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La mandrágora

Por Juan Martín Garay

Abogado y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque “Juntos por Uruguay” – P J.

Cuando la astucia reemplaza a la política y la urgencia se vuelve método

Hay etapas en la vida pública en las que la política deja de presentarse como una herramienta de construcción colectiva y comienza a parecerse a un ejercicio de astucia permanente. Todo se acelera, todo se justifica, todo se explica en nombre de la urgencia. El resultado es una escena conocida: mucho gesto, mucha épica declamada y poca arquitectura institucional.

La Argentina atraviesa uno de esos momentos. Y Entre Ríos, lejos de ser ajena, los vive con particular intensidad.

Poder, urgencia y excepcionalidad

Cuando la crisis aprieta, el poder suele invocar una lógica sencilla: primero ordenar, después discutir. El problema no es reconocer la emergencia, sino convertirla en regla. Cuando la excepcionalidad se vuelve permanente, la política deja de ser previsibilidad y se transforma en improvisación legitimada por el contexto.

La concentración del poder no siempre es formal. Muchas veces es simbólica, discursiva, narrativa. Se construye antagonismo como método, se simplifica el debate y se instala la idea de que toda crítica es un obstáculo y toda diferencia una amenaza.

En ese clima, gobernar se confunde con imponer, y administrar con disciplinar. La política deja de educar y comienza a seducir desde el conflicto.

Redes, emocionalidad y clima político

Hoy el poder no se ejerce solo desde las instituciones. Se disputa —y muchas veces se define— en el ecosistema digital. Las redes sociales dejaron de ser un canal para transformarse en el centro del escenario político.

No se busca deliberar, sino impactar. No se prioriza convencer, sino movilizar emociones. Indignar rinde más que explicar. Polarizar más que acordar. El algoritmo reemplaza al argumento y el “trending topic”suplanta al debate legislativo.

La política corre así el riesgo de convertirse en un espectáculo permanente, donde el aplauso inmediato vale más que la coherencia de largo plazo y donde el relato termina ocupando el lugar de la acción.

Entre Ríos: del relato fundacional a la gestión concreta

En Entre Ríos, esta dinámica adquiere una particularidad que ya no puede soslayarse. La actual gestión transita su tercer año de gobierno, y con ello se modifica inevitablemente el marco de evaluación pública.

Las explicaciones basadas en herencias recibidas, diagnósticos iniciales o mensajes fundacionales cumplen una función en el inicio de un mandato. Pero el tiempo político no es infinito. En algún punto —y ese punto es ahora— el estadío del relato debe dar paso a los hechos concretos.

La sociedad entrerriana no desconoce las dificultades estructurales ni las restricciones fiscales. Pero empieza a demandar algo distinto: resultados palpables, políticas visibles, mejoras verificables. La legitimidad ya no se construye desde el diagnóstico, sino desde la ejecución.

Cuando la comunicación antecede sistemáticamente a la gestión y el anuncio reemplaza a la política pública, el riesgo es claro: el gobierno se vuelve narración y la administración se diluye en redes sociales.

La transferencia silenciosa hacia los municipios

A este cuadro se suma un fenómeno que merece ser señalado con claridad. Tanto Nación como Provincia, en distintos niveles y áreas, trasladan responsabilidades hacia los municipios sin acompañarlas de los recursos necesarios.

Se descentralizan problemas, pero no presupuestos.

Se delegan funciones, pero no financiamiento.

Se exige cercanía, pero no se garantiza capacidad operativa.

Los municipios quedan en la primera línea de la demanda ciudadana, afrontando conflictos estructurales con herramientas limitadas. La macro conserva la narrativa; la gestión local absorbe el desgaste cotidiano.

Este desplazamiento suele presentarse como modernización o eficiencia. Pero en términos reales, tensiona el federalismo y debilita al eslabón más cercano al vecino.

¿Qué es la mandrágora?

La mandrágora no es aquí una referencia literal, sino una metáfora clásica del pensamiento político. En la tradición que recupera Nicolás Maquiavelo, simboliza la astucia que promete resultados rápidos, aun cuando su uso implique riesgos éticos o costos institucionales.

Es la idea de que el fin —ordenar, controlar, estabilizar— puede justificar medios excepcionales, atajos de poder o manipulaciones narrativas. Su eficacia es tentadora. Su efecto, muchas veces, corrosivo.

La mandrágora como tentación del poder

La mandrágora seduce porque ofrece control inmediato y aplauso rápido. Pero cuando la astucia reemplaza a la legitimidad, la república se erosiona. Cuando el conflicto se vuelve método, la institucionalidad se debilita.

La Argentina necesita orden, sin dudas. Pero también reglas claras, responsabilidades compartidas y respeto por el equilibrio federal. Entre Ríos requiere prudencia fiscal, sí, pero también defensa activa de sus intereses y fortalecimiento real de sus municipios.

La verdadera disyuntiva no es entre firmeza o sensibilidad. Es entre manipulación o construcción. Entre relato permanente o gestión tangible. Entre una política que administra climas y otra que transforma realidades.

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