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Literatura, la Hora del Cuento: Orlando Van Bredam

villa san marcial gobernador urquizaConvalecencia. 

Por Orlando Van Bredam     –    

Escucho en esta sala los ronquidos de un hombre que agoniza. Vienen de la cama que está a mi izquierda y que no puedo ver. Sé que son los de un moribundo porque recuerdo otros parecidos. Es de noche, los dos estamos en terapia intensiva, nos separa una cortina blanca. El ritmo de los ronquidos en este silencio apenas interrumpido por las voces leves de las enfermeras ya  no me molesta y me vuelvo a dormir.

Cuando despierto, los ronquidos siguen con la misma intensidad. Sospecho que hay  otros enfermos en este lugar porque me llega la tos seca de un  paciente y los pasos de alguien que se detiene y levanta una cama que rechina y que está  ubicada lejos de mis pies. No estamos solos, aquí debe haber no menos de diez personas acostadas que esperan seguir formando parte de la vida.

Esta noche es la primera vez que sé dónde estoy y empiezo a recuperar información sobre lo que me pasó. Nadie me la da, simplemente como un agua antojadiza,  vuelve a ocupar los casilleros vacíos de mi cerebro.

Es este silencio blanco, aséptico, el que pone de relieve los sonidos. En otro momento y en otro lugar, no los tendría en cuenta. Aquí sí, aquí son la banda sonora de mi convalecencia.

Escuché durante mucho tiempo  los ronquidos de mi suegro antes de morir. Más que ronquidos, parecían quejidos roncos, quejidos profundos, dolorosos y lastimeros como chirridos del alma. Quejidos que se apagaron después de ocho horas, al mediodía del diez de enero y al apagarse, volvieron a ser nítidos el zumbido del split en la habitación de la clínica y los murmullos de la gente en los pasillos. Estuve a su lado todo ese tiempo con una novela en la mano, una novela cuya trama hoy me resulta imposible recordar. Cada tanto, observaba el goteo del suero y el cuerpo inmovilizado y reducido por su gravedad. Cada tanto, volvía a las páginas del libro y leía. Cuando terminé la novela, “La ninfa inconstante” de Guillermo Cabrera Infante, a las doce en punto, cesaron los ronquidos. Dejé caer el libro en una silla, me puse de pie, controlé el pulso y llamé a la enfermera.

-El abuelo murió-dijo sin conmoverse.

Escucharé al volver a la casa de mi hija, dentro de unos días, las risas y los gritos de mi nieto que me pedirá que lo alce y me dará dos golpecitos en la cabeza rala con su puño izquierdo como si se tratara de una fruta hueca. Busca sonidos en todas partes, el mundo para él es una melodía congelada a la que hay que despertar con golpes rítmicos, a la que hay que oír con la atención precisa.

El no sabrá que su abuelo aún está convaleciente, que tendré  dificultades para caminar. Lo escucharé reírse y lo veré caminar a mi lado. Está aprendiendo a caminar y yo no seré el mejor ejemplo. Adelantaré con temor mi pie derecho y arrastraré el izquierdo hasta que se encuentren. La pierna izquierda no tiene ni tendrá fuerza, me dijo el médico, las primeras semanas. Por eso me sugiere que la arrastre hasta recuperar la memoria muscular. A mi lado, Gael hará lo mismo.

-No, tonto, así no se camina-le diré y no podré evitar reírme.

Le diré  a mi hija que no voy a salir con Gael hasta que yo  no camine normalmente. Nos sentaremos a escuchar música, solamente eso.

Cuando despierto, ya no escucho los ronquidos del hombre. Son las siete de la mañana. Lo sé porque la enfermera desliza con un chirrido tímido, la mesita en la que llega mi desayuno. Un té con leche y dos tostadas. La escucho preguntarme cómo amanecí. Bien, le respondo. Después, descorre la cortina que me separa de mi vecino y lo veo. Es más o menos de mi edad. Nos miramos. Me reconoce, yo no.

-Hola, Osmar- dice sin entusiasmo.

-No te recuerdo-le digo.

-Soy el Negro Almirón.

-¡Ah! Sos vos, hace mucho que no nos vemos- explico.

-¿Qué te pasó?- me pregunta.

-Un ACV. Leve. Abusé de la sal y los salamines.

-¿Salamines? Sos boludo vos, a nuestra edad, ni salamines ni aceitunas – me reta.

-¿Y vos?

-Volví a fumar. En Buenos Aires me limpiaron los pulmones y la sangre, me rectificaron a nuevo, pero el puto vicio…

-¿Sí? Entonces vos sos más boludo que yo- me desquito.

Esta tarde me sacaron de terapia intensiva y me llevaron a una habitación común. Pueden visitarme todo el día. En terapia sólo de cuatro a seis de la tarde. Han venido mis amigos de siempre. También mis alumnos. Gabriela y mis hijos, no dejan de hacer trámites ante la obra social para los futuros estudios y la rehabilitación kinesiológica.

Desde esta habitación, escucho los ruidos de la calle. Una moto, dos autos, una cuatro por cuatro. Todavía mi memoria auditiva me permite estos deslindes. Los tacos incómodos de una mujer, seguramente muy joven, que no puedo ver, las conversaciones exaltadas de dos o tres adolescentes de regreso de la escuela, el ulular lejano de una ambulancia.

-Todo lo que sucede, no sucede en la realidad o en los informativos, sólo sucede en nuestro cerebro, él le da la verdadera dimensión a las cosas-me explica el doctor Madariaga, en diciembre de 2013, mientras mira los estudios que me han hecho a raíz de una isquemia que he sufrido unos meses antes. Le doy la razón. En mi caso, sobreviven más las palabras y los gestos humanos que los lugares, poca información me queda de Villa San Marcial  y si perdura es porque allí hubo alguien que dijo algo que me atravesó para siempre.

Cerca de la casita blanca de mis abuelos estaba la herrería de Carlos Brodem, un hermano mayor de papá, todavía escucho el martillo que hace temblar al yunque,  un poco más lejos la oficina de correos que atendía Luis Enrique, casado con mi prima Cuquelle Sturn, que murió cuando se le licuó la sangre de tanto consumir aspirinas.

Hacia el otro lado, está la fábrica de alpargatas “Urquiza” cuyo slogan grita “Con alpargatas Urquiza/ caminar es una risa”. Pertenece a los hermanos Horn y la mayoría de los vecinos que todavía quedan en la villa, trabajan ahí. Algunos optan por llevarse el trabajo a sus casas. La mujer de Carlos Brodem empaquetaba alpargatas y zapatillas cuando los visité en 1994. Recuerdo que me dijo: “la fábrica es lo único que nos queda. Nos llevaron el ferrocarril, el campo está fundido, la leche no vale nada,  los hijos se nos van y los nietos son unos desconocidos”.

También perdura, altivo, el escudo del Club Sportivo Villa San Marcial. Allí jugaron al fútbol todos mis tíos. Al que mejor recuerdo es a Mickey, un puntero habilidoso y rapidísimo, también a Juancho Heichron, que se desempeñaba como defensor y que se casó con mi prima Beba. Tenían una camiseta a rayas blancas y negras y más de una tarde de domingo, mientras consumía cucuruchos de girasol, festejé sus goles. La villa tenía un solo equipo, no daba para más, de modo que un torneo debía incluir a otros cuadros de la zona. En mi regreso durante el centenario, quise saber qué había sido del local del club. Y allí estaba, como siempre. Y como siempre, como si el tiempo no existiera, en la misma mesita del fondo, encontré a mi tío Esteban Sturn, con más de noventa años, que sostenía como todas las mañanas de su vida, un vaso de aperitivo Lusera.

-¿Qué vas a tomar?- me pregunta cuando me reconoce y con esa pregunta suprime los treinta años que no nos vemos.

-Una luserita-le digo y me sirvo una aceituna.

Me han apartado del Negro Almirón. Cuando salí de terapia intensiva, vi que le ponían de nuevo el respirador artificial, y casi enseguida sentí sus quejidos. Ahora, preocupado, le pregunto  a Gabriela si tiene noticias de su estado. Me dice que malas, que hace un rato llegó un cura. Seguro que para darle la extremaunción, digo. Es así, el cigarrillo no da una segunda oportunidad. Recuerdo dos novelas que leí el verano pasado que empezaban de la misma manera. Estaban narradas en primera persona y el protagonista luchaba por dejar de fumar. Una es un clásico de la literatura italiana, “La conciencia de Zeno” de Italo Svevo, la otra un thriller de Norman Mailer titulado “Los hombres duros no bailan”. En ambas, el cigarrillo vence.

¿Cuál es el primer recuerdo? ¿a qué edad se produce? El mío es, seguramente, aquel de los tres años y medio cuando mi madre abre la puerta de la casita y me dice, mientras sostiene un bebé en sus brazos:

-Llegó tu hermanito.

Entonces, yo, eufórico, con una euforia muy cercana al dolor, tomo el martillo del juego de herramientas que me habían regalado para Reyes y doy un golpe sobre el asiento de madera terciada de una silla y la perforo mientras grito:

-¡Qué lindo!

Como prueba, quedó ese agujero que los años nunca repararon. Lo recuerdo. Recuerdo las paredes sin revocar del frente de la casa, la silla barnizada, el patio breve, la figura del vecino, un hombrón de voz grave y bigotes anchísimos que atendía allí una peluquería, también la voz enternecida de mi madre con el anuncio y mi propia voz martirizada por lo mismo. Nada más, después de eso no hay nada. Ni siquiera el rostro de mi hermano.

Mi propio nacimiento es prestado. Está construido por las memorias cruzadas de mi madre y mi abuela Plutarca. Fui el primer niño de Villa San Marcial que nació en el pueblo con una cesárea. A esto lo confirma el doctor Martínez Peralta en una carta que me envió en 1994 desde Mar del Plata, donde vivía entonces. Había llegado hacía muy poco a la villa para iniciar como médico rural su profesión y debió decidir, ante lo complicado del embarazo de mi madre, esa riesgosa cirugía. Todo salió bien, según él. Sin embargo, mientras el médico asistía a mi madre, en esa noche tan fría del 23 de agosto de 1952, mi abuela me daba calor con su cuerpo para que la hipotermia no me matara. Según mi madre, mi abuela me envolvió en una frazada, me apretó contra su pecho y estuvo toda la noche hasta el amanecer, sola conmigo, mientras mis pulmones emitían un quejido agónico.

Según mi madre, fui un niño retraído, un niño abstracto. Decía que después de bañarme me colocaba en una silla alta, en la puerta de la casa, me daba una manzana y allí permanecía inmutable, ajeno al mundo sensible, como si no estuviera allí. Este modo de estar y no estar en el mundo es el que más ha sobrevivido en mí y es inevitable, vino con ese paquete de genes que los belgas, los tanos y los criollos enviaron al futuro.

La estación de trenes de Villa San Marcial se llamaba Estación Urquiza, porque en Entre Ríos, todo lo que se queda quieto o tiene nombre dudoso es rebautizado como General Urquiza, Francisco Ramírez o Delfina. Por eso, durante muchos años, mis padres decían “vamos a Urquiza” en lugar de “vamos a San Marcial”. La villa debe su nombre  a un emprendimiento agrícola que había allí. Sobre sus orígenes   se ha ocupado muy bien la profesora Stella Marys Goudard en su libro “Historia de una búsqueda o búsqueda de una historia” (1994). De todos modos, la estación de trenes tenía su encanto. Estaba al final de la calle ancha, a dos cuadras de mi casa. Casi nunca pasaba un tren y si pasaba, rara vez se detenía, pero la estación era también un lugar de encuentros. La gente se vestía para ir a ver el tren que pasaba rumbo a Buenos Aires. Antes y después de esto, las muchachas del pueblo lucían sus vestidos y peinados porque no había ningún otro lugar durante la semana para mirar y, sobre todo, ser mirada. Fue en la estación, un martes por la tarde, cuando mis padres se descubrieron. A la estación la descubrí cuando ya no vivíamos en la villa.

A los cuatro años, amanecí en Basavilbaso. Mi padre había decidido dejar al tío Esteban  e intentar abrir una carnicería por su cuenta en otra parte. Sostenía la idea de que cuanto más grande era una ciudad mejor iban a ir las cosas. Los Brodem, como muchos hijos de inmigrantes de la villa, jamás buscaron refugio en empleos estatales, para ellos, el Estado era algo lejano y sombrío que no les interesaba, a un hombre, a un verdadero hombre, sólo le bastaba su ingenio y su astucia para construirse un futuro seguro. Detestaban a los políticos, aunque mi abuelo Enrique, según mi padre, admiraba a Irigoyen. Los Colli, por el contrario, no desdeñaron la posibilidad de convertirse en ferroviarios después de que Perón comprara a  los ingleses, los deteriorados ferrocarriles como un modo de nacionalizar y controlar su tránsito. Mi abuelo Pablo pasó, en el cuarenta y cinco, de una simpatía irigoyenista a una devoción indeclinable por Perón y Evita.

Sospecho que mi abuelo, en esas caminatas, también me adoctrinaba. No recuerdo qué me decía pero algo debió decirme de un modo tan enfático que en setiembre de 1955, cuando cayó Perón, me atreví a salir a la vereda y gritar ante el paso de los policías que controlaban el estado de sitio:

-¡Viva Perón, aunque me corten la cabeza!

Era el grito desafiante de aquellos peronistas que se resistían desde las sombras. ¿De  dónde lo aprendí? Mi padre no sentía ninguna simpatía por el peronismo y mi madre era tan asustadiza y desprovista de ideología que jamás hubieran dicho esa frase en mi casa. Yo sólo tenía tres años y no recuerdo el episodio. Lo que sé, lo sé por mi madre. Ella aseguraba que lo dije y que debió correr, tomarme en los brazos y encerrarse con llave, mientras las calles pacíficas de Villa San Marcial eran recorridas por policías y camiones del ejército. Muchos años después, imaginé la angustia en casa de Pablo y Plutarca, mientras la radio era sacudida por marchas militares. Mi abuelo fue destituido como comisario, lo pasaron a retiro y  a partir de ahí, sobrevivieron con un sueldo miserable.

A los cuatro años, ya no estaba allí, sino en Basavilbaso. Mi padre abrió una carnicería por su cuenta al frente de una casa alquilada en la calle Uchitel.  A partir de aquí, mis recuerdos se vuelven nítidos y luminosos.

Mi rehabilitación es rápida, más rápida de lo que  esperaba. El médico clínico me deriva a una kinesióloga y la kinesióloga me envía a un gimnasio. Son cinco sesiones para empezar. El primer día llego con un bastón de mi suegra, el segundo sin nada. El tercero salgo del gimnasio y camino las seis cuadras que me separan de la casa de mi hija con un paso normal, firme, acentuado sobre el pie izquierdo que es el que debo recuperar. Erguido y con una marcha regular, regreso. El cuarto día repito la caminata pero observo al llegar al gimnasio que estoy mareado. Me controlan la presión y es baja, muy baja.

-Mejor- me asegura el profesor- cuando caminamos la presión naturalmente baja, por eso es el mejor ejercicio para los hipertensos como usted.

Hago veinte minutos de bicicleta, diez de cinta y el resto me dedico a manipular objetos hasta perder la dureza de la mano izquierda, hasta que los dedos recobren su memoria.

Mientras camino pienso en la fragilidad humana, en estos vaivenes de la sangre que nos condicionan, siento que soy, como todos, un animalito castigado, obligado a aceptar las hostilidades permanentes del mundo. Miro a los que pasan y los sospecho tan indefensos como yo, los imagino lidiando todo el tiempo con su cuerpo. Enojados con las carnes que desbordan, con las punzadas imprevistas, con el mal aliento, con ese estreñimiento que los obliga a permanecer más de la cuenta en el baño, con el espectáculo deprimente de verse envejecer cada día.

De pronto, en la multitud, emerge un cuerpo joven casi intacto y entonces uno se reconcilia con la naturaleza, con las formas y los olores con que la naturaleza se expresa todo el tiempo. Las ropas no disimulan las carnes que portamos, apenas las cubren. Bastaría imaginar desnudos todos los cuerpos que vemos en las veredas, para comprender a estos  mamíferos expuestos a toda su precariedad existencial.

La sonrisa de Gael al abrir la puerta me asegura, sin embargo, que todo tiene sentido.

Camino con Gael, el verano formoseño nos cocina apresuradamente a las diez de la mañana. Mi nieto de tres años lo percibe.

-¡Qué calor, abuelo!-me dice.

-Sí, mucho calor- le reconozco.

-Abuelo, ¿por qué no desenchufás el sol?

-Me encantaría pero no se puede-le explico.

-¡Sacale las pilas entonces!- me exige.

Para Gael, modelo 2011, el universo ha  dejado de ser natural como creíamos y se ha convertido en un sistema electrónico  al alcance de todos.

 

 

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