RETRATO DE FAMILIA
por Rodolfo Oscar Negri –
En algunos cuentitos anteriores ya les he contado sobre él. El “abuelito Manuel”, Don Manuel Álvarez, Manolo. Un asturiano bajo, de espaldas muy anchas, cabezón, pelado y con una barba blanca que le llegaba casi a la mitad del pecho. El decía que una gran inundación había hecho un desastre tan grande que le había quitado el pelo de la cabeza y se lo había puesto en el mentón. Vestido de traje siempre (el chaleco era infaltable), se apoyaba habitualmente en un –para mi hermoso- bastón de caña. Tenía la costumbre de tomar leche a toda hora, acompañando a los platos más extraños y pesados (desde chorizos colorados, con cebolla y huevos revueltos fritos, todos juntos en una enorme sartén), que él mismo se cocinaba. Decía que era una costumbre que le había quedado de haber trabajado en las minas, allá en Asturias.
Así era mi abuelo, el único que conocí. No sé si me tomaría mucho en cuenta, pero yo lo adoraba. Disfrutaba el solo mirarlo. Escuchar sus cuentos era una de mis debilidades.
Recuerdo que cuando le comentaba eso a mamá, ella me decía:
- Vos pensas así porque no lo conociste de joven…
Y dejaba su comentario ahí inconcluso, sin terminar. Jamás me contó nada malo del abuelo, tal vez para que ninguna sombra entorpezca la visión que tenía de su padre que, evidentemente, no compartía.
Alguna vez, llegue a escuchar esta historia que lo ponía en sus años mozos, de la cual no era destinatario pero a la que sume mis oídos como un polizón.
La familia, una pareja y nueve hijos, había cruzado el océano desde España a comienzos del siglo XX para radicarse en Zárate. Allí nacieron los dos últimos vástagos. Contratado por una fábrica de explosivos, el abuelo –experto dinamitero- tuvo un lugar donde encontró un buen vivir y eso invitaba a seguir procreando.
Esa era la época en que había un Jefe de la Familia, que era el señor de la casa, su palabra era ley para todos sus habitantes y nadie se atrevía a discutirla.
No puedo olvidar que alguna vez escuché la peculiar forma de impartir justicia que tenía. Cuando alguno de los niños cometía alguna travesura, no averiguaba quien había sido, sino que castigaba a todos por igual. ¿El resultado? Todos los hermanos se cuidaban entre sí, para que ninguno cometiera falta alguna, porque si no sufrían tanto culpables como inocentes.
Demás está decir que no reinaba el respeto, sino el miedo.
A poco de llegar a la Argentina, vino un nuevo miembro a integrarse a los Álvarez.
En eso estaban cuando transcurrió este cuento. Casilda, que así se llamaba mi abuela, había terminado de parir su primer hijo argentino y el décimo de sus alumbramientos. Vale aclarar que, por aquellas épocas los nacimientos ocurrían en las casas de familia y la parturienta estaba rodeada en la ocasión por la comadre (algo así como una partera o un ginecólogo, pero hecha a través solamente de la experiencia), madres -si las había, hermanas, primas y otras parientas; ayudando y participando todas del acto. El resto de la familia esperaba afuera. En aquella ocasión nació un varón y casi de inmediato, todas comenzaron -alegres y entusiasmadas- a proponer nombres para el nuevo integrante de la familia.
- Pongámosle Ovidio como el primo…
- Que no, que sea Luis, como el tío…
- No, que sea José Antonio…
- Por favor, deberíamos llamarlo Juan Alberto…
- Que no, que no, llamémosle Eduardo…
El barullo era muy grande y la discusión también, mientras el niño lloraba.
El cuento que me llegó es que en medio de aquella situación, don Manolo ingresó a la habitación furioso y con voz enérgica dijo:
- ¡Callaos todas, cotorras del demonio… Jodan, Jodan y Jodan que le pongo “Ladrillo”, coño..!, sentenció duramente.
El silencio fue inmediato porque sabían que era muy capaz de hacerlo y un frío se adueñó de toda la habitación.
Controlada la situación, don Manolo salió de la pieza anunciando a los presentes que estaban esperando novedades, puertas afuera, que había nacido un varón y que él se iba a anotarlo.
El corazón de todos se detuvo, porque nadie sabía que nombre le pondría.
Si bien no cumplió con su amenaza, el pobre bebé no se la llevó de arriba. Soportó estoicamente durante toda su vida el nombre de “Isolino”.
(1) Esta cuento está incluído en el libro “Historias de la Rys y otros cuentitos” de Rodolfo Oscar Negri, editado por Editorial UCU en diciembre de 2014 y vuelto a editar en diciembre de 2020.
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 19/2/2023