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LITERATURA, LA HORA DEL CUENTO: LA BATALLA DE LA CALLE 53

LA BATALLA DE LA CALLE 53

Por Rodolfo Oscar Negri  – 

 

La gran mayoría de los chicos del barrio, en realidad, participaban de esta guerra, pero sin tener la necesidad de cruzar las zonas peligrosas. No transgredían límites. No les hacía falta.

Sus caminos habituales, sus “zonas”, su recorrido a la escuela eran “para el otro lado”. La Escuela 10 “Ricardo Gutiérrez” –a la que iban casi todos-, estaba en 16 y 48.

Pero yo, iba a la Escuela 64 “General Manuel Belgrano”, que estaba en 54 y 20.

Es decir, que si iba por el camino mas corto debía cruzar todos los días por los dominios de los Urquiza.

La alternativa era la calle 20, pero tenía dos serios problemas. Uno que había muchos perros (ellos y yo, desde un incidente con los perros de Julia, no nos llevábamos bien y desde entonces les tenía terror incontenible). El segundo, cada vez que cruzaba la calle 50 tenía que hacerlo con un sigilo mas que especial. Primero tenía que espiar que no me detectaran “ellos” y después hacerlo a la mayor carrera posible, para que no me descubrieran mientras lo hacía.

Si me llegaban a ver –y me pasó mas de una vez- me corrían (afortunadamente yo era muy rápido) y sufría las agresiones que no podría evitar: en algunas oportunidades tuve la marca de alguna patada o trompada, sino me tiraban piedras, de las cuales alguna, daba en el blanco. En fin… era la víctima.

Así que trataba de cambiar todos los días de recorrido.

A veces iba por 18, otro día por 21, otro por 17, otro por 20. Nunca volvía por donde había ido.

Mis compañeros de grado, fueron notando lo raro de mis actitudes. Sobre todo a la hora de la salida de clases. Porque, claro está, a nadie contaba lo que realmente sucedía.

Jamás mezclaba las cosas, lo que pasaba en el barrio, no pasaba en la escuela y así prácticamente, tenía dos vidas paralelas.

En quinto grado, había hecho –siguiendo la misma estrategia que en el barrio, esto es aceptando muchas veces cosas que no compartía, pero que me permitía “pertenecer al grupo”- muchos amigos. Pero eran los amigos de la escuela, y ellos no se mezclaban con los del barrio. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

La mayoría eran grandes, físicamente hablando, fuertes y peleadores. Yo era chiquito, anteojudo, flaco, pero estudioso. Al propio aspecto físico, con el que la naturaleza no había sido justamente generosa conmigo, había que sumarle el hecho de que el “haber ganado un año” rindiendo primero superior libre, yo era –además- un año menor que todos mis compañeros.

Creo que lo diferente que éramos  hacía mucho mas profunda nuestra amistad.

Lo que estudiaba y leía (cosas que –en realidad y a diferencia de prácticamente todos ellos- a mi me gustaba), hacía que siempre “zafara” los deberes, exámenes, lecciones, etc. Pero no solo eso, sino que –además- ayudaba a “zafar” a mis compañeros.

Nunca voy a olvidar aquel dibujo que le hice al Gordo Pérez en el cuaderno único de un indio, montado en un caballo. No solo se sacó la nota mas alta (mejor aún, que la mía), sino que la maestra llamó a sus padres para felicitarlos.  O la cantidad de veces que hacía llegar papelitos con respuestas de problemas a mis compañeros mas desesperados. O los resúmenes que explicaba en los recreos antes de una prueba.

Tantas y tantas veces…

¿El grupo? Me acuerdo del Gordo Pérez –un muy buen amigo- que (no sé porque razón) era el preferido de la maestra. Siempre impecablemente vestido, peinado con gomina y con guardapolvo almidonado. En realidad, parecía una contradicción, ya que su familia tenía una carbonería, que era –como toda carbonería- el emporio de la suciedad.

Tal vez el personaje mas singular era el “loco” Perotti. Creo que tenía entonces 14 años. Grande. Violento. Huraño. Con poco seso. Había repetido quinto grado tres o cuatro veces. Era el personaje odiado por la maestra (le hacía la vida imposible).

Demás está decir que jamás estudiaba. Llegaba a la escuela con cara de sueño y con un guardapolvo que no se si alguna vez había sido blanco. Pero, además, llevaba una vida de lo mas singular. Recuerdo que se escapaba de su casa y se iba a vivir arriba del tanque de agua de Obras Sanitarias que estaba en el Parque San Martín (como a cinco cuadras de la escuela), para que nadie lo encontrara. Durante esas “escapadas”, de allí iba a la escuela y a allí volvía. Solo con nosotros compartía su secreto. ¿Dónde y que comía? ¿Donde dormía? ¿Como se las arreglaba? Un misterio. De su familia ni noticias.

También estaba Artola (un morocho gordito, que vivía en 53 y era de lo mas grandote e inocentón), Ricardito Rubio (mas chico, compinche, nervioso, de pelo muy rubio y enrulado que era,  mi compañero de banco), el Flaco Alice (lo mas parecido a Larguirucho que he conocido en mi vida, alto, narigón, curioso y lento, lento para todo, parecía que vivía en cámara lenta…), en fin… otra bandita. Otro mundo que yo compartimentaba completamente de mi vida barrial.

Creo que había una admiración mutua. Ellos, por mi facilidad para todo lo que sea estudio, intelectualidad;  yo por toda su fuerza y habilidad para todo lo que sea pelea.

Del Flaco Alice tengo un recuerdo imborrable, porque una vez en un recreo no recuerdo que maldad hizo. Tal fue mi indignación que arremetí contra él tirándole trompadas a diestra y siniestra. Como si fuera un remolino. Era tal la diferencia en tamaño físico, que él me puso una mano en el pecho y –estirando su brazo- me mantenía alejado, cosa que mis golpes no le llegaran; pero –y lo que mas me indignaba y por eso no podía parar de llorar- es que se puso a reír descaradamente, por lo extraño de la propia situación. En realidad, me perdonó la vida. Si hubiera querido hacerme daño, no hubiera tenido la mas mínima traba.

Pero, retomando el hilo de nuestra historia, un día, a la salida de la escuela, estaba viendo cual camino iba a tomar para regresar a casa. Pensé que nadie reparaba en aquello. Por eso me sorprendió el “loco” Perotti, cuando se acercó y me preguntó: “¿Qué te pasa? ¿Te mudas a cada rato, que todos los días te vas por un camino distinto?”.

“No” le contesté, pero sin darle explicaciones. Como de casualidad –en pocos minutos- estaba en medio de todos mis compañeros.

“No, no hay problemas”, dije dos o tres veces. Me dí cuenta que ninguno me creía y todos me rodeaban, mirándome a los ojos y en silencio.

No tuve mas alternativa que confesar cuál era la razón de mis “cambios de camino”: La persecución de los Urquiza.

Hubo silencio. Los mas grandes se miraron y el “loco” me dijo, después de sonreír maliciosamente: “Mañana lo resolvemos”.

Al día siguiente, en el recreo largo, se llevó a cabo una reunión.

Sentados en las amplias raíces del ombú que era el eje del patio principal de la escuela, se comenzó la planificación de todo. Allí mis compañeros, a los cuales les costaba tanto la historia, lengua o matemáticas; desarrollaron el plan de batalla que íbamos a hacer. Yo solo escuchaba.

Al día siguiente debía ir a la escuela y volver por la calle 20. Hacerme ver, cuando ya no pudieran alcanzarme. Debía ir y volver por el mismo camino. Así dos días, tratando de que “ellos” pensaran que aquella iba a ser la rutina diaria y me esperaran.

“Nosotros” nos íbamos a dividir en dos. A medida que yo iba caminando por la calle 20, una parte se iba a esconder en 53 y el resto iba a dar una vuelta manzana e iba a aparecer por la calle 51, para no permitir que “ellos” se escapen. El señuelo era yo.

Así se hizo y así fue. Siguiendo rigurosamente el plan trazado, cuando –dos días mas tarde y después de dejarme ver- iba regresando de la escuela, comencé a caminar por la calle 20 podía intuir que –tratando de esconderse detrás de los árboles de la vereda- “ellos” avanzaban, hacia donde estaba yo.

Como nunca, en lugar de huir, me quedé esperándolos a mitad de cuadra, entre 51 y 53.

Y fueron apareciendo. Primero despacio, después corriendo. Deben haber pensado que me iban a dar la paliza de mi vida. No fue así.

En un rápido movimiento de pinzas, imaginado por el “loco” Perottí y que  funcionó a la perfección, aparecieron mis compañeros. Unos por calle 53 y otros por 51, encerrando a los Urquiza. Allí se armó una pelea tan grande, a mano limpia, como no tengo memoria. Mas de una veintena de chicos peleando a trompada limpia en la amplia vereda de la calle 20, frente al Regimiento 7 de Infantería.

La victoria fue total. “Ellos” recibieron una paliza descomunal.

Si bien no tuvo repercusión en el barrio, la calle 20 dejó de ser un territorio de los Urquiza y paso a ser una “zona liberada”.

Ese fue mi camino por el resto del año y durante todo el año siguiente, ya no solo para ir a la escuela, sino para recorrer y descubrir una zona que algún tiempo después sería totalmente familiar.

La lección había dado resultado. Nunca mas tuve problemas.

Los Urquiza jamás volvieron a molestarme.

Aún hoy recuerdo con enorme gratitud a Perotti, a Alice, al gordo Pérez, a Artola y a todos aquellos chicos que se trenzaron en aquella descomunal, desinteresada y violenta batahola, solo por defender a un compañero. A mi.

Creo que de las muchas cosas que aprendí en el quinto grado de mi escuela primaria, la  mas importante, la que aportó mas a mi formación, se dio en la vereda y fue aquel espíritu solidario y combativo que solo se justifica por defender a un amigo. Para eso, no importaba el sacrificio.

Recuerdos, de aquel 1962.

Rodolfo Oscar Negri – 16 de febrero de 2009

 

 

(este cuento forma parte del libro “Diez pasos en pantalones cortos” de Rodolfo Oscar Negri editado por ControlPrint en marzo de  2010)

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