LECCIÓN DE TRABAJO[i]
Por Rodolfo Oscar Negri –
Ya la llamé dos veces y no viene. Suerte que todavía queda un poco mas de suero.
No, si Carlitos-mi hermano- tiene razón, las enfermeras cuando se acostumbran a una misma propina, ya no hacen diferencia. El tiene un sistema distinto. Un día les da diez pesos, otro cuarenta, otro nada; entonces nunca saben lo que van a recibir y acuden rápidamente a ver que les toca. Tendré que recurrir a algo parecido. Suerte que mamá duerme y la operación, por lo que dijo el cirujano, salió bien.
Ya hace casi una semana que tomé vacaciones en la oficina y estoy cuidándola. ¿Desde cuándo no pasaba tanto tiempo con ella? No me acuerdo. Incluso charlamos de temas que jamás habíamos tocado.
Ayer nomás, antes de la operación, me decía agobiada por la pena, “que rápido que se va la vida”. Me confiaba que todavía tenía proyectos y tantas ganas como a los 15 años pero se daba cuenta que se estaba yendo. “Que injusto que es, agregaba, recién cuando uno comienza a valorar, cuando dispone de tiempo y tiene la sabiduría para separar la paja del trigo, se acaba”.
La escuchaba callado, sumido en la tristeza de saber que tenía razón pero que no podía dársela y hacía fuerza para que ninguna lágrima se escapara.
- Pero mamá, no digas eso, todavía te queda mucho hilo en el carretel; lo último que tenés que hacer es entregarte. Vos, tan luego vos que siempre fuiste la que empujaste todo, le decía sin convicción.
Después vino la operación y mi turno semanal para cuidarla. Así que aquí estoy, sentado a su lado. Si bien traje “La guerra del fin del mundo” de Vargas Llosa para leer, no he podido evitar que mis pensamientos viajen de manera recurrente a esos años cuando ella era el centro de la casa de mi niñez y su vitalidad contagiaba todo. Sé que los recuerdos engañan, muchas veces agrandan, otras deforman… pero es lo que me queda de aquel entonces. No había nada que no pasara por ella. Era el punto central de la familia. Como olvidar cuando con su tremendo empuje ponía todo patas para arriba. Limpiaba, baldeaba, cocinaba, lavaba, planchaba, cosía, si hasta nos hacía ropa… cómo no recordar aquellos zurcidos en los codos siempre rotos de las camisas o en las rodillas de los pantalones, o tantas y tantas cosas más en las que consumía sus horas, sus días.
Cosas que hacía con gusto.
Cosas que hacía alegre.
Cosas que hacía sin sacrificio.
Cosas que hacía cantando.
Siempre se las ingeniaba para sorprendernos con algo nuevo: una receta de cocina, un nuevo pulóver que había tejido, algún cambio en la casa… que se yo.
Cuando íbamos a la escuela, a anotarme, le preguntaban ¿trabaja? Ella respondía: no, soy ama de casa… pero ¡que no iba a trabajar si se la pasaba trabajando! Por eso cuando escucho decir “antes las mujeres no trabajaban”, me indigna. No trabajarían algunas, la minoría, porque la mayoría se deslomaba para mantener familias enormes. Tal vez si dijeran “no trabajaban fuera de su casa” serían un poco más justos. Además no sé si hoy –haciéndolo afuera- no trabajan menos que antes… pero en fin… son las cosas en las que mi mente se entretiene mientras estoy aquí, a su lado, esperando que despierte.
¡Epa, pero qué bueno! ya me mira y sonríe. Siento que balbucea algo y me acerco a sus labios para escucharla. “Que suerte que todavía estas acá”, me dice. Le tomo la mano y la aprieta con lo poco que le dan sus fuerzas. Pasan varios minutos en los que vuelve a cerrar los ojos, no sé si por la anestesia o porque todavía está muy cansada.
Entonces le hablo…
- Sabes mamá que recordaba tantas y tantas cosas de la niñez, pero fundamentalmente te recordaba a vos trabajando en la casa con aquella alegría que permanentemente nos contagiaste. Siempre pienso que nos enseñaste a trabajar en lo que nos gusta, como hacías vos, y esa es una forma de encontrar la felicidad. Una fórmula que muchos buscan durante toda una vida y que vos no mostraste con tu ejemplo.
Siguió con los ojos cerrados. Me pareció que escuchar mi voz le hacía bien. Incluso me dio la impresión de que pensaba en cada palabra de lo que le estaba diciendo.
- No puedo olvidar con que gusto cocinabas y hacías todo lo de la casa… y jamás te dimos las gracias por aquello, más allá de que te complacía hacerlo…
Fue cuando me miró que alcancé a ver una lágrima surcando su rostro, y me dijo:
- Mi querido, tal vez esté en el lecho de muerte y no te imaginas cuanto agradezco tus palabras, pero ¡que equivocado estás!
Me quedé mirándola sorprendido. Entonces prosiguió.
- ¿Sabés una cosa? A mí me hubiera gustado ser profesora de literatura, pero la vida y las circunstancias no me dieron ni la oportunidad ni el tiempo ni el lugar para poder hacerlo.
Hizo una pausa, tomó mi mano entre las suyas y con voz muy suave agregó:
- Hijo mío, las cosas en la vida se hacen por necesidad o por amor y yo siempre las hice por amor. Pero no te confundas, no por amor a lo que hacía porque siempre odie la cocina, lavar, planchar y todo lo demás, sino por amor a lo que más me importaba: ustedes.
Respiró profundamente, apretó muy fuerte mi mano, me miró a los ojos y sentenció:
- Por eso no era un sacrificio…
[i] Este cuento forma parte del libro “Para muestra basta un Cuentito” de Rodolfo Oscar Negri -escritor de Concepción del Uruguay, Entre Rios, Argentina- editado por Editorial Dunken en enero de 2013