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LITERATURA, LA HORA DEL CUENTO: ENCONTRARME

ENCONTRARME

Por Rodolfo Oscar Negri  – 

 

Corre el año  1998.

Estoy en La Plata. Aunque mi lugar en el mundo es mi querida Concepción del Uruguay, amo profundamente a La Plata, donde nací.

Desde que superé el tremendo miedo de ver amigos muertos tirados en las calles, durante la dictadura militar. Desde que superé el terror de ser –también yo- uno de ellos. Vuelvo. Como un bumerang permanentemente lanzado, siempre vuelvo.

Es como un imán al que no puedo (ni quiero) resistirme.

Son muchas las cosas que me atan a ella y hoy tengo la fortuna de que mis hijos estudian allí. Tengo la alegría escondida de verlos recorriendo sus calles. Las mismas calles de mi infancia. “Mis” calles.

Pero este viaje es particular. Es especial. Además de la periódica visita mensual, esta  vez vinimos con mas tiempo. Estamos de paseo.

El día está hermoso y el otoño nos cobija de la mejor manera. Aprovechando la tarde de sol, caminamos por la Plaza Malvinas Argentinas.

Todo ha cambiado. La plaza está donde antes se encontraba el Regimiento 7 de Infantería. No la conozco. No sé bien ni dónde estoy.

Lo que sí sé es que voy caminando por la calle 20, desde 51 hacia 54, como tantas y tantas veces.

Lo que sí sé es que estoy transitando las mismas veredas que hace mas de 40 años recorría todos los días para ir a mi escuela primaria. Pero con un entorno completamente desconocido.

Como en un acto de magia, un halo especial se apodera de mí. Me chupa. Me transporta.

Inconcientemente (¿inconcientemente?) trato de dar los mismos pasos de entonces, encontrar las mismas baldosas, los mismos pozos, los mismos charcos, pero no. No están. Hay algunos, pero no los reconozco. ¿Cambiaron de lugar?. ¿Serán los mismos? Seguramente no.

Busco y busco.

¿Los busco a ellos o me busco a mi mismo, cuarenta y pico de años después?

Trato de ver detrás de cada árbol. Trato de descubrir a Urquiza y los suyos espiándome para correrme, tirarme piedras o darme una paliza…  al loco Perotti…..  seguramente los árboles sean los mismos, pero ellos no están. No los distingo. No los veo.

Tal vez sean las lágrimas, las que me impiden divisarlos mejor….  o estos anteojos, estos anteojos de mierda de los que no he podido desprenderme, los que no me permiten distinguir claramente…

¿Están allí? ¿Dónde están?

¿Dense a conocer?

¡No puedo verlos…!

A ustedes les hablo. A los chicos del barrio.

A mamá esperándome o a papá enojado por mis escapadas.

A Carlitos, mi querido hermano, eterno apoyo, confidente y sostén.

Al Regimiento 7 de Infantería; que, a pesar de todo, llevo en mi corazón, pero que ya no está mas… ¿¡Donde está..!? ¿Quién se lo llevó?  Quien y como lo  ha convertido en una plaza. La Plaza Malvinas Argentinas. Tal vez fue un castigo por el resultado de las locuras de algunos militares asesinos y dementes que lastimaron a todos… o de funestos recuerdos…

Hoy es algo totalmente distinto. De los edificios, solo queda lo que fue el Comando, el resto fue demolido.

Ahora hay un museo, exposición de pinturas, juegos para chicos… Un montón de gente ríe y se divierte. Hasta hay una confitería.  Solo queda la austera e histórica puerta de entrada al Regimiento …  como un mudo testigo de lo que en su momento fue la imponente entrada y salida de ilusiones, miedos, aspiraciones, temores, partidas hacia destinos lejanos, incursiones siniestras, ¿desapariciones? y tantas, pero tantas cosas mas.

No veo los puestos de guardia. A los soldados, con su FAL en mano, expectantes algunos, con sueño otros.

Pero yo, sigo caminando. Paso tras paso. No encuentro nada de lo que imagino. Nada de lo que hay en mi memoria. Nada de nada.

Merceditas acompaña a  Pablo, Sebastián, Mariano y Cecilia que están jugando en la plaza y se desentienden de mí.  Ellos toman, distendidamente sol y disfrutan de una hermosa tarde.

Van a la confitería.

No pueden comprender ni entenderán nunca,  mi tremenda y profunda angustia.

No perciben mas que a su padre dando vueltas por la plaza, a veces despacio, a veces mas apurado. Mirando con ojos de asombro y tristeza, para aquí y para allá. Por momentos me parece que sonríen. Que sienten compasión de mí. Tal vez me vean como un loco obsesionado. ¿No lo seré?

Pero yo estoy en otro mundo. Absorto en lo mío. En la búsqueda de lo que tenía y perdí.

Esperando ver aparecer al tranvía, por las vías que aún están…

Allá –enfrente- alcanzo a divisar a mi Escuela 64. Pero… ¿Qué le pasó? ¿Por qué la veo mas chica? ¡Tan chica…!

Yo quiero la mía. La que era. La que tenía.

¿Qué fue de mis compañeros…?

¿Dónde esta mi pasado?

¿Mi niñez?

¿Aquellos recuerdos de pantalones cortos?

¿Dónde está lo que deje?

¿Dónde están mis miedos?

¿Mis alegrías?

¿Mis derrotas y mis victorias?

¿Mis temores?

¿Mi historia?

¿Será que todo se lo ha llevado el tiempo y solo vive en mis recuerdos?

¿Será que nada mas me queda esa “patética” recorrida, de la que tanto se ríen mis hijos cuando llego cada mes a visitar su departamento de estudiantes?

Recorrida que hago cada vez –inexorablemente y como un ritual- que viajo a La Plata desde mi adoptiva Concepción del Uruguay. Visito -casi con unción religiosa- el frente de lo que fue la casa en la que crecí (que ya no existe). Miro melancólicamente sus veredas. Las mismas veredas. Las estudio. Acaricio los robustos árboles (aquellos que eran unas raquíticas ramitas cuando Papá los plantó).  Paso por mi recordada esquina de 48 y 19, observo la totalmente cambiada y casi desconocida avenida 19 (que fuera nuestro estadio de fútbol de tantas y tantas tardes),  miro con nostalgia lo que alguna vez fue la esquina de Iñiguez, donde estaba lo de Padín, las casas de Quijano, Calderón, Fraqueli… La mayoría ya no están. Hay casa nuevas que usurparon los espacios.

Normalmente lo hago solo y con suma rapidez. Como si un temor enorme se apoderara de mí en cada una de esas incursiones.

Esta vez la recorrida, es diferente, coincide con un paseo. Toda la familia me acompaña. Vamos caminando despacio. Lentamente. Nos hemos tomado la tarde para recorrer.

Pero yo me aíslo. Me alejo de toda conversación. La cabeza trabaja afanosamente buscando recuerdos. El corazón late apurado, impaciente, desesperado. Todo mi cuerpo busca indicios, señales. Veo entre las sombras que producen los añosos árboles, en un día esplendoroso de otoño, imágenes y figuras que me hacen soñar.

Recuerdos.

Por momentos imagino ver a Mamá conversando con la señora de Pesado o a Papá, hablando de fútbol con Galante, mientras trae la bolsa de la verdulería.

Pero así como vienen, se esfuman mágicamente. Solo yo los veo. Solo yo los siento. Solo yo me doy cuenta de su presencia y de su desaparición.

Pero, aquí  estoy, buscando la hermosa carita sonriente de Ana María volviendo de sus mandados, las ocurrencias de Gaby, las travesuras de Carlitos Oquieti, de Jorgito Calderón, de Guillermito Quijano….

Busco a mis amigos de la barra de 48 y 19… A  los “enemigos” de la calle 50…

Pero no están. Nada encuentro de ellos. Ni el mas leve rastro.

¿Habrán existido alguna vez?

¿Será que solo me queda ese viaje nostálgico, antes de ir al cementerio (siempre parte de mi recorrida habitual) a ver la tumba de Papá?

¿Será –final y fatalmente- que todo fue solo un sueño fugaz, un vértigo de tan poco tiempo, que ya está enterrado para siempre? ¿Será que solo vive en mi mente?

Tanto y tanto sentimiento, ¿Se habrá perdido? ¿Cómo pueden perderse?

¿Dónde están? ¿Donde estuve? ¿Dónde estoy?

¿Solo esto será la vida?

Tanta vivencia. Amor. Pasión. Odio. Sensaciones. Olores. Emociones… ¿Qué fue de ellos? ¿Estarán escondidos? ¿Todo, tanto? ¿Para siempre? ¿Todo será nada mas que un recuerdo que vivirá hasta que dure mi efímera existencia?

Me niego. Me niego rotundamente a que sea así. No puede ser. No debe ser.

Quiero que Agustín y que Arroba[1], sepan de mi. De mis cosas. De mis temores. De mis alegrías. De mis tristezas. De mis amores. De mi vida. De mi existencia.

No solo ellos. Los que vendrán después también. Los que tendrán mi misma sangre en sus entrañas. Los que –aún sin saberlo- repetirán rasgos y gestos familiares. Seguramente no los conoceré a todos, pero me gustaría compartir con ellos, lo que fue mi paso por este mundo, la versión de “mi”  historia, mis vivencias….

Tengo la secreta, absurda y egoísta esperanza de estar viviendo –genéticamente- con ellos. En ellos.

¿Será soberbia? ¿Será egoísmo? ¿Será la absurda ambición de ser inmortal?

Para ellos es éste, mi pobre y humilde legajo escrito. Este puñado de intrascendentes historias, de cuentitos.

Tal vez algunos me conozcan tan solo por estos sencillos, escuetos, mal escritos y torpes borradores.

Para algunos serán interesantes, para otros intrascendentes.

Algunos ni les interesará su existencia.

Mi existencia.

Pero hay algo de lo que pueden estar seguros.

Tanto los que alguna vez lean estas líneas, como aquellos que no lo hagan.

Desde lo mas incomprensible de la eternidad, los amo profundamente y los amaré siempre.

Tengo la pretenciosa aspiración que repetía siempre Mamá, recitando versos de una hermosa poesía de Olegario Victor Andrade [2].

Así plagiando al poeta –que estudió y se formó en el Histórico Colegio Nacional de esta querida ciudad de Concepción del Uruguay- y desde lo mas profundo del corazón me atrevo a decirles a cada uno de los que vendrán que cada vez que tengan una dificultad, cuenten conmigo.

Desde donde sea y como sea, llámenme.

No duden que vendré (desde el Cielo, desde el Infierno o en el lugar del infinito donde esté) lo mas rápidamente que pueda y como pueda, allí estaré: en su ayuda.

¿Estoy divagando? ¿Será eso posible? ¿Será posible? ¿O todo esto –incluso estas líneas- no son mas que una mera ilusión, un sueño?

Tal vez todo esto no es sino una trampa mas de mi dolida y vengativa Memoria.

Rodolfo Oscar Negri – 31 de marzo de 2009

 

 

[1] Agustín Negri, mi primer nieto, hijo de Priscila y Pablo. Arroba, forma de nombrar el bebé de Marian y Sebastián, que todavía no nació y del cual no se conoce el sexo.

[2] -LLama siempre a tu madre cuando sufras,
que vendrá, muerta o viva;
si está en el mundo, a compartir tus penas,
y si no, a consolarte desde arriba…

(del poema Palabras de Mi Madre, de Olegario Víctor Andrade).

(este cuento forma parte del libro “Diez pasos en pantalones cortos” de Rodolfo Oscar Negri editado por ControlPrint en marzo de  2010)

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