por Rodolfo Oscar Negri –
Introduje la llave en la cerradura tratando de hacerlo con el mayor de los silencios e ingresé a casa despacio y con sigilo, para no hacer ruido. Elena y los chicos dormían. Fui a la cocina, abrí la heladera en busca de algo para cenar y terminé comiendo los restos de un pollo al horno que había quedado del mediodía. Después de una ducha, me fui a la cama.
A pesar de que la noche había sido agitada, dormí bien. El que las hace las paga, me dije y pude descansar como aquellos que terminan de cumplir con su deber y la conciencia los gratifica despejándole preocupaciones y remordimientos.
No eran las 6 de la mañana cuando sonó el teléfono.
-Buenos días, señor comisario, disculpe que lo moleste tan temprano; pero quería avisarle que podría haber ocurrido un crimen…
-¿Qué ha pasado?
-Hemos recibido la denuncia de la aparición de un cuerpo sin vida en la vía pública…
-¿Qué…? ¿Dónde?
-Camino al Centro Recreativo cerca de las termas, a unos quinientos metros del camino viejo a San Justo…
-¿Cuál es la situación?
-Ya hemos acordonado el perímetro y estamos esperando a la policía científica.
-Perfecto… ¿le avisaron al nuevo fiscal?
-Si, ya está informado y viene hacia acá
-Bueno, no toquen nada mas, ya voy para allá.
-El móvil ya va a buscarlo, comisario.
Me levanté lo más rápido que pude. Elena, a quien había despertado la llamada, ya había preparado el desayuno. Los gurises, despiertos, no habían comenzado todavía el diario y rutinario movimiento perezoso para ir a la escuela.
Esta no era una mañana mas, no todos los días ocurre un hecho de semejante magnitud en Concepción del Uruguay.
La rutina de la higiene fue mucho más rápida que de costumbre. Vestirme de apuro, poniéndome la chaqueta y terminando de prender los botones con la mayor urgencia, mientras tomaba –parado- un café cortado. Besé a mi mujer, ajusté las correas del uniforme, revisé la pistola, el cargador y las balas y salí rumbo a la camioneta de la repartición que ya me estaba esperando estacionada frente a la puerta de la casa.
Cuando íbamos camino al lugar del hecho, miraba por la ventanilla a la ciudad que todavía no se terminaba de despertar. Los primeros rayos de luz comenzaban a iluminar a la somnolienta Plaza Ramírez y solo se veía a los empleados municipales, barriendo y limpiando el principal paseo.
Casi en soledad circulamos por calle Galarza, boulevard Sansoni, Juan José Bruno, hasta el tercer semáforo. Allí doblamos a la derecha y luego de cruzar el camino viejo a San Justo –por la calle de tierra- tomamos rumbo al sitio que nos esperaba. Por cierto una zona despoblada.
Ya estaba el perímetro involucrado cerrado con las cintas de seguridad y en medio de unos pastizales muy altos, estaba el centro de la acción. Entre diez y veinte personas se movían allí. Desde el equipo de la repartición, que se encontraba realizando arduamente su trabajo, hasta el fotógrafo del diario La Calle que tomaba las imágenes que el oficial a cargo le permitía.
Junto al subcomisario García, estaba el joven fiscal que debía hacerse cargo de la investigación.
-¿Cuál es el cuadro de situación? pregunté
-Un individuo que pasaba en una chata rumbo a su trabajo vió a varios perros alborotados que le llamaron la atención y al observarlos más detenidamente advirtió que tenían sangre en su boca. Cuando se acercó al lugar donde se concentraban, le pareció ver un cadáver, se asustó y llamó a la Jefatura.
-¿Algo más?
-Recorrimos la zona y no encontramos nada fuera de lo común. Nada de rastros, nada de nada. Ahora están trabajando los de la policía científica. Veremos lo que dicen.
Mientras preguntaba, miré de reojo al fiscal que, inexperto, con la cara blanca como un papel y sin animarse a ver el cadáver, no atinaba a tomar la iniciativa y el mando de la investigación. No tendría más de treinta años.
-¿Es su primer crimen? Le pregunté
-Si, si… dijo titubeando
-No se preocupe, yo tengo experiencia… vea, mire y aprenderá
-Muchas gracias
En ese momento, el médico que venía hacia mí, sonríe, saluda y me dice:
-Mañana movidita va a ser esta, comisario…
-Si, veo… ¿Qué me puede decir?
-Si bien tenemos que hacer la autopsia y el cuerpo está muy mordido por los perros, le puedo decir que murió de un fuerte golpe en la cabeza; muy bien dado por cierto. Por las características y el lugar del mismo, fue un asesinato, sin dudas. Lo que no sé es si lo mataron acá o trajeron el cuerpo, por la falta de signos de violencia, digo. Ya veremos. Los muchachos encontraron la billetera a pocos metros, sin dinero ni tarjetas, pero con una identificación.
-¿Y…?
-Se trataría de un tal José Domínguez… agregó
-¿José Domínguez? ¿No es el dueño del quiosco “Bien Temprano”? ¿Ese que está cerca de la Jefatura? apuntó García.
-Sí, creo que sí… dijo el médico
-Bien temprano tendrían que haberle puesto al muerto, porque llegaba siempre a primera hora frente a la Jefatura, y ubicaba su auto sobre el estacionamiento de la policía, en la plaza y no se iba hasta la noche… acotó el cabo Ramírez
-Pobre hombre ¿Por qué lo habrán matado? preguntó el joven fiscal.
-Mire, doctor ¿le puedo decir doctor?
-Como poder puede, pero soy solamente abogado; así que preferiría que me llame fiscal, nada más.
-Mire fiscal y vaya tomando nota, así podrá comenzar a realizar su primera experiencia en investigaciones de homicidios.
-No sabe lo que se lo agradezco, comisario.
-Habrá que avisar a la familia y estudiar muy bien su reacción, ya que la misma es muy importante. Luego deberá comenzar a analizar sus relaciones, a partir de lo que llamo la teoría de la cebolla. Esto es realizar círculos concéntricos con las diferentes relaciones, desde la más cercana a la mas lejana, porque en ellas puede encontrar el móvil y detrás de él, el asesino o eventualmente los asesinos. Puede ser que el hecho lo realizara una persona, pero que existan más autores intelectuales…
-Comencemos por allí, por la familia, entonces… comentó el fiscal ansioso.
-Tampoco debemos descartar dos hipótesis más. La primera el robo y la segunda que lo hayan querido hacer víctima de un secuestro y que, en uno u otro caso, el tema se haya complicado y terminado mal surgiendo de allí el homicidio, acoté… suele pasar…
-Pongámonos a trabajar…
-Recuerde fiscal, los requisitos: móvil, oportunidad, arma… y de ellos, el primero es el que tiene mayor peso y no olvide de que en el 90% de los casos el asesino está en el entorno íntimo.
-Muchas gracias comisario, no sé qué haría si no fuera por Ud.
-Manténgame al tanto de todo lo que surja y veré como puedo ayudarlo
-Por supuesto comisario
-Ahora si, a trabajar, le dije casi ordenándole
Nos separamos, en tanto que el resto del personal continuaba con su tarea en el lugar del hecho al mando del subcomisario García.
Me dirigí tranquilamente al vehículo policial para que me traslade a la Jefatura sonriendo, mientras pensaba “Hijo de puta, nunca más vas a ocupar, como todas las mañanas, mi lugar en el estacionamiento reservado de la plaza”.
Este cuento forma parte del libro «De todo como en botica» de Rodolfo Oscar Negri, editado en enero de 2017 por el espacio editorial UCU.
Este cuento fue premiado para formar parte de la Antología «Los Cuentos de la Argentina de Hoy» realizado por FINEDU (Finalidades Educativas), en su edición 2018 .
Este cuento fue publicado por la revista La Ciudad el 21/3/2018