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Literatura, la hora del cuento: EL DISCURSO

por Rodolfo Oscar Negri        –

Siempre siento un respeto reverencial cuando ingreso a lugares donde han ocurrido hechos históricos trascendentales.

Es una rara sensación de consideración no solo a los edificios, a la arquitectura, a las paredes, sino a los hombres y mujeres que allí estuvieron y que hicieron historia y de quienes -imagino- están sus espíritus observándome y mirando que esté a la altura de las circunstancias y haga honor a su legado.

Eso me pasa cada vez que visito el histórico Colegio Superior del Uruguay Justo José de Urquiza de Concepción del Uruguay. Institución donde, al término de la dictadura, se me permitió estar nuevamente frente a un aula en forma “oficial”. Antes había realizado actividades de “instructor” en función de la especialización de mi trabajo: analista-programador de computadoras. Así pude desarrollar una actividad docente que significó una alegría para mí ya que -junto con el periodismo y la escritura- constituyeron las tres tareas que más placer me brindaron a lo largo de mi vida.  Me sentí más que honrado transitando sus pasillos centenarios, ingresando en la bellísima biblioteca Alberto Larroque o en el salón de actos Alejo Peyret. Me llenó de orgullo el poder participar de toda la tradición que encerraban aquellos viejos muros.

Tuve a mi cargo materias totalmente técnicas: Sistema de Procesamiento de Datos I y II y Sistemas de Programación en la Carrera de Técnico en Computación, pero yo aspiraba a más. Seguramente el ejemplo que había tenido de mis propios docentes me llevaba a querer superar el mero hecho de trasmitir conocimientos y habilidades específicas puramente técnicas. Por eso casi siempre utilizaba de disparador para comenzar las clases temas que no tenían que ver con los sistemas binarios, los lenguajes computacionales o cosas por el estilo, sino cuestiones de actualidad, de la vida diaria o la historia (otra de mis pasiones).

Como parte del cuerpo docente, era miembro del Departamento de Computación y si bien -tengo que confesarlo- tratábamos de evitar muchas de las responsabilidades académicas propias de la función, en una ocasión fue inevitable: Teníamos que organizar el acto de aniversario de la muerte del “Padre de la Patria”, José de San Martín.

Éramos cuatro los que nos reunimos para resolver el tema y antes de que comenzáramos a plantearnos la problemática, uno de los integrantes del equipo -el “Negro” Pérez- tomo la iniciativa.

  • No se hagan problemas muchachos. Dejen todo en mis manos. Mi mujer es maestra desde hace muchísimos años y tiene discursos y planificaciones hechas para todo tipo de acto. Busco el de San Martín, lo traigo y ya está.
  • Buenísimo, respondimos casi al unísono, ¡zafamos de realizarlo todo!
  • Eso sí, agrego el “Negro” dirigiéndose a mí, te pediría “Ciego” a vos que escribís tan bien a máquina, que me pases el discurso ya que lo tengo en manuscrito y hacémelo a doble espacio, para que me ayude en la lectura (auto designándose de hecho en constituirse en el lector del mismo).
  • No hay problema, le respondí. Llevame el texto y yo te lo paso a máquina.

Así, como era de minucioso y organizado, lo hizo puntillosamente quince días antes de la fecha clave: el 17 de agosto.

No digo que tuve dificultades para leer el escrito, porque la caligrafía de la señora del “Negro” era impecable. Así que fue fácil. Pero a medida que comencé a realizar la tarea, empecé a ver lo poco significativo del contenido del mismo.

José de San Martín es uno de los personajes que admiro y he admirado toda mi vida. Desde que Mamá me leía todas las noches -en mi niñez y antes de ir a dormir- algunas páginas del libro de Ricardo Rojas “El Santo de la Espada”, hasta el día en que estaba haciendo dicha tarea, leí muchísimo sobre el Padre de la Patria y lo que el discurso decía mostraba una personalidad lavada que podía ser adecuada para los primeros años de una escuela primaria, pero que estaba muy lejos de lo que -a mi criterio- debía decirse a jóvenes adolescentes. Nada de la desobediencia histórica; nada de su obstinación por la libertad, nada de no inmiscuirse en luchas intestinas, nada de sus enseñanzas de vida en cuanto a libertad, generosidad, austeridad. Ni siquiera las “Máximas para mi Hija”. Parecía que al Libertador le habían pasado lavandina y solo se describía una estampita del Billiken.

Al principio intente realizarle algún tipo de adaptación, pero después llegue a la conclusión de que era irrecuperable. ¿Qué hacer? No quedaba otra: Un discurso nuevo.

Dos días antes del acto, le devolví el texto manuscrito y la versión mecanografiada -a doble espacio, como me había pedido- de la nueva versión que había hecho y, si bien no le dije nada del cambio, esperaba algún comentario de su parte (después de todo le había cambiado por completo el discurso de su mujer); pero -para mi extrañeza- el mismo no se produjo.

El día del acto fue esplendoroso. En la galería del Histórico se fue disponiendo todo. Los alumnos, docentes y autoridades, el ingreso de la bandera de ceremonia, el canto del himno, la marcha de San Lorenzo, etc.

El “Negro” Pérez se había vestido como para un casamiento y -raro, porque no se acostumbraba- había llevado a su señora para que le saque fotografías.

En fin, cada uno tiene lo suyo, pensé.

Lo insólito fue que cuando fue presentado por la conductora del acto, el disertante acomodó las hojas, pero ni bien las miró y comenzó a ver lo que estaba escrito, la sonrisa que su rostro había venido dibujando se transformó y se descompuso total y absolutamente. Comenzó -se notaba- a sudar y a temblar. Es más, quienes estábamos cerca, alcanzamos a escuchar sus primeras expresiones que, dirigidas a mí, afortunadamente no las tomó el micrófono:

  • “Ciego” hijo de p…, repetía y repetía…

Luego comenzó con la lectura, que no fue más que una seguidilla de titubeos, tartamudeos, pausas que no correspondían… en fin un desastre.

Cuando terminó, se retiró inmediatamente del acto.

A lo único que atiné fue a acercarme a su señora para ver que le pasaba. Ella me miró con cara de muy pocos amigos y me dijo:

  • ¿Cómo pudiste hacerle eso? No sabés como se preparó para esto. Hace quince días que venía ensayando todas las noches frente al espejo, con expresiones y ademanes. Se lo sabía casi de memoria…

¿El Negro? Estuvo seis meses sin hablarme.

 

Este cuento forma parte del libro «De todo como en botica» de Rodolfo Oscar Negri, editado en enero de 2017 por el espacio editorial UCU.

 

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