CONFESIÓN Y CASTIGO
por Rodolfo Oscar Negri –
“Señor Juez:
Ante la desaparición de los lugares que solía frecuentar y la falta de rastros de mi persona, no quiero que se incrimine a nadie ni que se pierda tiempo en una investigación para encontrar al culpable de un posible asesinato o encontrarme. Mi ausencia definitiva es una decisión personal querida, buscada y anhelada, que por fin pude concretar.
¿Por qué llegue a ella? Aquí tengo que hacer, señor Juez, la confesión de un delito del que me arrepiento y me arrepentiré toda mi vida.
Pero antes, debo contarle algunas cosas sobre mí.
No soy un hombre –jamás lo fui- adicto al trabajo y siempre estuve a la pesca de conseguir dinero fácil, pero la suerte me fue esquiva.
Le diría que además de un aprendiz de delincuente he sido un perdedor consuetudinario y siempre tuve una obsesión por la planificación y ejecución de robos, fraudes y crímenes, que siempre me pusieron en problemas e invariablemente terminaron siendo un fiasco.
Lo único positivo que logré fue que jamás me pudieron probar nada –tal vez porque los actos nunca pudieron ser concretados con éxito- y no tengo ni una condena judicial.
La historia surgió porque no tuve mejor idea que ir a ver una película de moda. La trama relataba el accionar de una familia que se dedicaba a secuestros extorsivos. Cuando pesqué la idea, mi cabeza empezó a trabajar a mil por hora y comencé a planificar, a elaborar mi propia versión de lo que se me ocurría como una nueva industria sin chimeneas que me llenaría del dinero suficiente como para vivir holgadamente durante el resto de mis días. Era mi salvación a tanta búsqueda. Por fin el crimen perfecto, podría convertirme -de una vez por todas- en ganador.
Al contrario del caso de la película tuve claro que no había que hacer dos cosas: ni secuestrar conocidos (además la gente que me rodea no tiene ni un peso partido al medio), ni matar a nadie (la violencia no es lo mío y la sangre me espanta).
El tema es que imaginé que se podía hacer una operación así, limpia, organizadamente y sin mayor riesgo. Tenía que contar con un plan y los recursos que él exigiera. Mientras la película avanzaba, mi mente trabajaba afanosamente, pensando en la infraestructura, los operadores, la mecánica, etc.
Salí del cine totalmente convencido de que había descubierto oro en polvo.
El primer paso era conseguir quienes me acompañen en el emprendimiento. La propuesta no era difícil y pensé en mis amigos del bar. Ellos eran de aquellos a los que suelen denominar “mal entretenidos”, pero -para mí- fieles y emprendedores. Por otro lado, no se necesitaba ser un genio y solo había que seguir las instrucciones que yo mismo les iba a escribir detallada y escrupulosamente y si las respetaban y cumplían nada podía salir mal.
Cuando llegué al bar –disculpe Señor Juez que no le diga cuál es, por razones obvias de resguardo de otras personas a las que no deseo involucrar- busqué una mesa apartada y con papel y birome comencé a hacer el recuento de las necesidades.
Los participantes: Por lo menos dos, para el secuestro en sí. Un papel especial para Cacho y el Tano. Ambos son grandes, fuertes y decididos (para cualquier cosa, menos para trabajar), así que eran ideales.
También hacía falta un buen chofer, y para eso se me ocurrió Pepe, hombre al que le apasiona el automovilismo, las picadas y –además- tiene un auto, algo cachuzo, pero que bien nos podría servir para la operación.
También hacía falta quien hiciera inteligencia, para estudiar los movimientos de la potencial víctima, pero –deduje- que tanto Cacho, como el Tano y Pepe, bien podrían hacer el trabajo (si bien ninguno es inteligente, tal vez sumando a los tres se pudiera mínimamente hacer uno), ya que solo tenía que observar y anotar los movimientos y rutina habituales que observaran. Además, para repartir un botín, ya cuatro son suficientes.
Lo demás quedaría en mis manos. Me encargaría de la planificación, la negociación y como si hubiera estado hecho a propósito, contaba con un lugar más que apropiado: un cuarto para la detención del secuestrado. Una piecita en el fondo de la casa de los abuelos (donde vivía, hasta hace poco) que hasta un bañito privado tenía. Todo parecía cuadrar perfectamente.
Mis amigos fueron llegando, pero no saqué el tema, sino cuando estuvieron todos.
El único que puso reparos fue Pepe por el tema del auto. Que si la patente, que estaba bajo de batería, que si lo veían y después reconocían, etc. etc. etc. La patente se la cambiaríamos, robando por algunos minutos las de un vecino, Cacho tenía un cargador de batería (para garantizar el arranque) y por lo demás el auto era un modelo común y de un color habitual, por lo que no fue difícil convencerlo.
En el momento del secuestro los tres que participarían utilizarían pasamontañas, hasta cubrir la cabeza del secuestrado con una bolsa. Esto duraría solo unos minutos, así que –si la hora elegida era la apropiada-no debería haber gente en la calle que presenciara la acción.
Parecía mentira, pero a cada observación o reparo, rápidamente aparecía una solución.
Así, mis compinches, se fueron contagiando del mismo entusiasmo que yo tenía desde que salí del cine.
Lo que quedaba era elegir el blanco. Tenía que ser familiar o pareja de una persona adinerada que, en definitiva, era quien pondría la plata que sería nuestra salvación para toda la vida. Se tiraron decenas de nombres, pero ninguno satisfacía. El que no tenía un problema, tenía otro.
Hasta que Cacho dijo:
- Vos sabes que el abogado que vive frente a la Escuela Normal, ese del auto grande, parece que tiene mucha, pero mucha plata y anda –después de su separación- con una mujer nueva. Ella vive con él desde hace algunas semanas, por lo que el asunto parece más que serio. Creo que el tipo pagaría sin chistar lo que le pidamos.
- Brillante Cacho, todos los requisitos están dados además de tener plata, es un tipo enamorado y en tal situación el hombre se vuelve bastante idiota, por lo que transforma a la mujer en una víctima perfecta. Además, el hecho de vivir frente a la Escuela Normal, hace que tengamos mucho espacio para maniobrar con el auto, no hay tantas casas de familia, ni tanta gente, según la hora que elijamos. Todo cierra.
- Punto a favor de Cacho… grito el Tano…
Allí nomás tuve que impedir que mis ahora eufóricos cómplices estallaran en un aplauso, para no llamar la atención del resto de los parroquianos.
Ahora, les dije, tenemos que establecer turnos de vigilancia a los efectos de conocer sus costumbres y horarios, para que esa información nos permita elegir el mejor momento. Organicé períodos de ocho horas, para cubrir las veinticuatro del día. Cada cosa que se viera, sería anotada puntillosamente. Lo haríamos durante quince días. Obviamente yo no me incluía, porque tenía que estar en el estudio de las costumbres de todo lo recolectado y en la planificación que surgiera a partir de esos datos.
Fuimos cumpliendo, con el paso de los días, todo lo acordado.
Cuando reunimos lo que consideramos suficientes datos comenzamos a definir lo que seguía: el momento, la oportunidad. Pareció claro que el mejor momento era el sábado a primera hora de la mañana. No hay clases, tampoco boliche (por lo que los gurises que salen del boliche no estarían vagando por allí) y a eso le sumábamos que la “víctima” tenía por costumbre salir bien temprano a caminar alrededor del establecimiento educativo. Era perfecto.
Llegado el momento, Pepe –ya con el pasamontaña puesto- estacionaría frente a ella y Cacho y el Tano (también cubierto), la atacarían por atrás inmovilizándola, poniéndole –además- una bolsa en la cabeza (para que no identificara a nadie ni viera adonde era conducida) y la forzarían a ingresar en el auto. Después quedaría huir raudamente en el auto por calle Alberdi, seguir hacia la costanera Paysandú y por ella hasta la casa de los abuelos, donde yo tendría todo organizado y listo para acomodar a la mujer en la piecita del fondo.
Dicho y hecho. Jamás un plan había resultado tan perfecto y los muchachos lo desarrollaron con una justeza y efectividad diría que casi profesional.
Cuando llegaron, ubicamos a la mujer sentada en una silla y atada en el medio de la habitación del fondo, con la cara tapada y en la boca le pusimos una tela adhesiva para que no pudiera hablar.
Teníamos la víctima donde queríamos y ahora había que comenzar a negociar. Esa era mi tarea. Claro que eso tiene también sus tiempos. Dejamos que pasen varias horas, cosa de que la ausencia comience a generar inquietud y con los nervios incluidos de la desaparición, se hace mucho más vulnerable quien tiene que pagar.
Pasó el tiempo y me fui lejos de la casa, a la otra punta de la ciudad; porque no entiendo demasiado del tema tecnológico, pero he visto en las series de TV que te pueden localizar la llamada de los celulares porque algunos de esos aparatitos tienen un GPS que deschava la ubicación.
Así es como –con un celular trucho- llamé al abogado, tapando el micrófono con un pañuelo (cosa que tampoco sé si sirve de algo, pero como lo vi en varias películas, supuse que debía estar bien y que por algo se haría).
Cuando respondió le dije:
- Tenemos a su pareja secuestrada, primero no se le ocurra llamar a la policía porque si lo hace, ella será boleta. Segundo, queremos un millón de pesos de rescate para que ella pueda volver sana y salva. Ah… si quiere una prueba de vida, se la podemos enviar. Aguarde nuestra próxima comunicación y le diremos como entregarnos el dinero.
Para mi sorpresa, del otro lado de la línea no escuché más que una tremenda carcajada y la comunicación se cortó. Pensando que era un problema de la línea o de las comunicaciones (que hoy en día andan tan mal) volví a llamar.
- Mire doctor, le decía que tenemos a su pareja secuestrada y si no nos paga un millón de pesos, la mataremos y pesará sobre su conciencia la pérdida de su vida… y hablo en serio.
- Escúcheme bien, señor secuestrador, no pienso pagar ni un centavo, no quiero ninguna prueba de vida y no quiero que me vuelva a llamar.
- Pero usted no puede, alcancé a balbucear…
- Hasta nunca, me dijo y cortó.
Quedé desconcertado y confundido. Así volví a la casa con la idea de replantear la estrategia. Allí me encontré con otra desagradable sorpresa. Los muchachos le habían quitado bolsa de la cabeza y la tela adhesiva de la boca. La mujer –Adela, así dijo que se llamaba- no paraba de hablar. No gritaba, no pedía por ella ni por su libertad, solo le preguntaba a cada uno sobre su vida, sus cosas y demás. Era una máquina verborrágica.
Horrorizado, les dije:
- ¿Qué han hecho? ¿Ustedes están locos? Ahora esta mujer nos conoce a todos y puede acusarnos. La única forma de evitarlo es matarla ¿Quién es capaz de hacerlo? Nosotros no somos asesinos…
- ¿Sabes lo que pasó Tito? Quiso ir al baño y claro con la bolsa en la cabeza, no iba a poder y después nos pidió con señas que le saquemos la mordaza, para avisarnos cuando terminara, dijo Cacho.
- Y nosotros pensamos, agregó Pepe, si ya le sacamos la bolsa y la mordaza ¿para qué volver a ponérsela?
- Y sabes que Tito, agregó el Tano, resultó una mina macanuda, se interesa por nosotros, por lo que nos pasa, por nuestros problemas, incluso nos ha dado consejos…
- ¡Ustedes están locos no saben lo que han hecho! Ahora terminaremos en la cárcel, en el mejor de los casos, por el resto de nuestras vidas.
- No, si yo no los acuso, apuntó Adela, quien terció, aunque –todavía- estaba atada a la silla.
- ¡Usted no puede hablar! Grité desesperado porque veía que el perfecto plan que tanto había estudiado y elaborado se derrumbaba total y absolutamente.
- Vamos a otra habitación que quiero hablar con ustedes en privado para enterarlos de las novedades y ver como resolvemos esto, les dije a mis socios.
Así les conté de mi frustrada llamada por el rescate y de la preocupación por la nueva situación generada por ellos.
- Y bueno, Tito, salió mal… dejamos ir a Adela y nos embarcamos en otra cosa, dijo el Tano
- Ah… es muy fácil esto para vos, pero ya estamos hasta el cuello y si ella nos acusa vamos en cana. Nos conoce, sabe la ubicación de la casa… ¿o no te das cuenta?
- ¿y si le ofrecemos hacerla socia? Apuntó Cacho.
- La idea no es mala, y no se si no es la única manera de zafar, reflexioné. Vamos a hacer una cosa, yo voy a intentar nuevamente comunicarme con el abogado y ustedes –que parecen tener tan buena relación con ella- háganle la propuesta. Tal vez todavía podamos salvar algo. Eso sí, no se salgan del libreto y no lo echen a perder.
Así, Señor Juez, es que volví a alejarme hacia otro punto distante de la ciudad con otro teléfono celular trucho y con la idea de volver a llamar al abogado.
Cuando llegue al lugar adecuado, marque el número:
- Escúcheme bien, le dije que tenemos a su pareja secuestrada y que no llame a la policía y que queremos medio millón de pesos de rescate (baje a la mitad para ver si el hombre aflojaba) para que ella pueda volver sana y salva. Aguarde nuestra próxima comunicación y le diremos como entregarnos el dinero.
- Mire buen hombre, yo no sé quién es usted ni me importa; pero –le cuento- esa mujer me hizo la vida imposible, así que usted me hizo el mejor favor que pueda imaginarse. Así que, mi muy estimado, ahora bánquesela usted. Dicho esto, cortó.
Los caminos, me dije, ya están todos cortados. ¿Qué hacer? Lo primero que se me ocurrió era volver con los muchachos. Cuatro cabezas piensan mejor que una. Tal vez encontremos la solución entre todos. Claro que cuando regresé me encontré con otra desagradable sorpresa. Solo estaba Pepe esperándome frente a la puerta de la casa y me dijo.
- No sabés que pasó… y te cuento que yo me las tomo…
- ¿Cómo? ¿Qué ocurrió?
- Con todo lo que le habían contado, Adela viste que habla, habla y habla… entre las cosas que empezó a decir, comenzó a meter púa entre Cacho y el Tano. Les empezó a decir que uno cagó al otro y viceversa, que de aquella novia, que de aquel tema, que de aquel otro… en fin… Para hacértela corta te digo que el resultado es que terminaron los dos a las trompadas. A duras penas pude hacer que no se mataran y terminaron renunciando y yéndose los dos…
- ¿Y vos, que hacés acá afuera?
- A mí me dijo que, si no la desataba, me denunciaría a la policía y me pudriría toda la vida en la cárcel… así que visto y considerando el fracaso de todo esto, perdoname pero me las tomo… y se fué.
Así es como cuando ingresé, Adela se había adueñado de la casa. Incluso hasta había cambiado muebles de lugar. “Así es mucho más funcional”, dijo. Después me comenzó a dar órdenes para que vaya al súper, para que limpie aquí o allá, bajo la amenaza de denunciarme. Tuve que convertirme en su mucamo, en la situación más que humillante que pasé en mi vida. Parecía una marea roja que avanzaba y lo abarcaba todo, inundándolo, imponiendo su voluntad y maltratándome continuamente. Con el correr de los días invadió todo el espacio y nada quedó para mí. Gozaba pisoteándome. Sin que se diera cuenta, perdido por perdido, junté lo que pude del dinero que tenía, vendí algunas de las pocas cosas que me quedaban y volví a realizar un gesto desesperado. Me fui a la esquina y –desde un nuevo celular trucho- llamé nuevamente al abogado.
- Le habla el secuestrador, escúcheme bien, estoy dispuesto a pagarle para devolverle a su mujer sana y salva. Dígame cuánto quiere y como hago para entregarle el dinero, le dije.
- Ni por todo el oro del mundo, me dijo, y colgó.
Es así, señor Juez, como con el poco dinero que me quedaba conseguí una identidad falsa con la que viviré el resto de mis días en un lugar lejano. ¿Mi crimen? Creo que ya pagué con creces por el delito cometido. Ya no soy ni yo. Sírvase tomar nota y no perder ni tiempo ni dinero, conmigo. Me parece que ya se hizo justicia y no merezco padecer más.
Atentamente. Hasta ayer, José Pacheco.”
Este cuento esta incluído en el libro “De todo como en Botica” de Rodolfo Oscar Negri, editado por el Espacio Editorial UCU en febrero de 2017
Esta nota fue publicada por la revista La Ciudad el 6/11/2022