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Literatura, La Hora del Cuento: “LOS AMIGOS SON COMO LOS JUECES…

por Rodolfo Oscar Negri   –     

 … se hicieron para fallar”, dice un refrán popular. No estoy demasiado convencido de lo cierto de tal afirmación pero éste relato que voy a compartir,  parece justamente una demostración positiva del mismo.

Sábado a las 11 en Uruguay y el encuentro infaltable de amigos en la Confitería Rys. Esa mañana éramos solo cuatro: Ernesto (empleado bancario), Julio (docente de alma), Luis (que vive de rentas y se define a sí mismo como “amigo de la pirámide”) y yo.

Recién nos estábamos acomodando en la mesa, cuando llegó Eduardo, un permanente emprendedor de negocios fracasados.  Venía excitado, nervioso y entusiasmado. Apenas si podía respirar.

Julio, que toma estos encuentros como una especie de terapia o escape a los problemas humanos que tiene en su establecimiento, le disparó:

  • ¿Qué te pasa Eduardo? ¿viste al diablo?
  • No, Julito querido, todo lo contrario, me parece que fue Dios el que me dio una visión y puso frente a mí una oportunidad extraordinaria…
  • ¿Qué pasó? Inquirió Luis sorprendido.
  • Se ve que ni siquiera Uds., que están enterados de todos los puteríos del pueblo, lo saben… ¡hay petróleo en Uruguay…! ¡Pe-tró-le-o…!
  • ¡Dejate de joder, Eduardo! No pude evitar decirle.
  • Vos, “Ciego” (tal es mi apodo) siempre negativo, siempre con mala onda, sos un balde de agua fría permanente… a ver si me escuchas y aprendes un poco. Recién cuando venía en el auto, sintonizo LT11 y en un programa en el que participan los oyentes por teléfono, un vecino del barrio de La Rural, dice “hay petróleo, en el barrio”. Al rato otro y después, otro. No saben el alboroto que se armó. Cuando estaba estacionando el auto en la plaza, escucho que el conductor del programa dispuso el envío de un movilero, supongo que para trasmitir el trascendente evento desde el mismo lugar de los hechos. Cuando cruzaba la calle Galarza viniendo para acá, me dí cuenta: Es un mensaje del Señor y si nos apuramos, tal vez sea el golpe de fortuna que transforme nuestras vidas para siempre: podemos hacernos ricos.
  • Dejate de joder, no seas ingenuo ¿a vos te parece que si estuvieran buscando petróleo, lo harían en medio de una ciudad y –además- no lo hubieran promocionado para sacarle un rédito político? ¿vos te imaginas que si llega maquinaria como para realizar ese tipo de excavaciones, no habría concurrido media ciudad para verla antes de comenzar a operar y todos los días, como la vuelta del perro, pasaría por donde está trabajando para ver como lo hace o para curiosear simplemente…?
  • Mirá Ciego, me respondió Eduardo, me parece que el ingenuo sos vos. Hace años que se viene diciendo que puede haber petróleo en Entre Ríos y con la nacionalización de YPF se han comenzado a realizar búsquedas en todo el territorio nacional. Por otro lado, han aparecido técnicas nuevas de extracción que ya no son tan espectaculares como las que en nuestra juventud conocíamos, así que pueden estar realizando el procedimiento en cualquier parte sin que nosotros tengamos el más mínimo conocimiento… pero ¿la verdad, Ciego? no quiero perder el tiempo con vos. Lo que tengo entre manos es algo muy importante, pero corre contra el tiempo. Si nos quedamos, perdemos.
  • A ver, a ver, explica… le preguntó Julio visiblemente interesado.
  • El tema es el siguiente –prosiguió el entusiasmado Eduardo- en el medio del barrio La Rural, acaba de salir un loteo y las parcelas son realmente económicas. Yo digo, si hacemos una sociedad entre nosotros cuatro (a vos, Ciego, ni te cuento) y compramos unos diez lotes o más, según lo que alcance el dinero que consigamos; cuando esto estalle, seremos ricos. El valor de los mismos, se multiplicará por diez o por cien… y –hasta creo- se van a pelear por comprarnos la tierra. Para decirlo fácil, compramos por 1 y vendemos por 100. ¿Qué tal el negocio? El tema es que hay que apurarse, antes de que se enteren todos, porque sino lo que hoy esta a tiro, mañana no lo estará.
  • Hacés bien en dejarme afuera porque, para mí, es todo una fantasía y van a terminar con el culo al aire; le dije, mientras los ojitos de los otros tres participantes, que ni repararon en lo que les decía y comenzaban a encenderse de codicia.
  • Ah… una cosa más, agrego Eduardo. Yo, traje el negocio, así que me quedo con el 40% de la sociedad y entre Uds. se reparten el 20 cada uno. Los tres restantes se miraron y asintieron complacidos.
  • Julio, intenté abogar por última vez, a vos te digo… sos docente… poné un poco de racionalidad, de sentido común a todo esto…
  • Mirá Ciego, siempre hice lo debido y mirá donde y como estoy; esta vez no, esta vez me prendo en el negocio… esta vez, me parece, que salgo de perdedor y si tenés cosas malas para decir, más vale guardatelas aunque mas no sea por un poco de respeto hacia nosotros, me respondió.

Conclusión: guardé el violín en bolsa y solo me dedique a escuchar.

  • Lo tengo todo pensado, agregó Eduardo. Vos, Ernesto, hablá con el gerente de tu banco y –sin explicitarle el negocio- asegurás que contemos con la plata suficiente y necesaria, porque contante y sonante, ninguno de nosotros tiene. Luis, sos especialista en propiedades, así que habla con tus amigos de Lamirez y Luñoz, que son los encargados del loteo y realizas la compra. Tenemos que coordinar todo esto, como un relojito, para que salga bien. Pero lo tenemos que hacer ya, sin pérdida de tiempo y el negocio es nuestro. Eso sí, sin decirle nada a nadie más, porque sino avivamos giles y pudrimos la oportunidad.

Ernesto y Luis asintieron y previas llamadas por celular que aseguraran sus gestiones, salieron poco menos que corriendo hacia sus destinos.

Eduardo se desplomó en su histórica silla de la mesa de los sábados y comenzó a sonreír, pensando –seguramente- en que haría con la gran cantidad de dinero que ganarían.

En algún momento me pareció advertir un cierto dejo de lástima, cuando –con Julio- ocasionalmente me miraban.

Comenzamos a compartir la picada, desviando completamente el tema. Comentamos sobre la altura del río, lo llovedor de noviembre o lo ventoso de la primavera.

En realidad, la mente de todos estaba en “el gran negocio”. La mejor prueba es que –de tanto en tanto- Eduardo, repetía “ojo al piojo, Julio, solo nosotros cuatro y nadie más, porque si un buen negocio se reparte mucho, deja de serlo”.

A los veinte minutos aproximadamente, volvían Ernesto y Luis de sus respectivas “misiones”.

  • Hablé con el Gerente y conseguí la plata. Es más, lo llame al celular a Luis para que pudiera avanzar con los terrenos.
  • ¡Grande Ernesto…! gritaron a coro Eduardo y Julio.
  • Esto no es todo, agregó Luis que había entrado detrás suyo, acabo de firmar la compra de todos los lotes convenidos. ¡Los lotes son nuestros…! Les cuento una cosa, Lamirez y Luñoz no tenían ni idea de la novedad, así que ni se imaginan Uds. lo que pasó: ¡Me hicieron una sustancial rebaja por la cantidad de terrenos que compramos…!

La risotada fue general. Digo mal, no fue general, porque yo no participé de la misma.

Lo que no se hizo esperar fue el brindis:

  • ¡Por los próximos millonarios uruguayenses…! exclamaron todos, mientras se palmeaban unos a otros.

Después silencio… parecía que gozaban de lo conseguido y de alguna manera se aflojaban del estrés que les había producido la situación. En todos los rostros aparecía dibujada una sonrisa que se me antojaba sarcástica….

Justo en ese momento entró a la Rys otro amigo. Es un viajante que nos acompañó durante mucho tiempo en los encuentros sabatinos pero de una manera totalmente discontinua y  en la medida que lo permitía su actividad. Ahora, además, está viviendo en Colón.

Alcancé a percibir el gesto que –disimuladamente- hizo Eduardo hacia sus tres socios: el dedo en la boca, el llamado a silencio sobre el gran negocio.

  • Hola, Jorge, que alegría tenerte entre nosotros ¿Cómo andas? Le dije, a modo de bienvenida.
  • Te digo, Ciego, que para la mierda. Venía bien, hasta que llegué a Uruguay.
  • ¿Qué pasó?
  • No sabés, cuando ingreso a la ciudad lo hago pasando siempre por el barrio de La Rural y no les puedo contar el quilombo que había.
  • ¿Por qué? Le pregunté simulando inocencia.
  • Parece que por allí vive un chofer de una empresa petrolera y dejó anoche el camión –totalmente cargado- frente a su casa. ¿Qué pasó? Por algún problema que desconozco, el enorme transporte comenzó a perder su contenido y entonces la calle se llenó de petróleo. Calculá el líquido viscoso y pegadizo se desparramó por todos lados e hizo que los autos que pasaban por la calzada quedaran totalmente “enchastrados”. El barrio entero de La Rural quedó empetrolado. Eso sí, en una esquina se juntaron como cincuenta vecinos que estaban a las puteadas y hasta querían hacer un piquete. Con decirte que había un movilero de LT11 trasmitiendo en vivo desde allí. Pero pasar, lo que se dice pasar… un desastre… primero  se formó una cola bárbara y había que hacerlo muy, pero muy despacio. Fue un calvario, no solo porque los autos patinaban peor que en el barro…  sino porque –además- quedaban totalmente sucios… ¡y de petróleo… que es más difícil de sacar que la mierda…!  Pero bueh… ya está ¿y Uds., preguntó, en que andan?

El ambiente pareció volverse de hielo.

Entonces, le respondí:

  • No, solo comentábamos lo lindo que va a quedar la costanera nueva en la Isla del Puerto… ya tiene más del setenta por ciento de avance… en siete meses la terminan… va a quedar bárbara…

 

 

Esta cuento está incluído en el libro “Historias de la Rys y otros cuentitos” de Rodolfo Oscar Negri, editado por Editorial UCU en diciembre de 2014 y vuelto a editar en diciembre de 2020.

Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 31/12/2023

 

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