por Tabaré Oddone –
Nació hija natural de madre charrúa, de sangre charrúa, de esa misma sangre que en los uruguayos corre como río turbulento por las venas, la misma que nos identifica y por la que somos respetados en el mundo entero.
Abrió sus ojos en la jurisdicción de la Parroquia de Paysandú, (del Departamento de Paysandú) un 28 de septiembre de 1806 y unos diez meses después de su nacimiento, un 26 de julio de 1807, le pusieron con gotas de dudosa agua bendita un nombre cristiano: María Micaela.
Y como la Bastidas peruana, mujer de Tupac Amarú II, – quien diera origen a su nombre -, en su vida hubo deseos de muchas justicias y muchas libertades.
Libertades y justicias que fueron vilmente regaladas por un despótico primer presidente de los uruguayos, el general Fructuoso Rivera por quién ningún orgullo me une. Mas bien un fuerte desprecio por ser el único responsable de la “historia de la desgracia, convertida en leyenda” que marca un punto negro de referencia histórica de nuestro querido paisito.
María Micaela que en un grito de lágrimas vejadas dejó de serlo para transformarse en GUYUNUSA, fue vendida para su exposición y estudio al zoológico humano de París junto a otros, “los últimos charrúas” en un lejano 1833.
“La historia de su desgracia, convertida en leyenda, es un desgraciado símbolo de la despótica intervención del primer gobierno uruguayo frente a la cultura indígena local, reconoció un importante historiador uruguayo.
Cuando se produjo la emigración colectiva de habitantes de la Banda Oriental, conocida como el “Éxodo del pueblo Oriental”, que siguieron a José Artigas en su recorrido desde los montes del Río San José hacia el noroeste hasta el salto Chico del río Uruguay, Guyunusa formó parte con apenas 5 años. La caravana de la “redota” (deformación de la palabra derrota) como fue llamada en la época, recorrió largos 522 kilómetros en unos 64 días y dio lugar a un profundo sentimiento uruguayo llamado “orientalidad”.
«Pobres, desnudos, en el seno de la miseria sin más recurso que embriagarse en su brillante resolución», dijo Artigas de aquellos sacrificados seguidores.
Guyunusa junto a su madre y otros parientes charrúas fueron partícipes de este cacho de sentimiento profundo de dignidad que te da la libertad. Dignidad que lamentablemente no duró mucho en su vida. Los charrúas eran considerados malvados e indómitos por el gobierno oriental de Rivera y como consecuencia Guyunusa desde los 14 años, junto a su familia y su tribu, debieron permanecer ocultos en los montes.
En abril del año 1831 el entonces presidente uruguayo Fructuoso Rivera convocó a los principales jefes charrúas, Venado, Polidoro, Rondeau y Juan Pedro con sus tropas y familias para conciliar diferencias, ofreciéndoles engañosamente para integrar tropas de cuidado de la frontera. Falsos argumentos de alta traición encerrados en un negro fantasma de la historia uruguaya en “Salsipuedes”.
El Rivera presidente fue la primera mano asesina que con un certero disparo al cacique Venado daba la cobarde señal del comienzo de la “matanza charrúa” para que Juan Esteban Rivera, conocido como Bernabé Rivera al mando de 1200 soldados persiguieran y mataran vilmente a 40 indígenas. Algunos 300 fueron tomados prisioneros, otros lograron huir. Entre los cautivos se encontraba Guyunusa a quien brutalmente le arrebataron a su pequeño hijo.
A los prisioneros los llevaron a pie hasta Montevideo en un recorrido de unos 300 kilómetros. Niños y mujeres fueron entregados a familias para ser utilizados como esclavos. Los que huyeron fueron exterminados en una loca masacre genocida. Bernabé Rivera estaba empeñado en localizarlos y terminar con quienes solía llamar “infieles”. El presidente Rivera le dio luz verde para aniquilar al pueblo charrúa.
De los sobrevivientes, cuatro de ellos, Vaimaca Pirú o Perú (reconocido lancero de Artigas, Senaqué (curandero),ambos charrúas, Tacuabé (domador de caballos) ,de raza Guaraní, y Guyunusa de raza Guenoa sufrieron la vergüenza y el dolor de ser exhibidos como animales de zoológico, con el mote de “ejemplares exóticos” de la despedazada América.
El francés François De Curel consideró que el contacto directo de los charrúas, una raza próxima a su extinción despertaría el interés del público y los científicos franceses y solicitó al gobierno uruguayo autorización para el traslado de ellos a París. En el envío se incluyeron un par de ñandúes considerados por el francés tan exóticos como los indígenas y con los mismos derechos y consideraciones. El paquete de “animales humanos” y “humanos animales” fueron introducidos en Francia sin ningún tipo de requisitos legales.
En condiciones paupérrimas fueron instalados bajo una toldería para satisfacer la curiosidad del público, por supuesto cobrando para poder verlos.
Pero el negocio del vil francés empezó rápidamente a no ser redituable. La gente no se interesaba en semejante muestra de dolorosa esclavitud y aprovechamiento. De Curel castigaba duramente a los indígenas y los trataba en forma despótica y humillante. Esto comenzó a provocar un gran rechazo en la sociedad francesa. El curandero Senaqué había viajado con una herida de lanza en el vientre lo que, sumado a las malas condiciones del viaje y los malos tratos recibidos terminó provocando su muerte en muy poco tiempo.
El lancero de Artigas, Vaimaca Pirú, sufrió mucho con este acontecimiento y lo demostró ayunando en un profundo silencio en señal de duelo. Poco tiempo después Vaimaca fallecía. Los médicos diagnosticaron “muerte por melancolía”.
Sólo quedaban dos de los cuatro sufrientes. Guyunusa que estaba embarazada y Tacuabé. Según cuentan algunos cuenteros el hijo era del lancero artíguense pero Tacuabé lo cuidó como suyo y estuvo junto a Guyunusa durante el parto. Otros cuenteros afirman que era de Tacuabé. Sólo ellos conocieron esa difusa historia de amor, perdida en los laberintos de una historia poco feliz.
La imagen de Tacuabé era vendida como el “Hércules de los Hércules” y su fuerza maxilar se exhibía como el punto de mayor atracción al actuar transformado en una especie de artista de espectáculos al aire libre de carácter popular.
Guyunusa poseía un tatuaje en la frente de tres rayas azules que llamaba la atención a los franceses y era especialmente admirada por su belleza y por su dulzura en el modo de hablar. Solía cantar y cuando lo hacía se acompañaba con un instrumento musical similar a un violín. Este instrumento usualmente era ejecutado por su creador, el joven guerrero Tacuabé y constaba de un arco musical, cordófono monocorde que se lo describió como una “especie de violín monocorde que emitía sonidos limitados, monótonos pero muy dulces y bastante armoniosos”.
Los franceses continuaban criticando cada vez más duramente las pésimas condiciones higiénicas y sobre todo el inhumano trato que les estaba dando De Curel a los charrúas sobrevivientes y finalmente terminaron llevando el caso a la Justicia. Esta determinó que fueran retornados a su país natal. Pero el despreciable francés actuó rápidamente y vendió a Tacuabé, Guyunusa y su hija al dueño de un circo solicitándole que los sacara de Francia.
Inmediatamente la justicia francesa emitió una orden de arresto sobre De Curel. Nunca se lo pudo encontrar.
Tacuabé, Guyunusa y su hija escaparon gracias al apoyo de la gente de la ciudad. Algunas versiones afirman que vivieron un tiempo en una pensión en Lyon y hay quienes dicen que Tacuabé igualmente continuó trabajando en el circo por algún tiempo.
Guyunusa ingresó el 22 de julio de 1834 al hospital de Lyon con un grave cuadro de tisis pulmonar, murió con apenas 27 años de edad. De Tacuabé se dice que luego de la muerte de Guyunusa huyó con la niña quién se sabe falleció el 29 de agosto de 1834 en Lyon con apenas un año de edad. En dicha ciudad existe una calle que se llama “Camino del indio”. La leyenda afirma que por allí pasó un indio huyendo con un bebé en brazos.
¿Extraña historia no?
Los charrúas siempre tuvieron fama de feroces e indómitos guerreros, considerados como animalescos seres sin capacidad para sentir ningún tipo de empatía. Al menos eso afirmaba por aquel entonces un despótico Rivera.
Sin embargo los charrúas acompañaron a Artigas incondicionalmente siendo fieles servidores de nuestro principal héroe en la protección de las fronteras. Su participación fue de suma importancia en cada uno de sus emprendimientos contra porteños y portugueses. Estuvieron junto a los 33 orientales al mando de Lavalleja también luchando por la libertad de nuestro país. Fueron traicionados en su incredulidad por un cobarde militar-presidente. Viajaron a un destierro vendido con un instrumento musical y no con armas. Uno de ellos murió de tristeza ante el fallecimiento de su compañero. Guyunusa fue admirada por su dulzura al hablar y por su canto.
Tacuabé cuidó a Guyunusa en el parto y cuidó a la niña que ni siquiera sabía si era de él…
Evidentemente todo indica que nuestra sangre fue teñida en su historia con el consentimiento de un estado permisivo, culpable, totalitario, indiferente, que no supo apoyar a un grupo de indígenas que tanto habían aportado para conseguir nuestra libertad, provocando un etnocidio que enluta nuestros corazones uruguayos en un sordo grito de “Salsipuedes”.
(del libro «Curiosidades»-Tabaré Oddone-recopilador de sensaciones)
NR.: La foto es solo ilustrativa
