Por Alfredo Guillermo Bevacqua –
Días pasados el profesor Adrián Gimenez presentó un libro de su autoría titulado “Población en riesgo. Anécdotas tragicómicas de docentes y alumnos.”
Con su carácter afable, “dicharachero”, conversador, matizaba sus noches como corrector en el diario La Calle, contando su día en el aula; siempre alguna anécdota chispeante, graciosa, y también aquellas que reflejan una realidad que muchos se niegan a reconocer. Alguno de los que diariamente lo oían, le dijo “Con tantas anécdotas puedes escribir un libro”. La respuesta fue inmediata: “lo voy a hacer”. Pero “el Chimi”, como le llamábamos en el diario, no se limitó a las muchas que ya tenía, sino que salió a la búsqueda de nuevos relatos, y no lo hizo solo en las escuelas locales, recorrió el interior de nuestro departamento, entrevistando a directivos y docentes.
De ese “montonazo” de anécdotas, eligió este medio centenar que vuelca en su libro.
El las ha calificado como tragicómicas. La mayoría llaman a la risa. Pero hay una impactante. Que no forma parte del conjunto colectado entre sus colegas, sino en la presentación que hace el profesor Gimenez y que conocíamos porque la había narrado en sus momentos de ocio como corrector. (Que no se malinterprete, ocio es el tiempo de espera entre la salida de las pruebas de páginas).
Recordamos el relato de entonces, que es mas escueto en el libro. Gimenez, o “el Chimi”. Es profesor de Historia en un curso de la Escuela Secundaria n° 17 “Dra. Teresa Ratto”; en el turno tarde. Ingresa a las 13,00, es decir primera hora, mientras los alumnos se ubican en sus bancos y disponen sus útiles, él firma el libro de temas y observa que se le acerca una alumna, adolescente de l5 años, que seriamente le pregunta “Profe ¿no tiene algo para comer? “ Nunca en clase le habían hecho ese pedido. Pese al desconcierto, en un segundo en su mente se amontonan tres posibilidades. “1) ésta no estudió y no quiere dar clase; 2) ¿Me estará cargando? y 3) ¿O no habrá comido?” Se decide por la última opción e inmediatamente expresa que él tiene ganas de comer un alfajor y le pregunta a todo el curso si comerían un alfajor. Todos respondieron que si, se dirigió al tradicional kiosco de todas las escuelas y compró un alfajor para cada alumno; él comió uno, y la niña tuvo un dulce almuerzo, sin quedar expuesta ante el resto del alumnado.
La resolución de esta anécdota, que puede inscribirse entre las trágicas, es impecable por parte del profesor que satisfizo una necesidad alimentaria que en ese momento sentía la alumna, pero también se ocupó de gestionar que diariamente almorzara en el comedor de la escuela primaria al que tenían acceso solo los de ese ciclo.
Las evaluaciones
Mas allá de la profunda crudeza de la anécdota que relata el profesor Gimenez deja un mensaje a los defensores a ultranza de las evaluaciones que realizan organizaciones extranjeras, la mas difundidas de ellas, las llamadas Pruebas PISA (por su sigla en inglés Programme International Student Assessment) y que organiza la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE).
La prueba consiste en medir el rendimiento académico de alumnos de 15 años en Matemáticas, Lengua y Ciencia; no es una evaluación personal al alumno, sino al sistema en que está siendo educado, utilizándose para ello exámenes estandarizados.
Las pruebas PISA se realizan cada tres años y sus resultados se conocen al año siguiente. En la edición de 2015, la OCDE decidió excluir a Argentina después de identificar serios problemas en la muestra que presentó el país. El informe hablaba de una «disminución significativa de la proporción de niños» que fueron sometidos al examen y una reestructuración de las escuelas secundarias participantes.
En realidad, la sospecha era que se había manipulado la muestra para que en las pruebas arrojara un mejor resultado. Es que en las últimas PISA que Argentina participó con una muestra válida, las del 2012, quedó en el puesto 59 entre 65 naciones participantes.
La prueba se realiza desde el 2000 y antes de la última exclusión, el país solo había obviado la participación del 2003. En ese caso, las autoridades habían optado por no hacer participar a las escuelas.
PISA tiene la particularidad de evaluar países enteros y ciudades o provincias puntuales. En 2018, por primera vez la evaluación en la Argentina contó con cuatro regiones adjudicadas: la Ciudad de Buenos Aires, la provincia de Buenos Aires, Tucumán y Córdoba, que recibieron datos específicos de sus estudiantes, lo que permitirá conocer su desempeño de forma independiente al total nacional. En esta oportunidad participaron 12.000 alumnos de 458 escuelas de todo el país.
Los resultados recién estarán disponibles en diciembre del presente año. Dado su carácter global, la evaluación establece comparaciones entre los distintos países. De allí surge la principal crítica que se le hace a la conformación de rankings que «no tienen en cuenta los contextos de cada nación».
Es decir, las posiciones en “la tabla” surgen de una comparación que prescinde de la condición social de los protagonistas de la evaluación; los mismos parámetros que se utilizan para una escuela de Finlandia, Alemania, Estados Unidos o el centro de la ciudad de Buenos Aires o Mendoza, se emplean para evaluar a alumnos de escuelas de zonas vulnerables, en las que, por razones como la expuesta por el profesor Gimenez en su libro, los resultados están lejos de ser satisfactorios. En diciembre de este año se conocerán los datos de lo actuado en 2018; ahí se erigirán, con seguridad, los impolutos y “sabios” juicios de quienes reclaman seguir el ejemplo de esos países que ocupan los primeros lugares; pero sin mencionar que en esos países no anulan programas de entregas de computadoras, construyen escuelas y jardines de infantes, no disminuyen el presupuesto destinado a educación y tampoco eliminan los programas permanentes de capacitación docente.-