mujer, a la que solo veía a través de una ventana, me conmovía.
Ella le habría su corazón a alguien que la escuchaba. Al comienzo pensé que sería un familiar, pero me llamaba la atención de que el interlocutor no le brindara una palabra de consuelo o –al menos- no se le acercara a darle un abrazo que la calme y consuele.
Tal vez fuera una amiga o amigo, o quizás un compañero de estudio… De todas maneras, era una actitud muy fría, ante el cuadro que tenía enfrente.
Entonces traté de visualizar mejor para ver cómo era el acompañante de la joven doliente.
No creas que mi intención era espiar, porque no lo era; pero me sentí –de alguna manera- así. Como un invasor, un intruso que se inmiscuía en algo que no le correspondía.
Pero, uno tiene sus emociones y la pasión del drama me impresionaba absolutamente.
Entonces lo vi.
¿sabes a quien la hablaba?
¿a quién le contaba su tragedia?
¿a quién hacía partícipe de sus penas?
¿a qué no?
Jamás lo adivinarías.
¡Al gato!
A un gato… por Dios –me dije- ¡cuánta soledad! ¡pobre desdichada!
Los gatos son conocidos normalmente por dos cosas: su personalidad independiente y su fuerte carácter. El gato es egoísta, manipulador, infiel, frío… bicho de mierda, si los hay…
La veía llorar y sentía una profunda congoja por ella.
¿Debería haber llamado a su puerta para tratar de consolarla?
Si hacía eso ¿Cómo le explicaría que había escuchado todas sus penas como el ladrón de la intimidad de una vida ajena?
Me sentí desubicado. Fuera de lugar, pero –además- inútil, inservible.
Di media vuelta y –en el mayor silencio- me retiré de allí.
No podía estar presenciando más (aunque no fuera visto) aquella situación, porque me había afectado tanto que yo mismo la sufría.
Me fui.
Caminé lentamente las pocas cuadras que separan aquel lugar de la Plaza Ramírez, bajo un cielo plomizo soportando una tenue llovizna y por más que trataba, no me podía sacar de la mente la escena de aquella joven mujer destrozada contándole sus emociones, pasiones, afectos, dolencias, sus penurias, sus desvelos y sus cuitas… a un gato. Un gato que la miraba desde lejos, fríamente, como si fuera un mueble más.
Así de mal llegue a casa: mojado y agobiado, y por eso te cuento lo que te cuento.
En fin… que cosas que tiene la vida ¿no?
Muchas veces no nos damos cuenta de lo afortunados que somos.
En ese momento respiré profundamente.
¿sabes lo que voy a hacer?
Me voy a dar una ducha con agua caliente para cambiar la temperatura de mi cuerpo y de paso a ver si me puedo aflojar un poco. Me va a hacer muy bien.
Además, voy a tratar de pensar en otra cosa.
Tengo que tratar de pensar en algún momento lindo de mi vida y borrar aquella patética imagen.
¿te parece?
Bueno, ahora andá a la cucha que en un rato te llevo el alimento.
[1] Este cuento fue elegido por Editorial Dunken para integrar la Antología “Voces Cruzadas” 2018, publicación del proyecto ROI (Recepción de Obras Inéditas).
Este cuento forma parte del libro «¿Te cuento un cuento?» de Rodolfo Oscar Negri, editado por Editorial El Miercoles en febrero de 2020
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 28/8/2022